Quien Protagonizo La Pasion de Cristo en Mi Piel
Estaba sentada en el sofá de mi depa en la Condesa, con el control remoto en la mano y una chela fría sudando en el mesita. Afuera, el bullicio de la calle Chapultepec se colaba por la ventana entreabierta: cláxones lejanos, risas de parejitas caminando, el aroma a elotes asados flotando en el aire húmedo de la noche mexicana. Yo, Valeria, una morra de treinta tacos que trabaja en una galería de arte, había puesto La Pasión de Cristo porque andaba en una de esas noches de introspección profunda. Pero neta, no por lo religioso. Algo en la intensidad de ese vato en la pantalla me prendía de una forma que no esperaba.
El tipo cargaba la cruz, sudoroso, con los músculos tensos bajo la piel marcada por latigazos. Sus ojos, profundos y atormentados, me miraban directo a través del tele. ¿Quién carajos protagonizó esto? murmuré, pausando la peli. Saqué el cel y tecleé rápido: "quien protagonizo la pasion de cristo". Jim Caviezel. Órale, qué nombre más exótico. Su foto apareció: el mismo rostro barbado, el pelo largo ondulado, esa mirada que te atraviesa el alma. Sentí un calor subiéndome por el pecho, bajando hasta el ombligo. Me recargué, mordiéndome el labio, imaginando esas manos fuertes sobre mi piel.
Al día siguiente, en la expo de arte en Polanco, lo vi. Estaba ahí, entre la gente bien vestida sorbiendo vino tinto, un morro alto, moreno, con barba espesa y ojos que brillaban como brasas. Vestía una camisa blanca ajustada que marcaba su pecho ancho, jeans oscuros que abrazaban sus piernas firmes. Se paró frente a un cuadro de desnudos abstractos, analizándolo con esa seriedad hipnótica. Mi corazón dio un brinco. Neta parece él. Jim Caviezel en carne y hueso, pensé, acercándome con una copa en la mano.
—Órale, wey, ¿tú sales en películas o qué? le solté, juguetona, con mi sonrisa más pícara.
Se viró, y su mirada me desnudó en segundos. —No, pero si quieres, puedo protagonizar la tuya —respondió con voz grave, ronca, como un ronroneo que me erizó la piel. Se llamaba Diego, artista plástico de Guadalajara radicado en la CDMX. Hablamos de la peli, de cómo "quien protagonizo la pasion de cristo" había clavado esa intensidad cruda. Él se rió bajito, revelando dientes perfectos. —Yo vi esa película mil veces. Esa pasión duele, pero también excita, ¿no?
El deseo inicial fue como una chispa: su mano rozó la mía al pasarme la copa, y sentí electricidad pura. Olía a sándalo y tabaco fresco, un aroma que me mareaba. Caminamos por la galería, rozándonos "accidentalmente", cada roce avivando el fuego. Al final de la noche, en la puerta del lugar, me besó. Sus labios eran firmes, cálidos, sabían a vino y promesas. —Ven a mi taller —susurró contra mi boca—. Quiero mostrarte mi pasión.
Acto dos: la escalada
El taller de Diego estaba en la Roma Norte, un loft con techos altos, lienzos a medio pintar y luces tenues que bailaban sobre su piel morena. Entramos riendo, pero el aire se cargó de inmediato. Él cerró la puerta con un clic que sonó como un suspiro reprimido. Me acorraló contra la pared, sus manos grandes subiendo por mis brazos, dejando un rastro de calor. —Valeria, desde que te vi, supe que tú eras mi cruz —dijo, con esa voz que vibraba en mi pecho.
¿Por qué me prende tanto este morro? ¿Porque se ve como el que protagonizó La Pasión? Neta, es más que eso. Es su fuerza, su entrega total.
