Que Significa Pasion En La Biblia Desnuda
Me senté en el banco de madera pulida de la iglesia de San Miguel, en el corazón de Guadalajara, oliendo a incienso fresco y flores de cempasúchil que mi comadre Lupe acababa de poner en el altar. El sol de la tarde se colaba por los vitrales, pintando el suelo de rojos y dorados que me recordaban el fuego del Espíritu Santo. Yo, María, de veintiocho años, con mi falda plisada hasta las rodillas y blusa blanca impecable, no podía sacarme de la cabeza esa pregunta que me rondaba como un zumbido: qué significa pasión en la Biblia. La había leído en un devocional la noche anterior, y desde entonces, algo se removía en mi pecho, un calor que no era solo devoción.
La misa terminó, y mientras la gente charlaba en el atrio, vi a Alejandro. Alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como el tequila añejo bajo la luz del atrio. Llevaba camisa ajustada que marcaba sus hombros anchos, heredados de su abuelo ranchero. Lo conocía de las reuniones de jóvenes católicos; siempre hablaba con esa voz grave que hacía eco en las paredes de piedra.
"Oye, María, ¿todo bien? Te vi distraída hoy."Me dijo acercándose, su colonia fresca invadiendo mi espacio, un olor a madera y cítricos que me erizó la piel.
Neta, ¿por qué me tiemblan las manos? pensé, mientras le sonreía. Es solo un carnal del grupo, pero esa mirada... Le conté lo del devocional, titubeando.
"Es que... no sé, Alejandro, qué significa pasión en la Biblia. Habla de fuego, de entrega total, pero siento que hay algo más profundo, ¿no?"Él se rio bajito, un sonido ronco que vibró en mi vientre.
"Ven, vamos a un cafecito cerca. Te lo explico con calma, mija. No todo es sermón."
Salimos a la plaza, el aire cálido de la tarde tapizado de mariachis lejanos y olor a elotes asados. En el café, con mesas de madera y vapor de chocolate caliente subiendo de las tazas, se sentó frente a mí. Sus rodillas rozaron las mías bajo la mesa, un toque accidental que no lo fue. Habló de la Pasión de Cristo, pero la giró:
"Pasión es ese ardor que quema, María. En la Biblia, es el amor que consume, como el Cantar de los Cantares, donde el amante dice 'mi amado es mío y yo suya'. Es deseo puro, neta, Dios lo puso ahí para que sintiéramos el fuego en las entrañas."Sus palabras se enredaban en mi mente, y de pronto, su mano cubrió la mía. Piel cálida, callos de quien trabaja con las manos, un pulso que latía fuerte contra mis dedos. Sentí mi respiración acelerarse, el calor subiendo por mi cuello.
¿Esto es pecado? No, es vivo, es real, me dije, mientras pagábamos y salíamos. Caminamos sin rumbo por las calles empedradas, riendo de chistes sobre el padre Ramos que siempre se queda dormido en el púlpito. Su brazo rozó mi cintura, y no me aparté. Llegamos a su departamento en una colonia chida de Zapopan, con balcón a un jardín de buganvilias.
"Pasa, María. Sigamos platicando de esa pasión bíblica."Su voz era invitación, no orden.
Adentro, el lugar olía a café molido y sábanas limpias. Me sirvió un mezcal reposado, cristal frío en mi palma, el líquido ahumado bajando ardiente por mi garganta. Nos sentamos en el sofá de cuero suave, tan cerca que sentía el calor de su muslo contra el mío. Hablaba más del Cantar:
"'Como manzana entre los árboles del bosque, así es mi amado'. Imagina eso, María, el sabor dulce en la boca, la piel que se estremece."Sus ojos bajaron a mis labios, y yo, órale, los mordí sin querer. El aire se espesó, cargado de ese olor a deseo que sale de la piel sudada.
Me acerqué yo primero, empoderada por el mezcal y el fuego que él avivaba. Nuestros labios se tocaron, suaves al inicio, como un susurro. Saboreé el mezcal en su lengua, salado y dulce, mientras sus manos subían por mi espalda, desabotonando lento mi blusa. Su tacto es electricidad, quema como esa pasión bíblica. Gemí bajito cuando sus dedos rozaron mis pechos, endureciendo mis pezones bajo el encaje. Él murmuró:
"Eres hermosa, corazón. Déjame mostrarte qué significa."
La ropa cayó como hojas secas: mi falda, su camisa, pantalones. Desnudos en la luz tenue del atardecer, su cuerpo era templo, músculos firmes oliendo a jabón y hombre. Me recostó en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Besó mi cuello, lamiendo el sudor salado, bajando por mi clavícula hasta mis senos. Chupó un pezón, succionando con hambre devota, mientras su mano exploraba mi vientre plano, bajando al monte de Venus húmedo. Neta, mi concha palpita como un corazón. Introdujo un dedo, lento, girando en mi humedad resbalosa, el sonido chapoteante llenando la habitación junto a mis jadeos.
Yo no me quedé atrás. Bajé mi mano a su verga, dura como hierro caliente, venosa y gruesa en mi palma. La apreté, sintiendo el pulso furioso, el líquido preseminal untándose en mis dedos.
"Pinche deliciosa", gruñó él, mientras yo la lamía desde la base, saboreando piel salada y almizcle puro. Su gemido fue música, ronco y animal, vibrando en mi garganta cuando lo tragué profundo.
El ritmo subió. Me puso a cuatro patas, su pecho contra mi espalda, sudor mezclándose en chorros calientes. Entró en mí de un empujón suave, llenándome hasta el fondo, estirándome con placer punzante. Esto es la pasión, Dios mío, el éxtasis del Cantar. Embistió rítmico, sus bolas golpeando mi clítoris hinchado, manos amasando mis nalgas. El olor a sexo crudo, almizcle y sudor, impregnaba el aire. Grité su nombre,
"¡Alejandro, más, cabrón!"Él aceleró, piel contra piel en palmadas húmedas, mi concha contrayéndose alrededor de su verga palpitante.
El clímax llegó como ola del Pacífico. Sentí el espasmo en mi útero, oleadas de placer que me arquearon la espalda, jugos chorreando por mis muslos. Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, rugiendo como león, su semen llenándome en pulsos calientes. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa y corazones galopando al unísono. El silencio roto solo por nuestra respiración, el ventilador zumbando perezoso.
Después, envueltos en las sábanas revueltas, su cabeza en mi pecho, pezones aún sensibles rozados por su barba incipiente.
"¿Ya entendiste qué significa pasión en la Biblia, mi reina?"preguntó, trazando círculos en mi vientre. Reí suave, besando su frente sudorosa. Es esto: entrega total, fuego divino en carne mortal. No pecado, sino bendición.
Nos quedamos así hasta la noche, hablando de versos y caricias, el mezcal olvidado en la mesa. Salí al amanecer, piernas flojas pero alma plena, el sabor de él en mi boca, su olor en mi piel. En la iglesia del domingo, nos miramos de reojo, cómplices en el misterio. La pasión bíblica ya no era letra muerta; ardía viva en mis venas, esperando la próxima entrega.