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Abismo de Pasión Gran Final

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Abismo de Pasión Gran Final

El sol de Cancún se ponía como un fuego lento en el horizonte, tiñendo el mar de un naranja intenso que se reflejaba en las olas suaves. Yo, Ana, acababa de llegar a la villa que mi carnala me prestó para unas vacaciones merecidas. Después de un año de puro estrés en la chamba de la Ciudad de México, neta que necesitaba desconectarme. Pero lo que no esperaba era toparme con él, Javier, mi ex de la uni, parado en la terraza con una cerveza en la mano, su camisa blanca abierta dejando ver ese pecho moreno que tanto me volvía loca.

¿Ana? ¿Eres tú, güey? ¡No mames!
—dijo con esa sonrisa pícara que me derretía, sus ojos cafés clavados en mí como si el tiempo no hubiera pasado.

Mi corazón dio un brinco. Hacía cinco años que no lo veía, desde que terminamos por pendejadas de juventud. Pero ahí estaba, más guapo que nunca, con el viento del mar revolviéndole el pelo negro y esa fragancia suya a sal y colonia que me hacía agua la boca. Me acerqué, sintiendo el calor de la arena tibia bajo mis sandalias, el olor a coco de mi protector solar mezclándose con el salitre.

—Sí, soy yo, Javier. ¿Qué pedo? ¿Tú aquí?

Resulta que su familia tenía una casa vecina y se topó con el anuncio de renta. Pura casualidad del destino, o eso dijo. Cenamos juntos esa noche en la terraza, tacos de mariscos frescos que compramos en el mercado local, con salsa picosa que nos hacía jadear y reír. Hablamos de todo: de la chamba, de amigos en común, de cómo la vida nos había cambiado. Pero debajo de las palabras, sentía esa tensión, como un hilo invisible tirando de mí hacia él. Su rodilla rozaba la mía bajo la mesa de madera, y cada roce era como una chispa en mi piel.

Internamente, me decía:

Ni se te ocurra, Ana. Ya no es el mismo, y tú tampoco
. Pero mi cuerpo no escuchaba. Olía su aroma varonil, sentía el pulso acelerado en mi cuello, y el calor entre mis piernas empezaba a crecer.

La noche avanzó con chelas frías y música de cumbia rebajada sonando bajito desde su Bluetooth. Terminamos recostados en las hamacas de la playa privada, el sonido rítmico de las olas como un latido compartido. Javier se giró hacia mí, su mano rozando mi brazo desnudo.

—Ana, siempre me arrepentí de dejarte ir. Eres la que se me quedó grabada aquí —dijo, tocándose el pecho, su voz ronca como el viento nocturno.

Lo miré a los ojos, esos pozos oscuros que prometían placer infinito.

¿Y si esto es el principio de algo cabrón?
pensé. Me acerqué, mis labios rozando los suyos en un beso tentativo. Fue como prender un fósforo en gasolina. Sus manos me envolvieron la cintura, fuertes y cálidas, atrayéndome contra su cuerpo duro. Sabía a cerveza y a mar, su lengua explorando la mía con hambre contenida.

Nos besamos como si el mundo se acabara esa noche, el olor a jazmín de la villa mezclándose con el sudor que empezaba a perlar su piel. Lo jalé hacia adentro, mis dedos enredados en su pelo, sintiendo cada músculo tensarse bajo mi tacto. En la recámara, con la luz de la luna filtrándose por las cortinas, nos desnudamos despacio. Su mirada devoraba mis curvas, mis pechos llenos, mis caderas anchas que él siempre decía que eran perfectas.

—Eres una diosa, Ana —murmuró, besando mi cuello, su aliento caliente enviando escalofríos por mi espalda.

La segunda noche fue cuando la cosa se puso intensa de verdad. Habíamos pasado el día en la playa, nadando en el agua turquesa, sus manos untándome crema en la espalda, rozando peligrosamente cerca de mis nalgas. Cada toque era una promesa, un fuego lento que me tenía mojadísima por dentro. Por la tarde, en la piscina de la villa, jugamos como adolescentes: él me cargaba en el agua, yo le mordía el lóbulo de la oreja, riendo mientras el sol nos abrasaba la piel.

Pero adentro, mi mente era un torbellino.

