La Pasion de Cristo Datos Curiosos que Encienden la Carne
Era Viernes Santo en la Ciudad de México, pero en el departamento de Ana y Rodrigo, en la colonia Roma, el aire no olía a incienso ni a procesiones. Olía a café recién molido y a la piel tibia de ella, recostada en el sillón con las piernas cruzadas, el teléfono en la mano. Afuera, las campanas de alguna iglesia lejana tañían lúgubres, pero adentro, el sol filtraba por las cortinas, calentando su piel morena bajo el vestido ligero de algodón que se pegaba a sus curvas como una promesa.
Rodrigo salió de la cocina, secándose las manos en un trapo, su camiseta ajustada marcando los músculos del pecho que Ana tanto quería arañar. Pinche Viernes Santo, wey, pensó ella, pero hoy no hay ayuno para mí. Lo miró de reojo, sintiendo ese cosquilleo familiar en el vientre, el que empezaba como una brisa y terminaba en tormenta.
—¿Qué lees tan embobada, mi amor? —preguntó él, sentándose a su lado, su muslo rozando el de ella. El calor de su cuerpo la invadió al instante, como un shot de tequila en ayunas.
Ana sonrió pícara, girando la pantalla hacia él. La pasion de cristo datos curiosos, decía el título de la página web que había encontrado mientras mataba el tiempo. —Neta, escucha esto. ¿Sabías que en la Pasión de Cristo, según algunos historiadores, Jesús cargó una cruz que pesaba como cien kilos? Imagínate el sudor, los músculos tensos, el dolor que se mezcla con algo... no sé, intenso.
Rodrigo arqueó una ceja, pero sus ojos se clavaron en el escote de ella, donde el vestido se abría lo justo para dejar ver el encaje negro del brasier. —¿Datos curiosos? Suena a que quieres contarme la película de Mel Gibson versión erótica —rió bajito, su mano posándose en la rodilla de Ana, subiendo despacito por el interior del muslo. La piel de ella se erizó, como si miles de hormiguitas bailaran bajo la superficie.
El primer acto de su propia pasión acababa de empezar. Ana sintió el pulso acelerarse, el corazón latiéndole en las sienes, en los labios. Chingado, cómo me prende cuando me toca así, pensó, mientras compartía otro dato. —Otro: la corona de espinas no eran flores bonitas, eran ramas de zarzamora, punzantes como la verga de un amante ansioso. Sangre chorreando por la frente, pero ¿y si ese dolor se convierte en placer?
Él se acercó más, su aliento cálido en el cuello de ella, oliendo a menta y a hombre. —Estás loca, Ana. Pero sigue, me gusta cómo lo cuentas. —Sus dedos apretaron suave la carne del muslo, y ella abrió las piernas un poquito, invitándolo. El sonido de su respiración se mezcló con el zumbido lejano de la ciudad, un tráfico que parecía un latido colectivo.
La tensión crecía como la marea en Acapulco. Ana dejó el teléfono en la mesita, girándose hacia él. Sus labios se rozaron primero, un beso tentativo, saboreando el café en su lengua. La pasion de cristo datos curiosos, repetía en su mente, pero ya no eran hechos fríos; eran excusa para desatar el fuego. —¿Sabías que María Magdalena estaba ahí, viéndolo sufrir? Quizás ella sentía lo mismo que yo ahora: ganas de lamer cada gota de sudor de tu cuerpo.
Rodrigo gruñó, un sonido gutural que vibró en el pecho de ella. La levantó en brazos como si fuera pluma, llevándola al sofá más amplio. El vestido de Ana se subió, revelando las bragas de encaje húmedas ya. Él se arrodilló entre sus piernas, besando el interior de los muslos, inhalando su aroma almizclado, ese olor a mujer excitada que lo volvía loco. —Pendejo —susurró ella juguetona, enredando los dedos en su cabello–, no pares.
En el medio del clímax de su historia, la intensidad subía escalones. Rodrigo deslizó las bragas a un lado, su lengua encontrando el clítoris hinchado, lamiendo con devoción, como un fiel en peregrinación. Ana jadeó, el placer electrico recorriéndole la espina dorsal, los pezones endureciéndose contra la tela. Es como la flagelación, pensó, dolor y éxtasis revueltos. Sus caderas se movieron solas, presionando contra su boca, el sonido húmedo de la succión llenando la habitación, mezclado con sus gemidos ahogados.
—Otro dato curioso —pantaleó ella, aferrándose a él–. Dicen que el vinagre que le dieron a Jesús era para calmar la sed, pero quemaba la garganta. Como tu lengua ahora, wey, quema delicioso. —Él levantó la vista, ojos oscuros de deseo, y se incorporó, quitándose la camiseta de un tirón. Su pecho velludo brillaba de sudor, músculos contraídos como los de un Cristo moderno.
Ana lo jaló hacia abajo, besándolo con hambre, probando su propio sabor en sus labios. Sus manos bajaron al cinturón, desabrochándolo con dedos temblorosos. La verga de Rodrigo saltó libre, dura, palpitante, venosa como una corona de espinas viva. Ella la acarició, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre el acero debajo. —Imagínate cargando esto —dijo él, voz ronca–, pesado, doloroso hasta que explota.
La escalada era imparable. Se tumbaron lado a lado, ella encima ahora, frotándose contra él, el glande rozando su entrada húmeda. El olor a sexo impregnaba el aire, salado, animal. Ana se hundió despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla, estirarla. Neta, es mi cruz gloriosa, pensó, mientras cabalgaba, pechos rebotando, uñas clavándose en sus hombros.
Rodrigo la sujetó por las caderas, embistiendo desde abajo, piel contra piel en un slap slap rítmico. Sudor goteaba de su frente a los labios de ella, que lo lamía ansiosa. —La Pasión no era solo sufrimiento —jadeó él–, había redención al final. Como esto, mi reina.
El conflicto interno de Ana se disolvía en oleadas de placer.
¿Por qué Viernes Santo se siente como el paraíso?Sus paredes internas se contraían, el orgasmo construyéndose como una tormenta en el Golfo. Él la volteó, poniéndola de rodillas, penetrándola por detrás, profundo, sus bolas golpeando el clítoris. El espejo del otro lado reflejaba la escena: ella arqueada, él dominante pero tierno, manos en sus tetas, pellizcando pezones.
—¡Chíngame más fuerte! —suplicó ella, voz quebrada. El climax llegó como la resurrección: Ana gritó, el cuerpo convulsionando, jugos chorreando por los muslos. Rodrigo la siguió segundos después, gruñendo su nombre, llenándola con chorros calientes, su semilla mezclándose con la de ella.
En el final, el afterglow los envolvió como una sábana tibia. Se derrumbaron juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Rodrigo la besó en la nuca, suave, mientras el sol se ponía afuera, tiñendo la habitación de naranja. —Esos datos curiosos tuyos... —murmuró–, la mejor prédica que he oído.
Ana rió bajito, girándose para mirarlo a los ojos, verdes como aguacates maduros. La pasion de cristo datos curiosos había sido el puente perfecto de lo sagrado a lo carnal. —Y ni te cuento los que faltan —dijo, trazando círculos en su pecho–. Mañana, Sábado de Gloria, seguimos con la resurrección... en la cama.
Se quedaron así, entrelazados, el pulso calmándose, el aroma a sexo desvaneciéndose en paz. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero en su mundo, la pasión había renacido, eterna, mexicana, ardiente.