Pasión Capítulo 82 Fuego en la Carne
La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te acariciara con dedos invisibles. Ana salió del elevador de su departamento, el corazón latiéndole con fuerza, porque sabía que él estaba ahí. Javier, ese pendejo guapo que la volvía loca con solo una mirada. Habían pasado dos semanas desde su último encuentro, él en un viaje de negocios por Monterrey, ella aquí, contando los días como una chava enamorada. Pero esta noche, Pasión Capítulo 82 comenzaba, y Ana lo sentía en las entrañas, un hormigueo que subía desde el estómago hasta los pezones, endureciéndolos bajo la blusa de seda ligera.
Abrió la puerta y el aroma lo golpeó primero: tacos de carnitas recién hechos, con cilantro fresco y cebolla morada, ese olor que gritaba México chido, hogar y deseo. Javier estaba en la cocina, camisa arremangada, músculos del antebrazo tensos mientras volteaba la carne en la comal. Órale, qué rico se ve, pensó ella, mordiéndose el labio. Él se giró, sonrisa pícara, ojos cafés brillando como chocolate derretido.
«¿Ya extrañaste esto, mi reina?»
Dijo él, acercándose con un plato en la mano. Ana soltó su bolso, lo abrazó por la cintura, inhalando su colonia mezclada con el humo de la carne. Sus labios rozaron el cuello de él, saboreando la sal de su piel. «Neta, Javier, me tenías mojada de solo pensarte», murmuró ella, voz ronca, mientras sus manos bajaban por la espalda hasta apretar esas nalgas firmes que tanto le gustaban.
Comieron en la terraza, luces de la ciudad parpadeando abajo como estrellas caídas. El vino tinto mexicano, robusto y afrutado, calentaba sus venas. Hablaban de todo y nada: del pinche tráfico de Reforma, de cómo él había soñado con ella en el hotel, tocándose pensando en su boca. La tensión crecía con cada bocado, cada roce accidental de rodillas bajo la mesa. Ana sentía el calor entre sus piernas, un pulso insistente que la hacía cruzar y descruzar las piernas. Ya aguántate, chava, que la noche apenas empieza, se dijo, pero sus ojos lo devoraban, imaginando cómo se sentiría su verga dura contra su vientre.
Acto uno cerraba con ellos lavando los platos juntos, risas tontas, espuma volando. Javier la acorraló contra el fregadero, manos en sus caderas, boca en su oreja. «Te voy a comer entera esta noche», susurró, y ella gimió bajito, arqueando la espalda. El beso fue fuego: lenguas enredadas, sabor a carnitas y vino, dientes mordiendo labios hinchados. Pero se separaron, jadeantes, porque querían que durara. «Vamos a la cama, mi amor», dijo él, tomándola de la mano.
En el cuarto, las velas de vainilla perfumaban el aire, luz suave bailando en las paredes blancas. Ana se quitó la blusa despacio, dejando que él viera sus tetas llenas, pezones oscuros erectos como cerezas maduras. Javier gruñó, quitándose la camisa, torso moreno marcado por el gym, vello suave bajando hasta el ombligo. Se tumbaron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra la piel caliente. Sus cuerpos se pegaron, piernas entrelazadas, erección de él presionando su muslo.
El medio acto escalaba lento, delicioso. Javier besaba su cuello, chupando la piel hasta dejar marcas rosadas, manos explorando cada curva. Ana jadeaba, uñas clavándose en su espalda, oliendo su sudor fresco, ese aroma macho que la enloquecía. Es como si mi cuerpo gritara por él, cada poro abierto, listo para arder. Bajó la mano, metiéndola en sus pantalones, sintiendo la verga palpitante, gruesa y venosa, goteando precúm. «Qué chingona está tu verga, Javier», ronroneó, masturbándolo lento, pulgar en la cabeza sensible.
Él respondió lamiendo sus tetas, succionando un pezón mientras pellizcaba el otro, enviando descargas eléctricas directo a su clítoris hinchado. Ana se retorcía, empapada, el olor de su excitación llenando la habitación, almizclado y dulce. Se quitaron la ropa mutuamente, risas entre gemidos cuando los jeans se atascaban. Desnudos, piel con piel, Javier bajó besos por su vientre, deteniéndose en el ombligo, lengua juguetona. Ana abrió las piernas, exponiendo su coño depilado, labios rosados brillando de jugos.
«Te voy a lamer hasta que grites mi nombre, carnalita».
Dijo él, y lo hizo. Lengua plana lamiendo desde el ano hasta el clítoris, sorbiendo sus fluidos como néctar. Ana gritó, caderas alzándose, manos en su pelo negro revuelto. Su boca es el paraíso, caliente y húmeda, chupando mi botón como si fuera un dulce. Él metió dos dedos gruesos, curvándolos contra su punto G, mientras la lengua giraba sin piedad. El sonido era obsceno: lamidas chapoteantes, gemidos ahogados, su respiración agitada contra su carne sensible. Ana se corrió primero, un orgasmo que la sacudió como terremoto, chorros calientes mojando la cara de él, piernas temblando.
Pero no pararon. Javier subió, verga en mano, frotándola contra su entrada resbaladiza. «¿Me quieres adentro, mi reina?» preguntó, ojos fijos en los de ella. «Sí, pendejo, métemela ya», suplicó Ana, guiándolo. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente, venas rozando paredes internas. Ambos gimieron al unísono, el sonido grave y animal. Se movieron en ritmo lento al principio, sintiendo cada embestida: el slap de pelvis contra pelvis, el crujir de la cama, olores mezclados de sexo y vainilla.
La intensidad subía. Javier aceleró, tetas de ella rebotando, manos apretando sus nalgas para penetrar más hondo. Ana clavaba uñas en su culo, urgiéndolo. Siento su verga golpeando mi alma, llenándome hasta el fondo, cada vena pulsando. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como amazona, caderas girando, clítoris frotándose en su pubis. Él lamía sus tetas sudorosas, mordiendo pezones. Sudor corría por sus cuerpos, salado al besarse, bocas hambrientas.
El clímax se acercaba. Javier la volteó a cuatro patas, embistiendo fuerte, bolas golpeando su clítoris. «Me vengo, Ana, neta me vengo», gruñó. Ella se tocaba el clítoris, círculos rápidos. «Dame todo, lléname», jadeó. El orgasmo los golpeó juntos: él eyaculando chorros calientes dentro, ella contrayéndose a su alrededor, milking su verga, gritos ahogados en la almohada. Olas de placer, pulsos interminables, cuerpos colapsando en un enredo húmedo.
En el afterglow, yacían abrazados, respiraciones calmándose, piel pegajosa enfriándose. Javier besó su frente, «Eres mi todo, mi pasión eterna». Ana sonrió, dedo trazando su pecho. Esto es Pasión Capítulo 82, pero hay más capítulos por venir, mi amor, pensó, mientras el sueño los envolvía, ciudad zumbando afuera, promesas de más noches así.