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FM Pasion Ardiente

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FM Pasion Ardiente

Daniela se recargó en el asiento del copiloto del coche de Marco, mientras las luces de la Ciudad de México parpadeaban como estrellas caídas por el parabrisas. Habían cenado en ese restaurante chulo de Polanco, con tacos al pastor jugosos y micheladas heladas que les habían soltado la lengua. Ahora, de regreso a su depa en la Condesa, el tráfico era un chingo, pero a ella no le importaba. Marco, con su camisa ajustada que marcaba esos pectorales que la volvían loca, sintonizó la radio en FM Pasion, esa estación que siempre ponía rolas románticas con letras que te ponían la piel chinita.

La voz del locutor ronroneó: "Esta noche, en FM Pasion, dejamos que el deseo hable por nosotros..." Y empezó "Contigo Aprendí", de Armando Manzanero. Daniela sintió un cosquilleo en el estómago, como si el aire del coche se hubiera cargado de electricidad. Marco la miró de reojo, con esa sonrisa pícara que decía todo sin palabras. Neta, este wey me trae de vuelco, pensó ella, cruzando las piernas para disimular el calor que ya le subía por las ingles.

—Órale, Dani, ¿te late esta rola? —preguntó él, bajando un poquito el volumen para no opacar el momento.

—Mucho, carnal. Me hace recordar cuando nos conocimos en esa fiesta en la Roma —respondió ella, rozando su mano con la de él sobre la palanca de cambios. La piel de Marco era cálida, áspera por el trabajo en la constructora, y ese roce simple le aceleró el pulso. Olía a su colonia de sándalo mezclada con el sudor leve de la noche, un aroma que la hacía salivar.

El coche avanzaba lento por Insurgentes, pero Daniela ya no veía las luces ni oía los cláxones. Solo sentía el ritmo de la música envolviéndolos, el bajo vibrando en su pecho como un latido compartido. Marco estacionó de golpe en un mirador discreto con vista al bosque de Chapultepec, apagó el motor pero dejó la radio prendida. FM Pasion ahora tocaba "Si No Te Hubieras Ido", y el deseo se hizo tangible, como niebla espesa.

Quiero que me bese ya, que me coma con los ojos como siempre lo hace. Ay, Dios, ¿por qué me pongo así de caliente con solo su mirada?

Marco se inclinó hacia ella, su aliento fresco con toques de limón de la michelada. Sus labios se encontraron suaves al principio, un roce tentador que sabía a promesas. Daniela suspiró contra su boca, abriendo para él, y el beso se profundizó. Lenguas danzando, húmedas y urgentes, el sabor salado de él invadiéndola. Sus manos subieron por los muslos de ella, bajo la falda negra ceñida, acariciando la seda de las ligas que se había puesto a propósito.

—Estás cañona esta noche, muñeca —murmuró él, con voz ronca, mientras sus dedos trazaban círculos en su piel suave, subiendo hasta el encaje de las panties. Daniela jadeó, arqueando la espalda contra el asiento de piel que crujió bajito. El olor a excitación empezaba a mezclarse con el cuero caliente del coche, un perfume primitivo que la mareaba de placer.

El beso se volvió feroz, dientes rozando labios, succiones que la hacían gemir bajito. Marco bajó el respaldo del asiento con un clic mecánico, y ella se trepó a horcajadas sobre él, sintiendo su verga ya dura presionando contra su centro húmedo a través de la tela. Qué chingón se siente, tan grueso y listo para mí, pensó, moviendo las caderas en un ritmo lento que imitaba la balada de FM Pasion.

Las manos de Daniela desabotonaron la camisa de él, exponiendo el pecho moreno y velludo que tanto le gustaba lamer. Rozó sus pezones con las uñas, oyendo su gruñido gutural, y bajó la boca para saborearlos: salados, con un toque metálico de sudor. Marco no se quedó atrás; levantó su blusa, liberando los senos plenos que rebotaron libres. Sus labios capturaron un pezón, chupando con fuerza, la lengua girando en espirales que enviaban descargas directas a su clítoris palpitante.

