Pasión Sagrada en la Parroquia de la Sagrada Pasion
Entras a la Parroquia de la Sagrada Pasión con el corazón latiéndote a todo lo que da, el olor a incienso fresco invadiendo tus fosas nasales como un abrazo prohibido. Las paredes de piedra fría rozan tus brazos desnudos bajo el rebozo ligero que traes puesto, y el eco de tus sandalias contra el piso de losa te hace sentir chiquita, pero al mismo tiempo poderosa, como si este lugar sagrado despertara algo salvaje dentro de ti. Es jueves por la noche, y la iglesia está casi vacía, solo unas velitas parpadean en el altar, lanzando sombras danzantes que parecen acariciar las curvas de las santas talladas.
Te llamas Luisa, tienes veintiocho pirulos, y vienes aquí desde morrilla, pero últimamente las misas se han vuelto un pretexto pa' verte a él. Diego, el sacristán, ese carnal alto y moreno con ojos que te miran como si ya te hubieran desvestido mil veces. Lo ves al fondo, arreglando las flores del sagrario, sus manos grandes y callosas moviéndose con una delicadeza que te hace imaginarlas en tu piel. Qué chingón se ve con esa sotana ajustada, piensas, sintiendo un calorcillo traicionero entre las piernas.
Te acercas despacio, el aire cargado de mirra y cera quemada te envuelve, y él levanta la vista. Sus labios se curvan en una sonrisa pícara, de esas que dicen neta que te quiero comer sin decir ni madres.
—Órale, Luisa, ¿qué onda? ¿Vienes a rezar o a tentarme?
Te ríes bajito, el sonido rebotando suave en las bóvedas altas. Te sientas en la banca de madera pulida, que cruje bajo tu peso, y cruzas las piernas, sintiendo el roce de tu falda contra los muslos. Él deja las flores y se acerca, su colonia barata mezclándose con el sudor fresco de su cuello, un olor que te pone la piel chinita.
Hablan de tonterías: la procesión del viernes, el calor de estos días en el barrio, pero sus ojos no dejan de recorrerte, deteniéndose en el escote de tu blusa floja. Sientes el pulso acelerado en la garganta, el corazón martillando como tambor de banda. ¿Y si lo beso ahorita? ¿Y si me dejo llevar? Piensas, mordiéndote el labio sin darte cuenta.
El deseo empieza como un cosquilleo, lento, subiendo por tus entrañas. Diego se sienta a tu lado, su muslo rozando el tuyo, un contacto eléctrico que te hace jadear bajito. El silencio de la parroquia amplifica todo: su respiración pesada, el tic-tac lejano de un reloj, el zumbido de una mosca atrapada en la luz mortecina.
Acto medio: la escalada
—Luisa, neta que me traes loco, murmura él, su voz ronca como gravel, y antes de que respondas, su mano grande cubre tu rodilla. El calor de su palma traspasa la tela, enviando ondas de placer directo a tu centro. Te volteas, vuestras caras a centímetros, y hueles su aliento a menta y cerveza de la cena. Lo besas primero, un roce tímido que explota en hambre pura.
Sus labios son firmes, su lengua invade tu boca con urgencia, saboreando a dulce de tamarindo que compartiste hace rato. Gimes contra él, tus manos enredándose en su pelo negro y revuelto. Se levantan sin decir palabra, tambaleándose hacia la sacristía, el pasillo angosto oliendo a madera vieja y libros de misa. Él cierra la puerta con seguro, el clic metálico como promesa de pecado consentido.
Adentro, la luz de una lámpara de aceite baña todo en dorado cálido. Diego te empuja suave contra la mesa de roble, sus manos expertas desatando tu rebozo, bajando los tirantes de tu blusa. Sientes el aire fresco en tus pechos liberados, los pezones endureciéndose al instante bajo su mirada hambrienta.
—Estás bien rica, morra, dice, y baja la cabeza, su boca caliente envolviendo un pezón. Chupas aire entre dientes, el placer punzante como rayo, mientras sus dientes rozan suave, su lengua girando en círculos húmedos. Tus uñas se clavan en sus hombros anchos, oliendo a jabón y hombre puro. Bajas la mano, palpando la dureza impresionante bajo su pantalón, esa verga gruesa que late contra tu palma.
Lo desabrochas con dedos temblorosos, liberándola: larga, venosa, la cabeza brillando de anticipación. La tocas, suave al principio, sintiendo el terciopelo sobre acero, el calor irradiando. Él gruñe, un sonido animal que vibra en tu clítoris. Te arrodillas en el piso de baldosa fría, el contraste con su piel ardiente volviéndote loca. La lames desde la base, saboreando la sal de su piel, el musk almizclado de su excitación. Lo chupas profundo, tu boca estirándose, saliva goteando, sus caderas empujando con cuidado, respetando tu ritmo.
Qué chido se siente tenerlo así, poderoso en mi boca, piensas, mientras él jadea tu nombre, Luisa, Luisa, como oración profana. Pero quieres más, lo necesitas adentro. Te pones de pie, te quitas la falda y las calzones de un jalón, exponiendo tu panocha húmeda, hinchada de deseo. Él te levanta sobre la mesa, papeles y crucifijos cayendo al suelo con ruido sordo.
Sus dedos exploran primero, dos gruesos hundiéndose en tu calor resbaloso, curvándose para tocar ese punto que te hace arquear la espalda. Gritas bajito, el sonido ahogado por su beso. —Ya, Diego, métemela, pendejo, le ruegas, y él obedece, posicionando la punta en tu entrada.
Entra despacio, centímetro a centímetro, llenándote hasta el tope. Sientes cada vena, cada pulso, el estiramiento delicioso que duele rico. Empieza a moverse, lento al principio, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con vuestros gemidos. El olor a sexo crudo impregna el aire, sudor perlando vuestras frentes, corriéndose por tu espalda.
Acélérate, él te agarra las nalgas, clavándote más hondo, tus piernas enredadas en su cintura. Tus tetas rebotan con cada embestida, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. El clímax se acerca como tormenta, tu vientre contrayéndose, el placer acumulándose en espiral. ¡Más, carnal, no pares! Gritas mentalmente, mordiendo su hombro para no alertar al mundo.
Él se tensa, gruñendo, pero aguanta, frotando tu clítoris con el pulgar. Explotas primero, olas de éxtasis rompiéndote en mil pedazos, tu coño apretándolo como vicio, jugos chorreando por sus bolas. Él te sigue segundos después, llenándote con chorros calientes, su cuerpo temblando contra el tuyo.
El afterglow y cierre
Caen juntos sobre la mesa, jadeando, el sudor enfriándose en la piel pegajosa. Su peso sobre ti es reconfortante, su corazón galopando al ritmo del tuyo. Besos suaves ahora, lenguas perezosas, saboreando el aftermath salado. Hueles a él por todos lados, mezclado con el incienso que se filtró desde afuera.
—Neta que fue chingón, Luisa. ¿Repetimos? —susurra, riendo bajito.
Te ríes también, acariciando su espalda ancha. Sí, carnal, en la Parroquia de la Sagrada Pasión, esto apenas empieza, piensas, mientras el eco de vuestras respiraciones se funde con el silencio sagrado.
Salen tomados de la mano, la noche mexicana envolviéndolos con brisa tibia y estrellas brillantes. No hay culpa, solo plenitud, un secreto compartido que hace la fe más viva, más carnal. Y sabes que volverás, no por misa, sino por esa pasión que arde eterna en este rincón bendito.