Lo besé con hambre, mis uñas arañando su espalda bajo la camisa. Se la quité de un jalón, revelando un torso esculpido, pectorales duros salpicados de vello oscuro. Olía a sudor limpio, a hombre enardecido. Sus manos bajaron a mi blusa, desabotonándola despacio, torturándome. Cada botón era una eternidad; mi piel se erizaba al aire fresco, mis pezones endureciéndose bajo su mirada hambrienta.
—Estás chingona, Valeria. Quiero saborearte entera —gruñó, bajando la cabeza para lamer mi cuello. Su lengua era áspera, caliente, trazando caminos que me hacían gemir bajito. Lo empujé hacia el sofá de cuero negro, que crujió bajo nuestro peso. Me senté a horcajadas sobre él, sintiendo su verga dura presionando contra mi entrepierna a través de la tela. Frotes lentos, circulares, building la tensión. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaba el cuarto, mezclado con el tráfico lejano y el zumbido de una lámpara.
Le desabroché los jeans, liberando su miembro grueso, palpitante. Lo tomé en mi mano, sintiendo las venas pulsantes, la piel sedosa sobre acero. Él jadeó, arqueando la cadera. —Chúpamela, mi reina. Obedecí, arrodillándome. Su sabor salado inundó mi boca, musgoso, adictivo. Lo succioné profundo, oyendo sus gemidos roncos, sus manos enredándose en mi pelo. Pero no lo dejé acabar; quería más.
Me levantó como si no pesara nada, depositándome en una mesa de madera pulida. Me quitó el calzón con delicadeza, sus dedos rozando mis labios hinchados. —Estás empapada, pendeja sexy —rió, metiendo dos dedos dentro. El squelch húmedo de mi excitación resonó obsceno. Bombeó lento al principio, luego más rápido, su pulgar en mi clítoris enviando ondas de placer. Yo me retorcía, oliendo mi propio aroma almizclado mezclándose con el suyo, el cuero del sofá cercano, pintura fresca en el aire.
Esto es mi pasión, no la de la peli. Él es quien protagoniza la mía ahora, clavándome hondo en el alma.
La intensidad creció: besos feroces, mordidas suaves en hombros y pechos. Él lamió mis senos, chupando pezones hasta que dolieron de gusto. Me volteó, besando mi espalda, bajando hasta mis nalgas. Su lengua en mi ano fue una sorpresa electrizante, húmeda y juguetona. Grité su nombre, el orgasmo building como una tormenta. Pero esperé, queriendo explotar con él dentro.
Acto tres: la liberación
—Fóllame ya, Diego. Hazme tuya —supliqué, voz ronca de necesidad. Él se posicionó, la punta de su verga rozando mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso. Lleno por completo, nos quedamos quietos un segundo, jadeando, pieles pegajosas de sudor.
Empezó a moverse, embestidas profundas, rítmicas. El slap-slap de carne contra carne, mis gemidos altos, sus gruñidos animales. Agarré sus nalgas, clavando uñas, urgiéndolo más hondo. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo salvaje, mis tetas rebotando, su mirada fija en mí como si fuera su salvación. El olor a sexo impregnaba todo, espeso, embriagador. Sudor goteaba de su frente al valle de mis pechos.
—Me vengo, Valeria... junto contigo —gimió, acelerando. Mi clítoris frotándose contra su pubis, el placer acumulándose en espiral. Exploté primero, un grito gutural rasgando el aire, paredes convulsionando alrededor de él, jugos chorreando. Él se hundió una última vez, rugiendo, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar dentro.
Colapsamos, enredados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Su mano acariciaba mi pelo húmedo, besos suaves en la sien. El cuarto olía a nosotros, a clímax compartido, con el eco distante de la ciudad durmiendo.
Quién protagonizó La Pasión de Cristo fue Jim Caviezel, pero en mi piel, en mi alma, fue Diego. Mi pasión personal, consentida, ardiente, eterna.
Nos quedamos así hasta el amanecer, hablando susurros, planeando más noches. Esa pasión no dolía; liberaba. Y yo, Valeria, supe que había encontrado mi propio mesías del placer.