—¡Ay, Marco! No pares, pendejo... —suplicó ella, riendo entre gemidos, mientras le jalaba el pelo suave y negro. El coche se mecía leve con sus movimientos, el vidrio empañándose por sus alientos agitados. Afuera, la ciudad zumbaba lejana, pero adentro era un mundo de fuego: piel contra piel resbaladiza, el slap húmedo de besos en el cuello, el aroma almizclado de sus sexos ansiosos.

Marco deslizó las panties a un lado, sus dedos gruesos encontrando su entrada empapada. La penetró despacio, uno, dos, curvándose para rozar ese punto que la hacía ver estrellas. Daniela montó su mano, cabalgando el placer con ojos cerrados, el sonido de sus jugos chorreando obsceno y delicioso.

Neta, este wey sabe cómo hacerme volar. Cada roce es puro éxtasis, como si me leyera la mente.
Él la miró, ojos oscuros ardiendo: —Estás chorreando por mí, amor. Quiero comerte entera.

Se bajaron del coche tambaleantes, riendo como chavos, y abrieron la cajuela donde tenían una cobija gruesa. Se tendieron en el suelo fresco del mirador, bajo las estrellas que asomaban entre nubes. La radio aún sonaba desde el auto abierto, ahora con "Amor Prohibido" de Selena, perfecta para su frenesí. Marco se hincó entre sus piernas, separándolas con ternura posesiva. Su lengua lamió desde el tobillo hasta el muslo interno, mordisqueando la carne tierna que olía a vainilla de su loción mezclada con esencia femenina.

Cuando llegó a su coño, Daniela gritó bajito al sentir la lengua plana lamiendo su clítoris hinchado. Sabe a miel caliente, y él lo devora como si fuera su postre favorito. Marco succionaba, introduciendo la lengua profunda, chupando sus labios mayores con labios carnosos. Ella se retorcía, uñas clavándose en la cobija, el aire nocturno fresco contrastando con el calor líquido entre sus piernas. Gemía su nombre, —¡Marco, sí, así, cabrón! — mientras ondas de placer la recorrían, building up hasta que explotó en un orgasmo que la dejó temblando, chorros calientes mojando su barbilla sonriente.

Pero no era suficiente. Daniela lo volteó, desabrochando su cinturón con dedos ansiosos. Su verga saltó libre, venosa y gruesa, goteando precum que ella lamió con deleite: salado, ligeramente dulce. Lo tomó en la boca, succionando la cabeza mientras su mano pajeaba la base, oyendo sus jadeos roncos. Me encanta cómo palpita en mi garganta, cómo me mira como si fuera su diosa. Marco la guio con manos enredadas en su melena castaña, follando su boca con thrusts controlados que la hacían babear.

—Ya, Dani, no aguanto más —gruñó él, levantándola para penetrarla de una embestida. Entró profundo, llenándola por completo, el estiramiento delicioso que la hacía aullar. Se movieron al unísono, ella encima primero, cabalgando con caderas giratorias que rozaban su pubis contra el clítoris. El slap de carne contra carne resonaba con la música, sudor goteando entre senos y abdomen, mezclando olores de sexo puro.

Cambiaron posiciones: él atrás, doggy style sobre la cobija, manos amasando sus nalgas redondas mientras la chingaba fuerte. Cada embestida golpeaba su punto G, sacando gritos ahogados: —¡Más duro, amor, rómpeme! — Daniela se corrió de nuevo, paredes contrayéndose alrededor de su verga como un puño de terciopelo. Marco la siguió segundos después, rugiendo su nombre mientras se vaciaba dentro, chorros calientes pintando sus entrañas.

Colapsaron jadeantes, cuerpos enredados bajo la luna mexicana. La radio susurraba una balada suave de FM Pasion, como si supiera su secreto. Daniela acurrucada en su pecho, oyendo el corazón galopante calmarse, oliendo su mezcla perfecta.

Esto es lo que necesitaba: pasión cruda, conexión de almas. Con él, cada noche es eterna.

Marco la besó la frente, riendo suave: —Neta, FM Pasion nos bendijo hoy, ¿no?

—Sí, wey. Y que siga sonando para siempre —respondió ella, sellando con un beso lento, saboreando el afterglow que los envolvía como niebla tibia.

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