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La Pasion de Cristo Oracion Ardiente

7175 palabras

La Pasion de Cristo Oracion Ardiente

Arrodillada en el suelo de tu recámara, con el aire cargado del aroma dulce del copal quemándose en el altar improvisado, recitas la pasion de cristo oracion. Tus labios se mueven despacio, saboreando cada palabra como si fueran miel caliente derramándose por tu garganta. "Oh Jesús mío, por tu pasión santa, ten misericordia de nosotros..." El rosario entre tus dedos ásperos por el trabajo diario resbala un poco, pero tú sigues, sintiendo cómo el calor sube desde tu vientre, un fuego que no es solo devoción. La luz de las velas parpadea sobre tu piel morena, iluminando el escote de tu blusa holgada, y el sudor perla tu cuello como gotas de rocío en una flor abierta.

La casa está en silencio, solo se oye el zumbido lejano de la ciudad y el crepitar de las llamas. Tu carnal, Alejandro, anda por ahí afuera, regresando del chango, pero tú necesitas este momento a solas con tus pensamientos. O eso creías. La oración te envuelve, pero en tu mente, las imágenes de la cruz se mezclan con recuerdos prohibidos: su cuerpo fuerte presionado contra el tuyo anoche, el olor a tierra y sudor de su camisa cuando te besó con hambre.

¿Por qué Dios permite que esta devoción me prenda así? ¿Es pecado sentir esta humedad entre mis piernas mientras pido perdón?
Tus rodillas duelen contra el piso de losa fría, pero el dolor es chido, te recuerda la pasión que tanto ruegas.

De repente, la puerta cruje. Alejandro entra, su silueta alta recortada contra la luz del pasillo. Lleva la playera pegada al torso por el calor de la tarde, los músculos de sus brazos brillando bajo la tenue iluminación. Sus ojos oscuros te recorren como caricias, deteniéndose en tus labios entreabiertos. "¿Qué onda, mi reina? ¿Orando por mí?" dice con esa voz ronca que te hace cosquillas en el ombligo. Tú asientes, sin dejar de murmurar la oración, pero tu pulso se acelera, traicionándote. Él se acerca, arrodillándose a tu lado, su rodilla rozando la tuya. El calor de su cuerpo te golpea como una ola, oliendo a jabón fresco mezclado con el polvo de la calle.

Acto primero de esta noche: la tentación sutil. Sus dedos grandes toman el rosario de tus manos, entrelazando sus dedos con los tuyos. "Déjame orar contigo, morra. Quiero sentir esa pasión." Su aliento cálido roza tu oreja, enviando escalofríos por tu espina. Sigues recitando, pero ahora su mano libre sube por tu muslo, por debajo de la falda ligera, deteniéndose justo donde el deseo palpita. No lo detienes; al contrario, abres un poco las piernas, invitándolo. La pasion de cristo oracion sale entrecortada de tus labios, transformándose en un susurro sensual. Él besa tu cuello, su barba incipiente raspando deliciosamente tu piel suave, mientras murmura "Amén, carnala. Amén a esto."

El beso se profundiza en el medio acto, donde la tensión explota como pirotecnia en fiesta patronal. Te voltea con gentileza, pero firme, como si fueras su ofrenda más preciada. Tus espaldas caen sobre la cobija tejida que pusiste en el suelo para amortiguar. Su peso sobre ti es perfecto, ni aplastante ni ligero, solo lo suficiente para que sientas cada centímetro de su dureza presionando contra tu cadera. "Neta, te ves como santa pecadora. Me tienes loco, güey." Ríes bajito, un sonido gutural que vibra en tu pecho, y le jalas la playera por la cabeza. Su piel caliente contra tus palmas, el sabor salado cuando lames su clavícula, el olor almizclado de su axila que te enciende más que cualquier incienso.

La ropa vuela: tu blusa rasgada con ternura, revelando senos plenos que él adora con la boca. Sus labios succionan un pezón, lengua girando como remolino, y tú arqueas la espalda, gimiendo "¡Ay, cabrón, sí! Así, por tu pasión..." Tus uñas se clavan en su espalda ancha, dejando surcos rojos que mañana presumirá como trofeos. Él baja, besando tu vientre tembloroso, inhalando el aroma dulce y salado de tu excitación.

Esto es mi cruz, mi calvario delicioso. Cada lamida es un latigazo de placer que me hace olvidar el mundo.
Sus dedos abren tus pliegues húmedos, resbalosos como aceite bendito, y entran despacio, curvándose para tocar ese punto que te hace ver estrellas. El sonido chorreante de tu humedad llena la habitación, mezclado con tus jadeos y su respiración agitada.

La intensidad sube, gradual como la oración que se alarga en Viernes Santo. Te pone de rodillas de nuevo, pero ahora frente a él, su verga tiesa y venosa palpitando ante tu rostro. La tomas, sintiendo el calor vivo en tu mano, la piel sedosa sobre la rigidez de acero. La saboreas, lengua trazando venas, gusto salobre y varonil inundando tu boca. Él gruñe, manos enredadas en tu cabello negro, guiándote sin forzar. "Chúpamela rica, mi vida. Reza con la boca." Tú obedeces, perdida en el ritmo, saliva goteando por tu barbilla mientras él se estremece. Pero no lo dejas acabar; lo empujas hacia atrás, montándolo como amazona en rodeo.

Ahora tú mandas, cabalgando su cadera con furia contenida. Su verga te llena por completo, estirándote deliciosamente, cada embestida rozando lo más profundo. El slap-slap de carne contra carne resuena como tambores aztecas, sudor chorreando entre vuestros cuerpos, mezclándose en charcos calientes. Tus senos rebotan, él los agarra, pellizcando pezones hasta que gritas placer. La pasion de cristo oracion regresa en fragmentos de tu mente: "Por tus llagas sagradas...", pero ahora son llagas de éxtasis, mordidas en tu hombro, chupetones en tu cuello. Él se incorpora, envolviéndote en brazos como cadenas de amor, besos fieros mientras tus caderas giran, moliendo, buscando la fricción perfecta.

El clímax se acerca en oleadas, tu concha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. "¡Ven, Alejandro, dame todo! ¡Por la pasión!" Él responde con un rugido, manos en tus nalgas, azotando suave para avivar el fuego. Sientes el pulso de su verga hinchándose, el chorro caliente inundándote mientras tú explotas, visión borrosa, cuerpo convulsionando en espasmos que duran eternos segundos. Gritas su nombre, el de Dios, todo mezclado en un éxtasis divino. Caen juntos, exhaustos, su semilla resbalando por tus muslos, el aire espeso con olor a sexo crudo y velas apagándose.

En el afterglow, el acto final, yacen enredados sobre la cobija, respiraciones calmándose como mareas bajas. Su mano acaricia tu cabello húmedo, labios rozando tu frente. "Eres mi Virgen, mi Magdalena. Neta, te amo, morra." Tú sonríes, besando su pecho palpitante aún, sintiendo la paz que sigue a la tormenta.

La pasion de cristo oracion no era solo por perdón; era por esto, por la pasión humana que Dios nos regaló. En su nombre, gozamos.
El copal se ha consumido, pero el aroma persiste, como vuestro deseo que nunca se apaga del todo. Mañana volverás a rezar, pero ahora sabes que la verdadera oración es esta unión, carnal y espiritual, en la calidez de tu hogar mexicano.

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