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Hagas Lo Que Hagas Hazlo Con Pasión

7397 palabras

Hagas Lo Que Hagas Hazlo Con Pasión

La noche en Guadalajara ardía como un tequila reposado recién servido. El antro La Perla Negra palpitaba con el ritmo de la salsa, ese son que te entra por los pies y te sube hasta el alma. Yo, Ana, había llegado sola, con un vestido rojo ceñido que se pegaba a mis curvas como una promesa pecaminosa. El aire olía a sudor mezclado con perfume caro, a cigarros y a esa esencia dulce de mujeres listas para la caza. Mis tacones resonaban contra el piso pegajoso mientras me abría paso entre la multitud, sintiendo las miradas calientes clavadas en mi espalda.

Entonces lo vi. Alto, moreno, con una camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho. Bailaba solo en la pista, pero con una gracia que hacía que todas las miradas giraran hacia él. Órale, qué chingón, pensé, mientras mi pulso se aceleraba. Nuestros ojos se cruzaron y no pude evitar sonreír. Él se acercó, con esa seguridad de quien sabe lo que quiere.

—¿Bailamos, guapa? —dijo, su voz grave como un tambor bajo, extendiendo la mano.

Le tomé la mano y el calor de su palma me recorrió el brazo entero. Hagas lo que hagas, hazlo con pasión, me repetí en la mente, recordando esa frase que mi abuela me había dicho una vez, pero ahora la sentía en las venas como un mantra erótico. Nos movimos al ritmo de la música, sus caderas pegadas a las mías, el roce sutil de su muslo contra el mío. Olía a colonia masculina y a algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia. Cada giro era una caricia disfrazada, su aliento cálido en mi cuello cuando me hacía dar vueltas.

—Me llamo Diego —me susurró al oído, mientras sus dedos se deslizaban por mi cintura.

—Ana —respondí, jadeando un poco. El deseo ya bullía en mi vientre, una humedad traicionera entre mis piernas.

El baile duró horas, o eso pareció. Sudábamos juntos, nuestros cuerpos sincronizados en una danza que era puro fuego contenido. Cada vez que su erección rozaba mi vientre, un escalofrío me recorría la espina. Esto es lo que necesitaba, pensé, perdida en el olor salado de su piel, en el sabor de sus labios cuando por fin nos besamos en un rincón oscuro del antro. Fue un beso hambriento, lenguas enredadas, manos explorando. Sus dedos se colaron bajo mi vestido, rozando el encaje de mi tanga, y yo gemí contra su boca.

—¿Vienes conmigo? —preguntó, sus ojos negros brillando con promesas.

¡Claro, carnal! —le dije, riendo con esa picardía mexicana que nos sale tan natural.

Salimos al aire fresco de la noche, el bullicio de la calle contrastando con el calor que nos abrasaba por dentro. Su departamento estaba cerca, en una colonia chida de la Zona Rosa, con vistas a las luces de la ciudad. Apenas cerramos la puerta, me empujó contra la pared, besándome con urgencia. Sus manos eran everywhere: desabrochando mi vestido, amasando mis pechos, pellizcando mis pezones hasta endurecerlos como piedras preciosas. Yo le arranqué la camisa, sintiendo la dureza de sus abdominales bajo mis uñas, el latido acelerado de su corazón.

Quiero devorarlo entero, sentirlo dentro de mí hasta que explote todo, pensé, mientras su boca bajaba por mi cuello, lamiendo el sudor de mi clavícula.

Me llevó al sofá, tirándome sobre los cojines suaves. Se arrodilló entre mis piernas, separándolas con gentileza pero firmeza. El aroma de mi excitación llenaba el aire, almizclado y dulce. Bajó mi tanga despacio, besando el interior de mis muslos, haciendo que mi clítoris palpitara de anticipación. Cuando su lengua finalmente me tocó, grité de placer. Lamía con pasión, chupando, succionando, metiendo dos dedos que curvaba justo en ese punto que me volvía loca. Mis caderas se movían solas, follándome su boca, el sonido húmedo de su lengua en mi panocha resonando en la habitación. Olía a sexo puro, a deseo desatado.

—¡Diego, no pares, pendejo! —le supliqué, medio riendo, medio gimiendo, agarrando su cabello negro.

Él levantó la vista, con los labios brillando de mis jugos. —Hagas lo que hagas, hazlo con pasión, dijo con una sonrisa lobuna, antes de volver a hundirse en mí.

Me corrí así, temblando, un orgasmo que me dejó las piernas flojas y el cuerpo arqueado. Pero no era suficiente. Lo jalé hacia arriba, desabrochándole el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza roja e hinchada. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el olor almizclado de su prepucio. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, metiéndomela hasta la garganta mientras él gemía "¡Qué rico, nena!". Le chupé las bolas, pesadas y calientes, mientras le pajeaba el tronco con fuerza.

Ya no aguantábamos más. Me puse a cuatro patas en el sofá, ofreciéndole mi culo redondo. Él se colocó detrás, frotando su verga contra mi raja húmeda. Entró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón!, grité, el estiramiento delicioso, el roce de su pubis contra mi clítoris. Empezó a bombear, lento al principio, dejando que sintiera cada centímetro. El sonido de carne contra carne, slap-slap-slap, se mezclaba con nuestros jadeos. Sudor goteaba de su pecho a mi espalda, sus manos apretando mis caderas con fuerza.

—¡Más fuerte, Diego! ¡Fóllame como hombre! —le pedí, empujando hacia atrás.

Aceleró, martillándome sin piedad, sus bolas golpeando mi clítoris. Sentía su verga hincharse más, rozando mi punto G con cada embestida. El placer subía en oleadas, mi coño contrayéndose alrededor de él. Él gruñía en mi oído, mordisqueando mi hombro, una mano bajando a frotar mi botón con círculos rápidos. El clímax nos golpeó juntos: yo chillando, él rugiendo, su leche caliente inundándome, chorro tras chorro, mientras mi orgasmo me hacía ver estrellas.

Colapsamos en el sofá, jadeantes, pegajosos de sudor y fluidos. Su brazo alrededor de mi cintura, su nariz en mi cabello oliendo a vainilla de mi shampoo. El silencio era roto solo por nuestras respiraciones calmándose, el distant murmullo de la ciudad afuera.

—Eso fue... chido —dijo él, besándome la nuca.

—Más que chido —respondí, girándome para mirarlo a los ojos—. Fue pasión pura.

Nos quedamos así un rato, explorando con caricias perezosas. Sus dedos trazaban patrones en mi piel, despertando cosquilleos nuevos. Yo jugaba con su pecho, sintiendo los latidos volver a acelerarse. Pero esta vez no era urgencia, sino una conexión profunda, como si hubiéramos compartido algo más que cuerpos.

Hagas lo que hagas, hazlo con pasión, resonó en mi mente de nuevo. Y así lo habíamos hecho, sin reservas, sin miedos. Mañana quién sabe, pero esta noche era nuestra, grabada en la piel y el alma.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos besamos una última vez. Salí de su depa con las piernas temblorosas, una sonrisa tonta y el recuerdo de su pasión latiendo en mí. La vida en Guadalajara seguía su curso, pero yo ya no era la misma. Había aprendido que la pasión no se busca, se vive, con todo el fuego que uno lleva dentro.

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