Esto no es solo sexo, güey. Siento que me estás despertando algo que creía muerto
. Javier era tierno pero dominante, justo lo que necesitaba. Me confesó que había soñado conmigo todas las noches, que mi recuerdo lo mantenía despierto, tocándose pensando en mis gemidos.

Al anochecer, lo invité a mi cama. Nos duchamos juntos primero, el agua caliente cayendo sobre nosotros como lluvia tropical. Sus manos jabonosas recorrieron mis tetas, pellizcando mis pezones hasta hacerme arquear la espalda. Yo le enjaboné el pecho, bajando hasta su verga dura, palpitante, que saltaba ante mi toque. La apreté, sintiendo su grosor, las venas marcadas, y él gruñó bajito, un sonido animal que me erizó la piel.

Te voy a hacer mía toda la noche, Ana
—susurró en mi oído, mordiéndome suave.

En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como seda, empezó el verdadero juego. Me recostó boca arriba, besando cada centímetro de mi cuerpo: el valle entre mis pechos, el ombligo, el interior de mis muslos. Su lengua llegó a mi clítoris, lamiendo despacio, saboreándome como si fuera el mejor postre. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su sudor salado. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en sus hombros anchos, mis caderas moviéndose al ritmo de su boca.

—Más, Javier, no pares, pendejo —jadeé, riendo entre gemidos.

Me volteó, poniéndome a cuatro patas, y sentí su verga rozando mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome por completo. El estiramiento era exquisito, un dolor placentero que me hacía ver estrellas. Empezó a moverse, lento al principio, sus manos en mis caderas, el sonido de piel contra piel uniéndose al chapoteo de nuestros jugos. Cada embestida era más profunda, tocando ese punto dentro de mí que me volvía loca.

Su aliento en mi nuca, caliente y entrecortado:

Neta que eres mi todo, Ana
. Yo respondía arqueándome, empujando contra él, sintiendo sus bolas golpeando mi clítoris. El cuarto olía a sexo puro, a pasión desatada, con el lejano rumor del mar como banda sonora.

La tercera noche fue el clímax, el abismo de pasión gran final que ninguno esperábamos. Habíamos hablado toda la tarde, desnudos en la cama, compartiendo secretos. Yo le conté de mis miedos a comprometerme de nuevo, él de cómo yo era su musa eterna. Ese lazo emocional nos unía más que el físico, haciendo que cada caricia fuera eléctrica.

Empezamos con besos lentos, exploratorios, tumbados de lado. Sus dedos jugaban con mi pelo, mi mano acariciaba su verga semi-dura hasta ponerla como piedra. Lo monté despacio, sintiendo cómo me abría paso hacia abajo, su grosor estirándome deliciosamente. Me moví en círculos, frotando mi clítoris contra su pubis, mis tetas rebotando con cada vaivén. Él las tomaba, chupando un pezón mientras yo cabalgaba más rápido.

¡Sí, así, cabrón! Me vas a hacer venir
—grité, el sudor chorreando por mi espalda.

Cambié de posición: él encima, misionero profundo, nuestros ojos clavados mientras se hundía en mí una y otra vez. Sentía su pulso latiendo dentro, mis paredes contrayéndose alrededor. El olor a nuestro sexo era embriagador, mis jugos empapando las sábanas. Aceleró, sus gruñidos roncos en mi oído, mis piernas envolviéndolo como tenazas.

El orgasmo llegó como una ola gigante. Primero el mío, explotando en mil pedazos, mi cuerpo temblando, gritando su nombre mientras me contraía en espasmos. Él se vino segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo colapsando sobre el mío en un afterglow perfecto. Nos quedamos así, jadeantes, piel pegada a piel, el corazón martilleando al unísono.

Después, recostados con la luna testigo, fumamos un cigarro compartido —pura tradición mexicana post-sexo—.

Esto fue nuestro abismo de pasión gran final, pero neta que quiero más
, pensé mientras él me besaba la frente.

—Vente conmigo a México, Ana. Hagamos de esto algo real —dijo, su voz suave como la brisa.

Asentí, sabiendo que este reencuentro no era el fin, sino el comienzo de algo eterno. El mar susurraba promesas, y en sus brazos, encontré mi paraíso.

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