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Las Horas de la Pasion Libro de Deseos

7196 palabras

Las Horas de la Pasion Libro de Deseos

Entré a esa librería antigua en el corazón de la Roma, en la Ciudad de México, con el sol del atardecer filtrándose por las ventanas empañadas. El aire olía a papel viejo y a incienso quemado, un aroma que me erizaba la piel como una caricia prohibida. Mis ojos se posaron en un estante polvoriento, y ahí estaba: Las Horas de la Pasion Libro de Deseos. El título me llamó como un susurro caliente en la oreja. Lo tomé, sintiendo su tapa de cuero suave bajo mis dedos, y pagué sin pensarlo dos veces. Neta, algo en mí sabía que esa noche cambiaría todo.

De regreso en mi depa en la Condesa, con las luces tenues y el sonido lejano de los cláxones de la avenida, me serví un mezcal ahumado. El líquido quemaba mi garganta, despertando un calor que bajaba directo al vientre. Me recosté en la cama king size, con las sábanas de algodón egipcio rozando mis muslos desnudos. Vestía solo una camisola de seda negra que se adhería a mis curvas como un amante ansioso. Abrí el libro, y las primeras páginas me atraparon. Historias de amantes que se devoraban en la penumbra, descripciones tan vívidas que podía oler el sudor salado de sus cuerpos, sentir el roce húmedo de lenguas explorando pieles ardientes.

En esas horas de la pasión, el libro cobra vida, y tú con él.
Leí en voz alta, mi voz ronca temblando. Mi mano libre se deslizó por mi cuello, bajando hasta el borde de mis pechos. Sentí mis pezones endurecerse al instante, como si el libro mismo me tocara. Marco llegaría en cualquier momento, mi chingón de novio, ese güey alto y moreno con ojos que prometían pecados deliciosos. Imaginé contarle, leerle un pasaje juntos. El pulso en mi concha empezó a latir, un ritmo insistente que me hacía apretar los muslos.

La puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba él, con su camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro de su pecho. Olía a colonia fresca mezclada con el humo de la ciudad, un olor que siempre me ponía cachonda. "¿Qué traes ahí, mi reina?" dijo con esa sonrisa pícara, quitándose los zapatos con un movimiento fluido. Le mostré el libro. "Las Horas de la Pasion Libro de Deseos. Lo encontré hoy. Ven, léelo conmigo."

Se acercó, su presencia llenando la habitación como una ola de calor. Se sentó a mi lado, su muslo musculoso presionando contra el mío. Tomó el libro, sus dedos grandes rozando los míos, enviando chispas por mi espina. Empezó a leer en voz baja, su voz grave como un ronroneo: descripciones de besos que mordían, manos que hurgaban en pliegues húmedos. Sentí su aliento cálido en mi oreja, y el aroma de su piel, limpio y masculino, me invadió. Mi mano se posó en su pierna, subiendo despacio, sintiendo la dureza crecer bajo el pantalón.

El libro nos guiaba, pero el deseo era nuestro. Marco dejó el libro a un lado y me volteó hacia él, sus labios capturando los míos en un beso que sabía a mezcal y promesas. Su lengua danzó con la mía, explorando, saboreando el dulzor de mi boca. Gemí bajito, un sonido que vibró en mi pecho. "Estás mojada ya, ¿verdad, pinche caliente?" murmuró contra mi cuello, su barba incipiente raspando deliciosamente. Asentí, perdida en el olor embriagador de su excitación, ese almizcle que se elevaba entre nosotros.

Sus manos, callosas por el gimnasio, se colaron bajo mi camisola, amasando mis tetas con una urgencia controlada. Los pezones se pusieron duros como piedras bajo sus pulgares, y cada pellizco mandaba descargas directas a mi clítoris. Me arqueé, presionando mi pelvis contra su verga tiesa, sintiendo su calor a través de la tela. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaba el cuarto, mezclado con el jazz suave que salía del Spotify en el fondo. Bajé la cremallera de su pantalón, liberando su miembro grueso, venoso, que saltó palpitante hacia mi mano. Lo apreté, sintiendo la piel sedosa sobre el acero debajo, y él gruñó, un sonido animal que me mojó más.

¿Por qué me enciende tanto este libro? ¿O es él, que hace que cada página arda?
Pensé mientras lo lamía, mi lengua trazando la vena prominente, saboreando el gusto salado de su pre-semen. Marco me levantó la camisola, exponiendo mi concha depilada, reluciente de jugos. "Mírate, toda abierta para mí, mi amor." Bajó la cabeza, y su boca me devoró. Sentí su lengua plana lamiendo desde el ano hasta el clítoris, chupando con avidez. El placer era eléctrico, oleadas que me hacían temblar, mis uñas clavándose en sus hombros. Olía a mí misma, ese aroma dulce y almizclado de excitación femenina, mezclado con su saliva.

Pero no quería correrme aún. Lo empujé hacia atrás, montándome a horcajadas. Su verga rozó mi entrada, untándose de mis fluidos. Me hundí despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, me llenaba hasta el fondo. "¡Ay, cabrón, qué grande estás!" jadeé, comenzando a moverme. El slap slap de piel contra piel resonaba, rítmico como un tambor azteca. Sus manos en mis caderas guiaban el vaivén, sus ojos clavados en mis tetas rebotando. Sudábamos, el olor salobre de nuestros cuerpos mezclándose con el perfume floral de mis sábanas.

El libro yacía abierto a nuestro lado, como un testigo silencioso. En un momento de pausa, Marco lo tomó y leyó un fragmento: "En las horas de la pasión, los cuerpos se funden en un solo latido." Reí entre gemidos, pero el ritmo se aceleró. Me volteó, poniéndome de rodillas, y embistió desde atrás. Cada thrust profundo golpeaba mi punto G, haciendo que mis paredes internas se contrajeran. Sentía sus bolas peludas chocando contra mi clítoris, el roce áspero intensificando todo. "Dame más, güey, rómpeme." supliqué, mi voz quebrada.

La tensión crecía como una tormenta. Mis músculos se tensaban, el orgasmo acechando. Él aceleró, gruñendo mi nombre, "Laura, mi reina, córrete conmigo." El clímax nos golpeó juntos. Mi concha se apretó como un puño alrededor de su verga, ordeñándolo mientras chorros calientes me inundaban por dentro. Grité, un sonido primal que rasgó el aire, mi cuerpo convulsionando en olas de placer puro. Él se derrumbó sobre mí, su peso reconfortante, nuestros corazones martilleando al unísono.

Nos quedamos así, enredados, respirando el olor almizclado del sexo, el sudor enfriándose en nuestra piel. Marco besó mi hombro, suave ahora. "Ese libro es chingón, pero tú eres mi pasión eterna." Sonreí, exhausta y satisfecha. Tomé el libro de nuevo, pasando las páginas con dedos temblorosos. Las Horas de la Pasion Libro de Deseos había abierto algo en nosotros, un fuego que no se apagaría fácil. Afuera, la ciudad bullía, pero aquí, en este nido de placer, solo existíamos nosotros.

El afterglow era perfecto: su mano acariciando mi vientre, el sabor de él aún en mi boca, el eco de nuestros gemidos en mis oídos. Sabía que lo leeríamos más, que cada noche sería una página nueva. En las horas de la pasión, el libro no era solo palabras; era nuestra llave a lo infinito.

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