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Película Pasión por el Triunfo Carnal

6982 palabras

Película Pasión por el Triunfo Carnal

Ana se recostó en el sofá de su departamento en la Roma, con el control remoto en la mano y una sonrisa pícara en los labios. La noche caía sobre la Ciudad de México como un manto caliente, y el aire olía a tacos de la esquina y a jazmín del balcón. Frente a ella, Marco, su novio de ojos oscuros y brazos fuertes, preparaba unas chelas frías del refri. Qué chido tenerlo aquí, pensó ella, mientras el calor de su piel bronceada le recordaba las tardes en la playa de Acapulco.

—Órale, nena, pon la película que tanto te late —dijo Marco, sentándose a su lado y pasándole una cerveza helada. El vidrio sudaba gotitas que Ana lamió con la lengua, sintiendo el sabor salado y fresco que le erizaba la piel.

Ella pulsó play. Película Pasión por el Triunfo. Era su favorita, una historia de una chava que luchaba por su sueño en el cine, llena de drama, ambición y esa pasión que te hace sudar la gota gorda. La pantalla se iluminó con escenas vibrantes: la protagonista corriendo bajo la lluvia, gritando su anhelo de victoria. Ana sintió un cosquilleo en el estómago, como si el triunfo de esa mujer le encendiera algo profundo adentro.

Marco la rodeó con el brazo, su mano grande posándose en su muslo desnudo bajo la falda corta. El roce era eléctrico, como un rayo en la piel morena.

¿Y si esta noche soy yo la que triunfa?
se preguntó Ana en silencio, mientras el sonido de la lluvia en la película llenaba la sala.

La trama avanzaba. La heroína besaba a su amante en un set de filmación, sus cuerpos chocando con furia contenida. Ana giró la cara hacia Marco, sus labios rozándose apenas. Olía a su colonia fresca, mezclada con el sudor ligero de su camisa ajustada. —Esta película me prende cañón —murmuró ella, su voz ronca como el tráfico de Insurgentes al atardecer.

—Neta, mi amor. Tú eres mi pasión por el triunfo —respondió él, y la besó. Fue un beso lento al principio, explorando con la lengua el sabor de la chela y el dulzor de su boca. Ana jadeó suave, sintiendo cómo su verga se endurecía contra su pierna. El corazón le latía como tambores en una fiesta de pueblo.

La película seguía rodando, pero ya nadie prestaba atención real. Las manos de Marco subieron por su falda, acariciando la seda de sus calzones. Ella arqueó la espalda, el sofá crujiendo bajo ellos. Su toque es como fuego, quema justo donde duele de ganas, pensó Ana, mientras le quitaba la camisa, revelando el pecho velludo y musculoso que tanto le gustaba lamer.

Se levantaron del sofá como si la película los impulsara. Ana lo empujó contra la pared, besándolo con hambre. Sus lenguas danzaban, húmedas y calientes, mientras el aroma de su excitación llenaba el aire: ese olor almizclado, animal, que hacía que su concha palpitara. Marco le bajó la blusa, exponiendo sus chichis firmes, los pezones duros como piedras de obsidiana. Los succionó con avidez, mordisqueando suave, y Ana gimió alto, el sonido ahogado por el clímax dramático en la pantalla.

—Ponte de rodillas, mamacita —le susurró él al oído, su aliento caliente como el viento del desierto. Ana obedeció, arrodillándose en la alfombra mullida. Desabrochó su pantalón, liberando la verga gruesa, venosa, que saltó erecta hacia su cara. La olió primero: salado, masculino, irresistible. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando la gota perlada que brotaba. Marco gruñó, enredando los dedos en su cabello negro largo.

Esto es mi triunfo, chingar como diosas
, pensó ella, mientras lo chupaba profundo, sintiendo cómo llenaba su boca, el pulso latiendo contra su lengua. Él la cogía la cabeza suave, guiándola, pero siempre preguntando con la mirada si estaba chido. Ella asentía, empapada ya entre las piernas.

La película alcanzó su punto álgido: la protagonista ganaba el premio, gritando de éxtasis. Ana se levantó, quitándose la falda y los calzones de un jalón. Su panocha depilada brillaba húmeda bajo la luz tenue de la tele. Marco la alzó en brazos, llevándola a la cama. La recostó con cuidado, besando cada centímetro de su cuerpo: el cuello perfumado a vainilla, los senos que subían y bajaban con su respiración agitada, el ombligo, hasta llegar al monte de Venus.

—Te voy a comer hasta que grites tu triunfo —dijo él, separando sus labios con los dedos. El primer lametón fue como un relámpago: su lengua plana lamiendo el clítoris hinchado, saboreando el jugo dulce y salado de su excitación. Ana se arqueó, clavando las uñas en las sábanas. ¡Qué rico, güey, no pares! gritó en su mente, mientras sus caderas se movían solas, follándose su boca. Él metía la lengua adentro, chupando, succionando, mientras dos dedos gruesos la penetraban lento, curvándose para tocar ese punto que la volvía loca.

El cuarto olía a sexo puro: sudor, fluidos, piel caliente. Los gemidos de Ana se mezclaban con la música triunfal de la película, que ahora rodaba créditos. Ella venía cerca, el orgasmo construyéndose como una ola en el Pacífico. —¡Sí, cabrón, así! —gritó, y explotó, temblando entera, chorros calientes mojando la cara de Marco. Él lamía todo, bebiendo su placer como néctar.

Pero no pararon. Ana lo volteó, montándose encima. Su verga apuntaba al cielo, roja y lista. Se la guió con la mano, hundiéndose despacio. Llena, tan llena que duele chido, pensó, mientras lo cabalgaba. Arriba y abajo, sus chichis rebotando, el slap-slap de carne contra carne resonando. Marco la agarraba las nalgas, amasándolas, metiendo un dedo en su ano para más placer. Ella giraba las caderas, frotando el clítoris contra su pubis, sintiendo cada vena de su pito dentro.

—¡Cógeme más duro, mi rey! —suplicó, y él obedeció, embistiéndola desde abajo con fuerza animal. El sudor les chorreaba, mezclándose, el sabor salado en sus besos. Ana sentía el segundo orgasmo venir, más grande, como el triunfo final de la película. Marco gruñía, al borde.

—Me vengo, nena... —avisó él.

—Adentro, lléname —ordenó ella, y juntos explotaron. Su concha se contraía, ordeñándolo, mientras chorros calientes de semen la inundaban, rebosando. Gritaron al unísono, cuerpos temblando, el mundo reduciéndose a ese pulso compartido.

Se derrumbaron, jadeantes, enredados en las sábanas revueltas. La tele parpadeaba el menú de la película, película pasión por el triunfo grabada en su mente como un eco sensual. Marco la besó la frente, su mano acariciando su espalda húmeda.

—Fuiste mi victoria esta noche —dijo suave.

Ana sonrió, el cuerpo lánguido y satisfecho.

En esta cama, siempre triunfo
, pensó, mientras el sueño los envolvía como la noche mexicana, cálida y prometedora de más pasiones.

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