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Pasión por el Éxito Barco Vikingo

7014 palabras

Pasión por el Éxito Barco Vikingo

Mi nombre es Ana, y desde chiquita he vivido con una pasión por el éxito que me quema por dentro como chile en nogada. En la CDMX, entre el tráfico infernal y las juntas eternas, siempre busco esa chispa que me lleve más alto. Por eso, cuando vi el anuncio del crucero temático Barco Vikingo, no lo pensé dos veces. Era un barco de lujo inspirado en naves nórdicas, con redes para millonarios y emprendedores como yo. Neta, iba a cerrar tratos que me catapultarían al siguiente nivel. Empaqué mi bikini más chulo, mi laptop y mi actitud de guerrera, y me subí a esa bestia flotante en Acapulco.

El aire salado del mar me golpeó la cara apenas pisé la cubierta principal. El sol pegaba duro, haciendo brillar las velas réplicas que ondeaban como alas de dragón. Olía a madera barnizada mezclada con el perfume fresco del océano, y un DJ ponía cumbia rebajada que hacía vibrar las tablas bajo mis sandalias. Me sentía invencible, con mi vestido corto rojo que marcaba mis curvas justas. Caminé entre la gente guapa, ejecutivos con relojes caros y mujeres elegantes, buscando contactos. Pero entonces lo vi: Erik, el capitán del barco vikingo. Alto como un roble, con barba rubia trenzada, músculos que se marcaban bajo la camisa blanca abierta, y ojos azules que perforaban el alma. Parecía sacado de una saga nórdica, pero con un acento gringo que derretía.

¿Qué pedo, Ana? Enfócate en el éxito, no en ese vikingazo que te hace mojar las bragas con solo mirarte.

Me acerqué a la barra, pedí un michelada bien fría con limón y sal que crujía en los labios. Él estaba ahí, platicando con unos inversionistas. Nuestras miradas chocaron, y sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas locas. "Hola, soy Ana, de México. Vine por negocios", le dije, extendiendo la mano con mi sonrisa más coqueta. Su palma era áspera, cálida, como si hubiera remado todo el día. "Erik, bienvenida al Barco Vikingo. Aquí el éxito sabe a aventura", respondió con voz grave que vibraba en mi pecho. Charlamos de mi startup de apps para emprendedores, de su vida navegando mares del norte. Su risa era ronca, y cada vez que se inclinaba, olía a sal, colonia amaderada y hombre puro.

La noche cayó como manto negro salpicado de estrellas. La fiesta en la cubierta superior era épica: fogatas controladas crepitaban, lanzando chispas al cielo, y el ritmo de la música hacía que los cuerpos se pegaran. Bailamos salsa mezclada con algo electrónico, sus manos en mi cintura firme pero suave, guiándome. Sentía el calor de su piel a través del vestido, el roce de su aliento en mi cuello cuando se acercaba. "Tienes fuego, Ana. Esa pasión por el éxito te hace brillar", murmuró, y sus labios rozaron mi oreja. Mi corazón latía como tambor de guerra vikinga. Lo jalé a un rincón apartado, donde el viento jugaba con mi pelo y el mar rugía abajo.

Esto es riesgoso, wey. Mañana tienes junta importante. Pero neta, su boca se ve tan rica...

Nuestros labios se encontraron en un beso que explotó como piñata. Su lengua sabía a ron y menta, invasiva pero dulce, explorando mi boca con hambre. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo áspero. Me apretó contra la barandilla, su erección dura presionando mi vientre, prometiendo placer. "Ven conmigo", susurró, y lo seguí a su cabina, un nido de lujo con vistas al mar infinito. La puerta se cerró con clic suave, y el mundo se redujo a nosotros.

Adentro, el aire era cálido, perfumado con velas de vainilla y su esencia masculina. Me quitó el vestido despacio, sus dedos callosos trazando mi espina dorsal, erizándome la piel. "Eres una diosa azteca en mi barco", dijo, besando mi clavícula mientras sus manos amasaban mis senos. Sentí mis pezones endurecerse bajo su boca húmeda, chupando con succiones que me arrancaban jadeos. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su sudor salado. Me tendí en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente.

Él se desvistió, revelando un torso esculpido por años de mar, tatuajes rúnicos que contaban historias en su piel bronceada. Se arrodilló entre mis piernas, besando el interior de mis muslos, su barba raspando deliciosamente. "Déjame probarte", gruñó, y su lengua encontró mi clítoris hinchado. Lamidas lentas, círculos perfectos, succionando como si fuera miel de maguey. Grité, arqueándome, mis uñas clavándose en sus hombros. El placer subía en olas, mi pulso retumbando en oídos, el mar meciéndonos como cuna erótica. "¡Más, pendejo, no pares!", le rogué en mi slang mexicano, y él obedeció, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo ahí, en mi punto G.

Esto es el éxito de verdad: rendirte al deseo sin culpas.

No aguanté más. El orgasmo me partió en dos, un estallido de luces detrás de mis ojos cerrados, mi coño contrayéndose alrededor de sus dedos, jugos calientes empapando su barbilla. Él se lamió los labios, sonriendo lobuno. "Ahora tú me das placer", ordené, incorporándome. Lo empujé a la cama, montándolo como amazona. Su verga era gruesa, venosa, palpitante en mi mano. La lamí desde la base, saboreando su piel salada, hasta la punta que goteaba precum dulce. Lo tragué profundo, garganta relajada por práctica, sus gemidos roncos como truenos animándome.

Me subí encima, guiándolo dentro de mí. Lentamente al principio, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. "¡Qué chingón!", exclamé, comenzando a cabalgar. Sus manos en mis caderas, guiando el ritmo, pechos rebotando con cada embestida. El slap-slap de carne contra carne, nuestros jadeos mezclados con el chapoteo del mar afuera. Aceleramos, sudor resbalando, su pulgar en mi clítoris frotando furioso. Él se tensó debajo, "Me vengo, Ana", y yo apreté más, ordeñándolo. Su leche caliente inundó mi interior, desencadenando mi segundo clímax, un tsunami que me dejó temblando, gritando su nombre al viento.

Colapsamos enredados, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas. El barco se mecía suavemente, como arrullándonos. Besé su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse. "Esto fue más que éxito, fue pasión por el éxito barco vikingo", bromeé, y él rio, apretándome. Hablamos hasta el amanecer: de sueños, de mi startup que cerraría tratos gracias a sus contactos, de volver a vernos en México. Me sentí empoderada, completa. No solo por los negocios, sino por haber conquistado mi deseo sin remordimientos.

Al bajar del Barco Vikingo días después, con bronceado perfecto y contratos firmados, supe que mi pasión por el éxito ahora incluía el placer. El sol de Acapulco besaba mi piel aún sensible, recordándome cada roce, cada gemido. Caminé hacia mi futuro, con el sabor de él en los labios y el mar en el alma. Neta, valió cada segundo.

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