Pasión Libertadores
La noche en el bar de la Condesa estaba que ardía. El ambiente vibraba con los gritos de la afición, el olor a chelas frías y tacos al pastor flotando en el aire, y el sonido ensordecedor de los narradores gritando goles de la Copa Libertadores. Yo, Ana, una morra de veintiocho tacos que trabaja en una agencia de diseño, había llegado sola porque mi carnala se había rajado a último momento. Me acomodé en la barra, con mi blusa escotada negra que dejaba ver justo lo suficiente para sentirme chida, y pedí una Michelada bien fría. El sudor me perlaba la piel por el calor de la gente apiñada, y el pulso de la música ranchera mezclada con los cánticos me hacía sentir viva, como si el estadio entero cupiera en ese antro.
Ahí lo vi. Alto, moreno, con una playera del Toluca que se le pegaba al pecho musculoso por el sudor. Sus ojos cafés profundos se clavaron en mí mientras levantaba su cerveza en un brindis silencioso por un golazo.
¿Quién es este wey tan guapo? Neta, parece sacado de un sueño húmedo, pensé, mientras mi corazón empezaba a latir más rápido que el tambor de la porra. Me sonrió, con esa dentadura perfecta y un hoyuelo que me derritió. Se acercó, abriéndose paso entre la multitud, y su aroma a colonia masculina mezclada con el humo de los cigarros me golpeó como una ola.
—¡Qué partido, morra! Esta pasión libertadores nos tiene locos, dijo con voz grave, ronca por los gritos.
Yo reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —Sí, wey, neta que sí. Soy Ana, ¿y tú?
—Rodrigo, pero llámame Ro. ¿Vienes sola o esperas a alguien? Su mirada bajaba un segundo a mis labios, y yo crucé las piernas para disimular el calor que subía por mis muslos.
Charlamos de fútbol, de cómo la pasión libertadores une a la gente, de lo chido que era ver a los equipos sudamericanos pelear como gladiadores. Pero entre risas y chelas, la tensión crecía. Su rodilla rozaba la mía bajo la barra, un toque casual que mandaba chispas por mi piel. El bar olía a limón de las micheladas, a carne asada y a ese sudor compartido que hacía todo más primal. Yo lo miré fijo, mordiéndome el labio.
Quiero que me bese ya, carajo. Este pendejo me tiene mojadita.
El partido terminó con un penalazo que nos puso de pie a todos, gritando como locos. Ro me tomó de la cintura para no perderme en la marea humana, y su mano grande, callosa, se quedó ahí un segundo de más. Sentí sus dedos apretar mi cadera, el calor de su palma traspasando la tela delgada de mi falda. —¿Quieres salir de aquí? Hay un hotel chido a dos cuadras, murmuró en mi oído, su aliento cálido oliendo a cerveza y menta.
Sí, wey. Vamos, respondí sin pensarlo, mi voz ronca de deseo.
Salimos a la noche tibia de la Condesa, las luces de neón parpadeando sobre nosotros como estrellas caídas. Caminamos rápido, su brazo alrededor de mi cintura, mi mano en su espalda baja. El aire traía olor a jazmín de los puestos de flores y escape de coches, pero todo lo que sentía era su cuerpo pegado al mío, el roce de su muslo contra el mío con cada paso. En el lobby del hotel, minimalista y con luces tenues, nos besamos por primera vez. Sus labios eran firmes, su lengua explorando la mía con hambre, saboreando la sal de la michelada y el dulce de mi gloss de cereza. Gemí bajito, mis uñas clavándose en su nuca.
Subimos al elevador, y ahí ya no aguantamos. Me empujó contra la pared, sus manos subiendo por mis muslos, levantando mi falda. —Eres una diosa, Ana, jadeó, mientras yo le bajaba la playera, oliendo su piel salada, lamiendo el sudor de su clavícula. El ding del elevador nos separó, riendo como chamacos traviesos.
En la habitación, con vista a los edificios iluminados, la tensión explotó. Nos desnudamos despacio al principio, él quitándome la blusa con reverencia, besando cada centímetro de mi piel expuesta. Sus ojos devoraban mis tetas, duras de anticipación, y yo admiraba su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando por mí.
Qué chingona se ve. Quiero sentirla dentro, ya. El cuarto olía a sábanas frescas y a nuestro arousal, ese musk dulce y almizclado que llenaba el aire.
Me tumbó en la cama king size, su boca bajando por mi cuello, chupando mis pezones hasta que arqueé la espalda, gimiendo su nombre. —¡Ro, no pares, cabrón! Sus dedos encontraron mi clítoris, resbaloso de jugos, y lo masajeó en círculos lentos, torturándome. Yo le agarré la verga, masturbándolo con la mano, sintiendo su grosor estirar mis dedos, el precum untándose en mi palma. El sonido de su respiración agitada, mis jadeos, la cama crujiendo, todo se mezclaba en una sinfonía de deseo.
Pero no quería correrme así. Lo empujé para montarlo, cabalgándolo como una amazona. Su verga me llenó por completo, estirándome deliciosamente, golpeando ese punto dentro que me hacía ver estrellas. —¡Sí, morra, muévete así! Tu panocha está del nabo, gruñó, sus manos amasando mis nalgas, azotándolas suave para que el escozor se sumara al placer. Sudábamos a chorros, el olor a sexo impregnando todo, mi cabello pegado a la frente, sus abdominales contrayéndose bajo mis palmas. Aceleré, mis tetas rebotando, el slap slap de mi culo contra sus muslos resonando.
Él volteó las tornas, poniéndome a perrito, embistiéndome profundo. Cada thrust mandaba ondas de placer por mi espina, su vientre chocando contra mi clítoris. —¡Me vengo, Ro! ¡Dame todo! grité, y él aceleró, su verga hinchándose antes de explotar dentro, chorros calientes llenándome mientras yo colapsaba en orgasmos múltiples, mi coño contrayéndose alrededor de él como un puño.
Caímos exhaustos, jadeando, su semen goteando de mí en las sábanas. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse, oliendo su piel ahora mezclada con la mía. —Esa pasión libertadores fue épica, ¿verdad?, dijo riendo bajito.
Yo sonreí, besando su pecho.
Neta, este wey me liberó algo adentro. Ojalá no sea la última. La ciudad brillaba afuera, pero en ese momento, el mundo era solo nosotros, saciados y en paz.
Nos quedamos así hasta el amanecer, hablando de tonterías, planeando ver el próximo partido juntos. La pasión libertadores no solo era del fútbol; era esto, liberarnos en los brazos del otro, sin ataduras, solo puro fuego mexicano.