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Leyendas de Pasion Jim Harrison

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Leyendas de Pasion Jim Harrison

Ana se recostó en el sillón de mimbre de su viñedo en Valle de Guadalupe, el sol del atardecer tiñendo las vides de un naranja ardiente. El aire olía a tierra húmeda y uvas maduras, ese aroma terroso que siempre le erizaba la piel. Hojeaba un libro viejo que había encontrado en la biblioteca de la casa, polvoriento pero intacto: Leyendas de Pasión de Jim Harrison. Las páginas crujían bajo sus dedos, y las palabras saltaban como chispas, hablando de amores salvajes, de hombres y mujeres devorados por un fuego que no se apaga.

Qué wey este Jim Harrison, pensó Ana, sintiendo un cosquilleo en el vientre. Cuenta pasiones como si las viviera en la piel, neta que me prende. Tenía treinta y cinco años, dueña de esas tierras fértiles, y aunque su vida era plena de vendimias y catas, a veces extrañaba esa hambre legendaria que leía en el libro. El viento susurraba entre las hojas, trayendo el eco lejano de un mariachi en la finca vecina.

Entonces oyó el motor de la camioneta de Miguel. Su carnal, su amante desde hace meses, un enólogo moreno y fornido con ojos que prometían tormentas. Bajó del vehículo con una sonrisa pícara, cargando una caja de botellas nuevas. "¡Órale, Ana! Traje el tinto que fermentamos juntos, pa' celebrar." Su voz grave vibraba en el pecho de ella, y al abrazarla, su cuerpo duro rozó el de Ana, despertando ese pulso acelerado que tanto conocía.

La cena fue en la terraza, bajo luces tenues que parpadeaban como luciérnagas. El vino fluía, rojo y espeso, con sabor a moras y roble tostado. Hablaron de todo: de las lluvias que venían, de la última fiesta en Ensenada. Pero Ana no podía sacarse el libro de la cabeza. "Mira, Miguel, encontré esto: Leyendas de Pasión de Jim Harrison. Habla de amores que te queman por dentro, como si fueran mitos vivos." Le pasó el libro, y él lo hojeó, sus dedos ásperos rozando los de ella.

"Suena chido, mi reina. Como nosotros, ¿no? Pasión que no se acaba." Sus ojos se clavaron en los de Ana, y ella sintió el calor subirle por el cuello. El roce accidental de sus rodillas bajo la mesa era eléctrico, como una promesa. No mames, este pendejo sabe cómo encenderla, se dijo, mordiéndose el labio.

La noche avanzaba, y la tensión crecía como la marea. Miguel puso música, un corrido ranchero con guitarra que retumbaba en el pecho. La jaló a bailar, sus manos firmes en la cintura de Ana, el sudor de su piel mezclándose con el perfume a tierra y vino que ella llevaba. Sus caderas se mecían al ritmo, rozando, insinuando. "Sientes eso, ¿verdad?" murmuró él al oído, su aliento caliente oliendo a tequila y deseo. Ana asintió, el corazón latiéndole como tambor.

Quiero devorarlo ya, pero que dure, que sea legendario como esas páginas.

Entraron a la casa, el aire dentro más denso, cargado de anticipación. Se besaron en el pasillo, labios hambrientos chocando, lenguas danzando con sabor a vino dulce. Miguel la levantó contra la pared, sus manos explorando las curvas bajo el vestido ligero. Ana jadeaba, sintiendo la dureza de él presionando su vientre. "Despacio, carnal", susurró ella, aunque su cuerpo gritaba lo contrario. Lo llevó al dormitorio, donde la cama king esperaba con sábanas de algodón egipcio, frescas contra su piel ardiente.

Se desnudaron con calma tortuosa, pieza por pieza. Primero el vestido de Ana, cayendo como cascada, revelando pechos firmes y piel bronceada por el sol. Miguel gruñó de aprobación, sus ojos devorándola. "Eres mi leyenda, Ana." Él se quitó la camisa, mostrando el torso musculoso, marcado por el trabajo en las vides, vello oscuro bajando hasta el vientre. El olor de su sudor fresco la mareaba, mezclado con el almizcle de su excitación.

Se tumbaron, piel contra piel, el calor de sus cuerpos fundiéndose. Las manos de Miguel recorrían su espalda, bajando a las nalgas, apretando con posesión gentil. Ana exploró su pecho con uñas suaves, bajando hasta la erección pulsante que latía contra su muslo. "Qué rico te sientes, wey", murmuró ella, envolviéndolo con la mano, sintiendo la seda caliente de la piel estirada. Él gimió, un sonido gutural que vibró en el aire quieto.

Los besos bajaron por su cuello, succionando, dejando marcas rosadas. Ana arqueó la espalda cuando la boca de él llegó a sus pechos, lengua girando alrededor de los pezones endurecidos, un placer agudo que le robaba el aliento. Es como el libro, pasión que te atraviesa, pensó, mientras sus dedos se hundían en el pelo revuelto de Miguel. Él descendió más, besando el ombligo, el monte suave, hasta llegar al centro húmedo y palpitante.

Su lengua la tocó primero suave, lamiendo los pliegues con devoción, saboreando su néctar salado y dulce. Ana se retorcía, las sábanas enredándose en sus piernas, gemidos escapando como suspiros de viento. "¡Sí, ahí, no pares!" El placer subía en olas, su clítoris hinchado respondiendo a cada roce, cada chupada. Olía a sexo puro, a ellos dos mezclados, el cuarto lleno de ese aroma primitivo.

Miguel se posicionó sobre ella, sus músculos tensos brillando de sudor bajo la luz de la luna que se colaba por la ventana. "¿Lista, mi amor?" preguntó, voz ronca. Ana abrió las piernas, guiándolo con las caderas. "Ven, hazme tuya." Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándola con su grosor caliente, estirándola deliciosamente. Ambos jadearon al unísono, el sonido de carne uniéndose húmedo y obsceno.

El ritmo empezó lento, profundo, cada embestida rozando puntos que la volvían loca. Ana clavaba uñas en su espalda, sintiendo los músculos contraerse bajo su tacto. El slap de piel contra piel, sus respiraciones entrecortadas, el crujir de la cama – todo era sinfonía. Aceleraron, sudor goteando, pechos rebotando. "¡Más fuerte, pendejo!" gritó ella, riendo entre gemidos. Él obedeció, poseyéndola con fuerza primal, pero siempre atento a sus ojos, confirmando el sí en cada mirada.

La tensión creció, coiling como resorte. Ana sintió el orgasmo acercarse, un tsunami en el bajo vientre. "Me vengo, Miguel..." Él redobló, frotando su clítoris con el pulgar, y explotó. Oleadas de placer la sacudieron, contrayéndose alrededor de él, chillidos ahogados saliendo de su garganta. Miguel la siguió segundos después, gruñendo su nombre, derramándose en chorros calientes que la llenaron, su cuerpo temblando en release.

Colapsaron juntos, enredados, pulsos latiendo al unísono. El aire olía a sexo saciado, a pieles húmedas y amor. Miguel la besó la frente, suave. "Esa fue nuestra leyenda, Ana." Ella sonrió, acariciando su mejilla barbuda.

Jim Harrison tenía razón: las pasiones verdaderas son eternas, como estas tierras que nos abrazan.
Afuera, las vides susurraban bajo la brisa nocturna, testigos mudos de su unión. En ese afterglow, Ana supo que su historia apenas empezaba, llena de más leyendas por escribir.

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