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Fuego en Hacienda La Pasión

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Fuego en Hacienda La Pasión

Sofía llegó a Hacienda La Pasión al atardecer, cuando el sol teñía de naranja los campos de agave y las buganvillas trepaban por las paredes de adobe como lenguas de fuego. El aire olía a tierra húmeda y jazmín fresco, mezclado con el aroma ahumado de la leña que ardía en algún fogón lejano. Era su primera vez en ese paraíso escondido en las afueras de Tequila, Jalisco, invitada por su amiga Laura para un fin de semana de relajo. Pero desde que pisó el patio empedrado, con su fuente gorgoteando suavemente, sintió un cosquilleo en la piel que no era solo por el viento cálido.

La hacienda era un sueño: altos techos de teja roja, balcones de hierro forjado y un jacuzzi iluminado que prometía pecados bajo las estrellas. Sofía, con su vestido ligero de algodón que se pegaba a sus curvas por el calor, se sentía viva, deseada por el lugar mismo. Órale, esto está chido, pensó, mientras arrastraba su maleta hacia la habitación. Ahí, en el umbral, lo vio: Mateo, el dueño de la hacienda, un moreno alto con ojos negros como el mezcal añejo y una sonrisa que derretía fierros. Llevaba una guayabera blanca abierta hasta el pecho, dejando ver el vello oscuro que bajaba hasta su abdomen marcado.

—Bienvenida, mamacita —dijo él con voz grave, extendiendo la mano—. Soy Mateo. Hacienda La Pasión te va a tratar bien.

Sofía sintió su palma cálida, áspera por el trabajo en los campos, y un calor subió por su brazo directo al vientre.

Este wey me va a volver loca, se dijo, mordiéndose el labio.
Respondió con una risa coqueta, notando cómo sus pechos subían y bajaban con la respiración acelerada.

La cena fue en el comedor principal, bajo lámparas de cristal que tintineaban con la brisa. Laura y otros invitados charlaban animados, pero Sofía solo tenía ojos para Mateo. Él servía tequila reposado en copas de cristal, el líquido ámbar brillando como miel. —Prueba esto, es de la casa —le murmuró al oído, su aliento caliente rozando su cuello. El sabor explotó en su lengua: dulce, ahumado, con un picor que le bajó ardiente por la garganta. Sus miradas se cruzaban, cargadas de promesas. Cada roce accidental —su rodilla contra la de ella bajo la mesa— enviaba chispas por su espinazo.

Después, música de mariachi flotó en el aire, guitarras y trompetas invitando al baile. Mateo la tomó de la mano. —Baila conmigo, Sofía. —Sus caderas se pegaron en el ritmo del son jalisciense, el sudor comenzando a perlar sus frentes. Ella sentía su dureza presionando contra su vientre, y un jadeo se le escapó. Qué rico se siente este pendejo, pensó, mientras sus manos bajaban por su espalda, apretando sus nalgas con permiso implícito. El deseo crecía como la marea, pero se contuvieron, solo miradas hambrientas y toques fugaces.

Más tarde, cuando los invitados se dispersaron, Mateo la llevó a un rincón del jardín, iluminado por antorchas. El olor a noche de campo —hierba mojada, flores nocturnas— los envolvía. Se sentaron en un banco de piedra, el jacuzzi burbujeando cerca. —Esta hacienda tiene secretos —confesó él, su voz ronca—. Yo soy uno de ellos.

Sofía lo miró, el corazón latiéndole en las sienes.

Ya no aguanto más, carnal. Quiero probarte.
Se inclinó y lo besó, sus labios suaves chocando con los de él, duros y exigentes. Sus lenguas danzaron, saboreando tequila y sal. Las manos de Mateo subieron por sus muslos, levantando el vestido, encontrando su piel ardiente y húmeda. Ella gimió contra su boca, arqueándose.

Ven —susurró él, llevándola al jacuzzi. El agua caliente los recibió como un abrazo líquido, burbujas masajeando sus cuerpos. Sofía se quitó el vestido, quedando en ropa interior de encaje negro, sus pezones endurecidos por el vapor. Mateo se desvistió rápido, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, palpitando al aire. Ella la miró con hambre, lamiéndose los labios.

Se sumergieron, el agua chapoteando. Sus cuerpos se pegaron, piel resbaladiza contra piel. Mateo besó su cuello, mordisqueando suave, mientras sus dedos exploraban entre sus piernas. Encontró su clítoris hinchado, lo frotó en círculos lentos. Sofía jadeó, el placer subiendo en oleadas. —Ay, Mateo, qué chingón te sientes —murmuró, clavando uñas en sus hombros anchos. Él gruñó, introduciendo un dedo en su concha mojada, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar.

El vapor subía, mezclándose con sus aromas: sudor masculino, su esencia femenina dulce y almizclada. Sofía bajó la mano, envolviendo su verga, masturbándolo con movimientos firmes. La piel era aterciopelada sobre acero, el prepucio deslizándose. —Te quiero adentro, wey —exigió ella, montándose en él. La punta rozó su entrada, y descendió despacio, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. Ambos gimieron, el agua salpicando.

Se movieron en ritmo propio, más intenso que el mariachi lejano. Sofía cabalgaba, sus tetas rebotando, agua goteando de sus pezones. Mateo las chupó, lamiendo y mordiendo, el sabor salado volviéndolo loco. Ella apretaba sus paredes internas, ordeñándolo, sintiendo cada vena pulsar.

Esto es puro fuego, Hacienda La Pasión sabe a paraíso.
El clímax se acercaba, tensiones acumuladas estallando. Sus respiraciones se sincronizaron en jadeos roncos, cuerpos chocando con palmadas húmedas.

Pero no querían acabar aún. Salieron del jacuzzi, goteando sobre la hierba suave. Mateo la tendió en una manta bajo las estrellas, el cielo infinito testigo. La penetró de nuevo, esta vez de misionero, profundo y lento. Sofía envolvió sus piernas en su cintura, urgiéndolo. —Más fuerte, pendejo, dame todo —suplicó, y él obedeció, embistiendo con fuerza animal. El olor a sexo flotaba pesado, mezclado con tierra y flores. Sus pieles chocaban con sonidos obscenos, sudor resbalando.

Las emociones bullían: no era solo físico. En sus ojos, Sofía veía deseo genuino, admiración. Este hombre me hace sentir reina, pensó, mientras él le susurraba guarradas al oído. —Eres tan rica, tan apretada... me vas a hacer venir. —Ella aceleró, frotando su clítoris contra su pubis, la fricción perfecta. El orgasmo la golpeó primero: un estallido blanco, convulsiones que lo apretaron como vicio. Gritó su nombre, uñas arañando su espalda.

Mateo la siguió segundos después, gruñendo como toro, llenándola con chorros calientes que sintió palpitar dentro. Colapsaron juntos, respiraciones agitadas calmándose en el fresco nocturno. El viento secaba su sudor, estrellas parpadeando arriba.

Después, yacían abrazados, su cabeza en el pecho de él, oyendo su corazón galopar lento. —Hacienda La Pasión te ha marcado —dijo Mateo, acariciando su cabello revuelto.

Sofía sonrió, saboreando el beso perezoso que le dio.

Volveré mil veces, por este fuego que no se apaga.
El deseo se había liberado, pero dejaba un anhelo dulce, prometiendo más noches en ese rincón de éxtasis. La hacienda susurraba secretos al viento, y ellos, saciados, se durmieron bajo la luna, cuerpos entrelazados en paz ardiente.

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