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El Dibujo Sensual de la Fruta de la Pasión

6086 palabras

El Dibujo Sensual de la Fruta de la Pasión

El sol de mediodía en el mercado de Coyoacán me pegaba en la nuca como un beso ardiente mientras revolvía el puesto de frutas. El aire estaba cargado de olores dulces y terrosos: mangos maduros, guayabas reventonas y ahí, en una canasta de mimbre, las frutas de la pasión brillaban como joyas moradas, arrugaditas por fuera pero prometiendo jugo explosivo adentro. Agarré un par, su piel áspera rozándome las yemas de los dedos, y sentí un cosquilleo que me subió por los brazos. Neta, esas frutas siempre me han puesto en mood, con su nombre tan directo, tan pasional.

Volví a mi taller en la casa de la colonia Roma, un lugarcito chiquito pero con luz natural que entra a raudales por las ventanas altas. Puse las frutas sobre la mesa de madera, junto a mi libreta de dibujo y lápices. Me senté en el taburete, el culo acomodándose en la tela gastada, y empecé a trazar líneas suaves. El dibujo de la fruta de la pasión cobraba vida bajo mis manos: las arrugas como venas hinchadas de deseo, el verde del tallo erecto, la promesa de que al partirla se derramaría un néctar viscoso y ácido que te hace gemir. Mi respiración se aceleraba mientras sombreaba, imaginando el sabor en mi lengua, el jugo chorreando por mi barbilla.

¿Por qué carajos esta fruta me prende tanto? Es como si dibujarla me conectara con algo primitivo, con ganas que no controlo.

La puerta se abrió de golpe y entró Marco, mi carnal, mi amor de años, con esa sonrisa pícara que me deshace. Venía del gym, sudado, la playera pegada al pecho marcado, oliendo a hombre fresco mezclado con esfuerzo. Órale, qué chido verte concentrada así, mi amor, dijo, acercándose por detrás. Sus manos grandes se posaron en mis hombros, masajeando suave, y bajó la vista al dibujo.

Fruta de la pasión dibujo, murmuró, su aliento caliente en mi oreja. Se ve tan... jugosa. Como tú cuando te pones cachonda. Sentí su voz ronca vibrar en mi piel, y un calor se me encendió entre las piernas. Me giré un poco, rozando mi mejilla contra su abdomen firme. Él se rió bajito, ese sonido gutural que me eriza el vello, y tomó una de las frutas reales. La partió con los dedos, el chasquido húmedo rompiendo el silencio, y el aroma ácido invadió el cuarto, dulce como miel podrida, tentador como pecado.

Prueba, me ordenó juguetón, acercando un pedazo a mis labios. El jugo ya goteaba, pegajoso, y lo lamí primero, saboreando la pulpa negra llena de semillas crujientes. Ácido, dulce, explosivo en mi boca, me hizo cerrar los ojos y gemir suave. Deliciosa, susurré, y él metió el dedo en mi boca para que chupara el resto. Su piel salada se mezcló con el néctar, y ahí empezó todo. Nuestras miradas se engancharon, pupilas dilatadas, el aire espeso de tensión.

Acto seguido, me levantó del taburete como si no pesara nada, sus brazos fuertes envolviéndome. Me sentó en la mesa, entre los lápices y las frutas, y se arrodilló frente a mí. Quiero dibujarte a ti como esta fruta, dijo, su voz entrecortada, mientras subía mis falda hasta la cintura. El roce de sus callos en mis muslos suaves me hizo jadear. Olía a su sudor limpio, a deseo puro, y el de la fruta aún en su aliento. Sus labios rozaron mi piel interna, besos húmedos subiendo lento, torturándome con la espera.

Mi mente era un remolino:

No aguanto más, wey, tócame ya, hazme tuya como si fuera esa fruta madura lista para reventar.
Le enredé los dedos en el pelo, tirando suave, guiándolo. Cuando su lengua encontró mi centro, ya empapado, grité bajito. Lamía con hambre, sorbiendo mi humedad como si fuera el jugo de la pasión, chupando mi clítoris hinchado con succiones que me hacían arquear la espalda. El sonido era obsceno: lengüetazos húmedos, mis gemidos ahogados, el crujir de la mesa bajo mi peso. Sentía cada roce como fuego, pulsos latiendo en mi vientre, el calor subiendo por mi espina.

Pero no quería acabar sola. Lo jalé arriba, besándolo feroz, probándome en su boca, salada y dulce. Quítate la ropa, pendejo, le ordené riendo, y él obedeció rápido, su verga saltando libre, dura, venosa como el tallo de mi dibujo. La agarré, piel aterciopelada sobre acero, latiendo en mi palma, y la masturbé lento, sintiendo el precúm untarse en mis dedos. Él gruñó, Qué rico te sientes, mi reina, y me penetró de un empujón suave pero profundo, llenándome hasta el fondo.

Nos movíamos en ritmo perfecto, él embistiendo con fuerza controlada, yo clavándole las uñas en la espalda, oliendo su piel sudada, el aroma de sexo crudo mezclándose con el de la fruta partida. Cada choque de caderas era un plaf húmedo, sus bolas golpeando mi culo, mis pechos rebotando contra su pecho. Sudábamos juntos, resbalosos, el taller lleno de nuestros jadeos y susurros sucios: Más duro, cabrón, rómpeme, le rogaba, y él aceleraba, su respiración entrecortada en mi cuello.

La tensión crecía como tormenta, mi interior apretándolo, ordeñándolo, hasta que el orgasmo me partió en dos. Grité su nombre, el mundo explotando en chispas blancas, jugos chorreando por mis muslos mezclados con los suyos cuando él se vino dentro, caliente, pulsátil, marcándome. Nos quedamos pegados, temblando, el corazón tronando al unísono.

Después, en el afterglow, nos recostamos en el piso sobre una manta vieja, las frutas olvidadas rodando a un lado. Él trazaba círculos en mi vientre con un dedo pegajoso de jugo. Tu dibujo de la fruta de la pasión fue el detonante, ¿eh?, dijo riendo. Yo sonreí, besándolo lento. Sí, pero tú eres la fruta real, la que me hace explotar cada vez.

El sol bajaba, tiñendo el taller de naranja, y nos quedamos así, envueltos en el olor de nosotros, satisfechos, conectados. Ese dibujo no era solo fruta; era nuestro preludio, nuestra invitación eterna al placer.

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