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Pasiones TV Doramas Desatadas

6007 palabras

Pasiones TV Doramas Desatadas

Estaba sola en mi depa de la Roma, con el control remoto en la mano y el corazón latiéndome como tambor de mariachi. Era una noche cualquiera en la CDMX, de esas donde el tráfico de afuera se apaga y solo queda el zumbido del refri y el calor pegajoso del verano. Pasiones TV Doramas era mi vicio secreto, wey. Esos doramas coreanos con tramas de amores imposibles, miradas que queman y besos que te dejan sin aliento. Me recargaba en el sofá, con las piernas enroscadas en una cobija ligera, sintiendo cómo el aire acondicionado me erizaba la piel.

En la tele, el galán acababa de confesarle su amor a la prota en medio de una tormenta. Sus labios se unían con esa intensidad que solo pasa en las novelas. Sentí un cosquilleo entre las piernas, neta. Mi mano bajó sola por mi panza, rozando el encaje de mis panties.

¿Por qué carajos no tengo un hombre así en mi vida?
pensé, mientras el olor a jazmín de mi crema corporal se mezclaba con el leve aroma de mi propia excitación. De repente, un golpe en la pared me sacó del trance. Mi vecino, Diego, el morro alto y guapo que siempre andaba en pants de gym.

¡Ey, Ana! ¿Estás viendo Pasiones TV Doramas otra vez? gritó desde el otro lado, con esa voz ronca que me ponía la piel de gallina.

Me levanté de un brinco, el corazón en la garganta. Abrí la puerta y ahí estaba él, con una chela en la mano y una sonrisa pícara. Olía a jabón fresco y a hombre después de un buen workout. —Neta, wey, ¿tú también? Pasa, no mames.

Entró como si nada, se tiró en el sofá y sintonizó el canal. Nuestras rodillas se rozaron y sentí un chispazo eléctrico. El episodio seguía: la pareja rodando en la cama, gemidos suaves que llenaban la sala. Diego me miró de reojo, sus ojos cafés brillando bajo la luz azulada de la tele.

—Esos doramas me prenden cañón —dijo, rascándose la barba incipiente—. Pero la neta, en la vida real es mejor.

Tragué saliva, sintiendo el pulso acelerado en mis sienes. Su muslo presionaba el mío, cálido y firme.

¿Será que está coqueteando o nomás es plática?
El calor subía por mi cuello, y el aroma de su sudor limpio me envolvía como una niebla sensual.

La tensión creció lento, como el plot de un buen dorama. Hablamos de los personajes, de cómo las pasiones reprimidas explotan de golpe. Su mano rozó mi brazo al gesticular, y no la quitó. Yo me acerqué más, mi pecho subiendo y bajando rápido. El sonido de la lluvia en la tele se mezclaba con el nuestro respiración pesada.

—Ana, tú eres más chida que cualquier prota de Pasiones TV Doramas —murmuró, su aliento caliente en mi oreja.

Me volteé y nuestros labios chocaron. Fue como fuego líquido: su lengua explorando la mía con hambre, saboreando a cerveza y a deseo puro. Gemí bajito, mis dedos enredándose en su pelo negro y revuelto. Lo jalé hacia mí, sintiendo su erección dura contra mi cadera. Órale, qué prieta la tiene el cabrón, pensé, mientras sus manos bajaban por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza juguetona.

Nos levantamos del sofá sin despegar los labios, tropezando hacia mi cuarto. La luz tenue de la lámpara de noche pintaba sombras en su torso desnudo cuando se quitó la playera. Olía a piel salada, a macho listo para devorar. Me tumbó en la cama con gentileza, sus ojos clavados en los míos.

—Dime si quieres parar, mi reina —susurró, besando mi cuello. Su barba raspaba delicioso, enviando ondas de placer hasta mi clítoris hinchado.

—Ni madres, Diego. Te quiero adentro ya —jadeé, arqueando la espalda.

Me desvistió despacio, saboreando cada centímetro. Sus labios chuparon mis pezones, duros como piedras, mientras sus dedos jugaban con mi humedad. El sonido de mis panties rasgándose fue música para mis oídos. Lamí su pecho, probando el salado de su sudor, bajando hasta su verga palpitante. La tomé en la boca, sintiendo las venas gruesas contra mi lengua, su gemido ronco vibrando en mi garganta.

La intensidad subió como en el clímax de un dorama. Me puso a cuatro patas, su cuerpo cubriendo el mío como una ola caliente. Entró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, wey! grité, el placer doliendo rico. Sus caderas chocaban contra mis pompis, piel contra piel en un ritmo frenético. El olor a sexo crudo llenaba el aire, mezclado con nuestros jadeos y el crujir de las sábanas.

Me volteó para mirarnos a los ojos, como en esas escenas épicas de Pasiones TV Doramas. Sus embestidas profundas me hacían ver estrellas, mis uñas clavándose en su espalda musculosa. Sentía cada vena, cada pulso de su verga dentro de mí, rozando ese punto que me volvía loca. —Estás tan mojada, Ana, tan chingona —gruñía, mordisqueando mi labio.

El sudor nos unía, resbaloso y caliente. Mis tetas rebotaban con cada golpe, sus manos amasándolas con devoción. El clímax se acercaba como tormenta: mis paredes contrayéndose alrededor de él, su verga hinchándose más. —¡Me vengo, cabrón! —chillé, explotando en oleadas de éxtasis puro. Él se hundió una vez más y rugió, llenándome con chorros calientes que me prolongaron el orgasmo.

Caímos exhaustos, enredados en sábanas húmedas. Su pecho subía y bajaba contra el mío, el latido de su corazón sincronizándose con el mío. Besos suaves, perezosos, mientras el aroma de nuestro amor flotaba en el cuarto. Afuera, la ciudad ronroneaba indiferente.

—Neta, Diego, eso fue mejor que cualquier Pasiones TV Doramas —susurré, trazando círculos en su piel con la yema del dedo.

Él rio bajito, jalándome contra su cuerpo.

Esto no es el final de un episodio, es el principio de algo chido
, pensé, mientras el sueño nos envolvía en un afterglow perfecto. La tele seguía murmurando en la sala, pero ya nada importaba más que este hombre real, esta pasión desatada en mi propia vida.

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