La Pasion de Cristo de Ana Catalina Emmerick en Nuestra Carne
Ana Catalina se recostó en la cama king size de su departamento en Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito como un susurro secreto. El sol de la tarde se colaba por las cortinas de lino blanco, pintando rayas doradas sobre su piel morena. Tenía treinta y dos años, curvas que volvían loco a cualquiera, y un secreto: devoraba libros místicos como quien come chocolate derretido. Ese día, había desempolvado La Pasion de Cristo de Ana Catalina Emmerick, la beata que veía visiones del sufrimiento de Jesús con una intensidad que le erizaba la piel.
¿Y si esa pasión no fuera solo dolor, sino éxtasis puro? ¿Y si el cuerpo de Cristo ardía de deseo en vez de espinas?pensó Ana, mientras pasaba las páginas. Su corazón latía fuerte, un tambor en el pecho. Llevaba un baby doll de encaje negro que apenas cubría sus pechos firmes, y el calor entre sus piernas ya empezaba a humedecer las sábanas de algodón egipcio.
La puerta se abrió con un clic suave. Entró Rodrigo, su carnal de toda la vida, el wey que la conocía mejor que ella misma. Treinta y cinco años, músculos tallados en gimnasio de la colonia, barba de tres días y ojos cafés que prometían travesuras. Venía del trabajo en su traje ajustado, corbata floja, oliendo a colonia Creed y sudor fresco del Metro.
—¿Qué onda, morrita? —dijo con esa voz ronca que le hacía cosquillas en la nuca—. ¿Ya andas en tus lecturas santas?
Ana sonrió pícaramente, cerrando el libro contra su pecho. —Ven, carnal. Lee esto conmigo. La Pasion de Cristo de Ana Catalina Emmerick. Me está poniendo... inquieta.
Rodrigo se quitó la camisa de un jalón, dejando ver su torso tatuado con un águila devorando serpiente. Se acostó a su lado, el colchón hundiéndose bajo su peso. Su mano grande rozó el muslo de Ana, enviando chispas eléctricas. Tomó el libro y leyó en voz alta: "Y el Señor sudaba sangre, su cuerpo temblando en agonía divina..."
El sonido de su voz grave vibraba en el aire cargado de jazmín del difusor. Ana sintió su pezón endurecerse bajo el encaje, el roce de la tela como lenguas invisibles. Rodrigo dejó el libro y la miró, sus pupilas dilatadas. —¿Inquieta cómo, pinche loca? —susurró, su aliento cálido contra su oreja.
Acto uno: la chispa. Sus labios se encontraron en un beso lento, saboreando el café de máquina que él traía en la boca. Lenguas danzando, húmedas y urgentes. Ana gimió bajito, ay wey, mientras sus manos bajaban por la espalda de él, arañando suave la piel salada.
El deseo crecía como tormenta en el desierto. Rodrigo deslizó el baby doll hacia arriba, exponiendo sus senos plenos. Los besó, chupando un pezón con devoción, como si fuera hostia sagrada. Ana arqueó la espalda, oliendo su aroma masculino mezclado con el perfume floral.
Esto es la pasión verdadera, no espinas sino fuego en las venas, pensó, recordando las visiones de Emmerick.
Se quitó el resto de la ropa con prisa juguetona. Rodrigo se desvistió, su verga ya dura saltando libre, venosa y palpitante, goteando precúm como perla de rocío. Ana la tomó en mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre acero. —Qué chingona está, carnal —murmuró ella, lamiendo la punta con lengua juguetona, sabor salado y almizclado invadiendo su boca.
Acto dos: la escalada. Rodaron en la cama, sábanas revueltas como olas del Pacífico. Rodrigo besó su cuello, mordisqueando suave, dejando marcas rojas como estigmas de placer. Bajó por su vientre plano, inhalando el olor almizclado de su excitación. Separó sus muslos con manos firmes, admirando su panocha depilada, labios hinchados brillando de jugos.
—Estás chorreando, mi reina —dijo, metiendo un dedo grueso dentro, curvándolo contra su punto G. Ana jadeó, caderas moviéndose solas, el sonido chapoteante llenando la habitación. Agregó la lengua, lamiendo su clítoris hinchado, círculos lentos que la volvían loca. ¡Virgen santa! gritó ella internamente, uñas clavadas en su cuero cabelludo.
Pero Ana quería más. Lo empujó boca arriba, montándolo como amazona. Tomó su verga, frotándola contra su entrada húmeda, torturándolo. —Lee más del libro, wey —exigió con voz entrecortada—. Dime de la pasión de Cristo mientras te cojo.
Rodrigo obedeció, voz temblorosa: "Ana Catalina vio al Señor flagelado, su carne abierta en éxtasis..." Ana descendió despacio, centímetro a centímetro, su coño apretado envolviéndolo en calor viscoso. Ambos gimieron al unísono, el estiramiento delicioso quemando dulce. Empezó a cabalgar, tetas rebotando, sudor perlando sus cuerpos. El slap-slap de piel contra piel, mezclado con jadeos y el zumbido del AC.
La intensidad subía. Rodrigo la sujetó por las caderas, embistiendo desde abajo con fuerza controlada. Ana sentía cada vena de su verga rozando sus paredes internas, el placer acumulándose como tormenta.
Esto es la resurrección, el cuerpo despertando en gozo prohibido, divagaba su mente, fusionando las visiones místicas con el fuego carnal.
Cambiaron posiciones: él de rodillas detrás, penetrándola profundo en doggy. Sus bolas chocaban contra su clítoris, manos amasando sus nalgas redondas. Ana empujaba hacia atrás, gritando: —¡Más fuerte, pendejo! ¡Chíngame como si fuera el fin del mundo! El olor a sexo impregnaba el aire, sudor, jugos, pasión cruda.
El clímax se acercaba como crucifixión invertida. Rodrigo aceleró, gruñendo como animal, su verga hinchándose dentro. Ana sintió la ola romper: músculos contrayéndose, coño ordeñándolo, placer explotando en estrellas blancas detrás de sus ojos cerrados. —¡Me vengo, carajo! —chilló, temblando violentamente.
Él la siguió segundos después, corriéndose dentro con chorros calientes, llenándola hasta rebosar. Colapsaron juntos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas. Acto tres: el afterglow.
Rodrigo la abrazó por detrás, besando su hombro salado. Ana giró, acurrucándose en su pecho ancho, escuchando el latido fuerte de su corazón. El libro caído en el suelo, páginas abiertas como alas. —Fue como revivir La Pasion de Cristo de Ana Catalina Emmerick, pero en placer puro —susurró ella, sonriendo.
—Sí, morra. Nuestra propia pasión santa —respondió él, acariciando su cabello revuelto.
Se quedaron así, envueltos en sábanas tibias, el sol poniéndose en rosas y naranjas fuera de la ventana. El deseo satisfecho dejaba un eco dulce, promesas de más noches así. Ana cerró los ojos, saboreando el semen que goteaba entre sus piernas, el olor persistente de su unión. En ese momento, el mundo era perfecto, cuerpo y alma en armonía erótica.