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Amo Lloro Canto Sueño con Claveles de Pasión

6711 palabras

Amo Lloro Canto Sueño con Claveles de Pasión

En el bullicio del mercado de Jamaica, el aire se llenaba de ese olor dulce y embriagador a flores frescas, claveles rojos como labios hinchados de deseo, gardenias que sudaban perfume bajo el sol de mediodía. Yo, con mi falda ligera ondeando al viento caliente, caminaba entre los puestos, sintiendo cómo el roce de la tela contra mis muslos me erizaba la piel. Hacía calor, órale, un calor que se metía por todos lados, como si la ciudad misma estuviera en celo.

Entonces lo vi. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace apretar las piernas sin querer. Vendía claveles, ramos enteros de pasión roja, y sus manos grandes, callosas de tanto trabajo, los arreglaban con una delicadeza que me imaginaba en mi propia piel. Me acerqué, fingiendo interés en las flores, pero mis ojos lo devoraban: el sudor brillando en su cuello, el olor a tierra fértil y jabón barato que emanaba de él.

¿Qué onda, preciosa? ¿Buscas algo que te haga suspirar? —me dijo con voz grave, como un ronroneo que me vibró en el pecho.

Le sonreí, mordiéndome el labio. Pinche hombre, pensé, me va a volver loca con esa mirada. Compré un ramo, mis dedos rozando los suyos adrede, y esa chispa eléctrica me recorrió hasta el ombligo.

Amo lloro canto sueño con claveles de pasión —murmuré, recordando esa vieja copla que mi abuelita canturreaba en las noches de vela, cuando el tequila soltaba lenguas y secretos.

Él se rio, una carcajada profunda que olía a café y canela. —¿Y eso qué significa, morra? Suena a que ya estás soñando despierta.

Nos quedamos platicando, el tiempo se estiraba como miel caliente. Me contó que se llamaba Raúl, que venía de un pueblito en Michoacán donde los claveles crecían salvajes como el deseo. Yo, Ana, le hablé de mis días en la colonia Roma, bailando salsa hasta el amanecer, buscando algo que me hiciera sentir viva de verdad. El deseo crecía lento, como la humedad entre mis piernas, mientras el sol nos achicharraba y el aroma de los claveles nos envolvía.

Al atardecer, cuando el mercado empezaba a vaciarse, me invitó a su taller detrás del puesto. —Ven, te enseño cómo arreglo un ramo que quema la piel. No lo pensé dos veces. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano, y el pulso en mi sexo ya era un rumor insistente.

El taller era un cuartito escondido, paredes de adobe fresco, olor a tierra mojada y flores marchitas del día. Cerró la puerta con un clic que sonó a promesa. Nos miramos, el aire cargado de electricidad, nuestros pechos subiendo y bajando al mismo ritmo.

¿Qué chingados estoy haciendo?, pensé. Pero su boca ya estaba en mi cuello, besos húmedos que sabían a sal y menta, y yo solo pude gemir: —¡Raúl, cabrón, no pares!

Sus manos grandes me levantaron contra la mesa de madera áspera, mis nalgas sintiendo las astillas suaves mientras él me abría las piernas con urgencia tierna. Olía a él por todos lados, ese macho sudado y puro, y yo me abrí como un clavel al rocío. Me quitó la blusa despacio, lamiendo cada centímetro de piel expuesta, sus dientes rozando mis pezones hasta endurecerlos como piedras de obsidiana.

Yo le arañé la espalda, sintiendo los músculos tensos bajo mi uña, mientras mi mente gritaba de placer. Esto es lo que necesitaba, un hombre que me haga suya sin pedir permiso pero con todo el fuego del mundo. Bajó mi falda, sus dedos explorando mi humedad, resbaladizos ya, y yo arqueé la espalda cuando tocó ese punto que me hace ver estrellas.

Eres una diosa, Ana, tan mojada por mí —gruñó, y yo reí bajito, empoderada, tomándolo por el pelo para guiarlo donde quería.

Nos besamos con hambre, lenguas enredadas como enredaderas, saboreando el sudor y el deseo puro. Él se desabrochó el pantalón, y ahí estaba, duro como tronco de mezquite, palpitando para mí. Lo tomé en mi mano, sintiendo el calor vivo, las venas que latían como mi propio corazón desbocado. Lo acaricié lento, torturándolo, mientras él jadeaba contra mi oreja.

Pero la tensión crecía, no aguantábamos más. Me penetró de un solo empujón suave, llenándome hasta el fondo, y grité su nombre mientras el mundo se volvía rojo pasión. Sus caderas chocaban contra las mías, un ritmo wet y salvaje, el sonido de piel contra piel mezclándose con nuestros gemidos y el eco lejano del mercado.

En mi cabeza, la copla volvía: amo lloro canto sueño con claveles de pasión. Amo este fuego, lloro de puro gozo, canto mi placer, sueño con más. Sudábamos juntos, cuerpos resbalosos, olores a sexo crudo y flores mezclados en un perfume embriagador. Él me mordía el hombro, yo le clavaba las uñas en las nalgas, empujándolo más hondo.

La intensidad subía como volcán, mis paredes apretándolo, su miembro hinchándose dentro. Sentía cada vena, cada pulso, el roce exquisito que me llevaba al borde.

¡Ven conmigo, Raúl, hazme explotar!
le supliqué, y él aceleró, gruñendo como bestia en celo.

El clímax llegó como tormenta de verano, mi cuerpo convulsionando, chorros de placer que me mojaban las piernas, gritando hasta quedarme ronca. Él se derramó dentro, caliente y abundante, su semilla marcándome como suya. Nos quedamos unidos, temblando, respiraciones entrecortadas, el aire espeso de nuestro aroma compartido.

Despacio, se salió, y yo sentí el vacío dulce, su esencia goteando por mis muslos. Nos recostamos en el suelo fresco, claveles pisoteados a nuestro alrededor, pétalos rojos pegados a nuestra piel sudada. Me besó la frente, suave ahora, y yo me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón calmarse.

¿Qué fue eso, morra? Un sueño con claveles —dijo riendo bajito.

Yo sonreí, trazando círculos en su piel. Amo lloro canto sueño con claveles de pasión, pensé, y por primera vez en mucho tiempo, me sentí completa. No era solo sexo, era conexión, dos almas mexicanas chocando en éxtasis puro.

Salimos al anochecer, el mercado ya oscuro, luces de puestos lejanos como estrellas caídas. Me dio otro ramo, y supe que esto no acababa aquí. Caminé a casa con las piernas flojas, el cuerpo zumbando de recuerdos táctiles: su peso sobre mí, el sabor de su piel, el olor a nosotros. En mi cama esa noche, soñé con él, con claveles rojos y pasiones infinitas.

Desde entonces, cada vez que paso por Jamaica, huelo esos claveles y sonrío. Porque amo, lloro de gusto, canto mi libertad, y sueño con más noches así, llenas de pasión mexicana, cruda y verdadera.

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