Novela Completa de Abismo de Pasión
El sol de Acapulco caía como una caricia ardiente sobre mi piel morena mientras caminaba por la playa del hotel, ese paraíso de arena blanca y palmeras que se mecían con la brisa salada. Hacía años que no volvía a este lugar, pero el olor a mar y coco me trajo recuerdos que me erizaban la piel. Yo, Ana, una mujer de treinta y tantos, con curvas que el tiempo había pulido como olas en la orilla, sentía un vacío en el pecho que ninguna fiesta de solteros había llenado. ¿Por qué carajos vine aquí sola? me pregunté, ajustándome el bikini rojo que apenas contenía mis senos plenos.
Entonces lo vi. Marco, mi amor de juventud, el wey que me había robado el corazón en una noche de tequila y baile bajo las estrellas. Alto, con pecho ancho y esa sonrisa pícara que prometía pecados deliciosos. Estaba saliendo del agua, el agua chorreando por su torso tatuado, músculos tensos brillando como bronce. Nuestras miradas se cruzaron y el mundo se detuvo. El sonido de las olas rompiendo se volvió un rugido en mis oídos, y un calor traicionero se encendió entre mis muslos.
—¡Ana, nena! ¿Eres tú o mi imaginación cachonda? gritó él, acercándose con pasos seguros, el agua salpicando a su alrededor.
Mi corazón latió como tambor de mariachi.
Es él, neta, el mismo cabrón que me hacía gritar de placer hasta el amanecer.Lo abracé, sintiendo su piel húmeda y caliente contra la mía, su aroma a sal y hombre invadiéndome las fosas nasales.
—Marco, pendejo, ¿qué haces aquí? —reí, pero mi voz salió ronca, cargada de deseo reprimido.
Pasamos la tarde platicando en la alberca del hotel, rodeados de risas y música ranchera lejana. Cada roce accidental —su mano en mi cintura al pasarme una chela fría, el roce de su pierna contra la mía bajo el agua— era como chispas en pólvora. Hablamos de todo: de cómo la vida nos había separado, él en su negocio de exportaciones en Guadalajara, yo en mi galería de arte en la CDMX. Pero bajo las palabras, latía esa tensión, ese abismo de pasión que nos había consumido antes.
Al atardecer, en la fiesta del hotel con luces de colores y cumbia retumbando, el tequila fluyó como río. Bailamos pegados, su cadera contra mi trasero, sus manos explorando mi espalda baja. Sentí su verga endureciéndose contra mí, dura y prometedora, y un gemido se me escapó disimulado en la música.
—Vamos a mi suite, Ana. No aguanto más verte así de rica —susurró en mi oído, su aliento caliente oliendo a limón y licor.
Asentí, el pulso acelerado, las bragas ya empapadas. Subimos en el elevador, solos, y ahí explotó el primer beso. Sus labios carnosos devoraron los míos, lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y hambre. Mis manos se enredaron en su pelo mojado aún, tirando suave mientras gemía contra él.
La suite era un sueño: cama king size con sábanas de seda, vista al mar oscuro, velas aromáticas a vainilla encendidas por el servicio. Cerró la puerta y me empujó contra ella, besándome el cuello, mordisqueando esa piel sensible que me hacía arquearme.
—Te extrañé tanto, mi reina. Tu cuerpo es puro fuego.
Le arranqué la camisa, besando su pecho salado, lamiendo un pezón duro mientras él gruñía. Sus manos desataron mi bikini, liberando mis tetas pesadas que rebotaron libres. Las amasó con rudeza tierna, pulgares rozando mis pezones erectos, enviando descargas directas a mi clítoris palpitante.
Esto es mi novela completa de abismo de pasión, pensé mientras caía de rodillas, desabrochando su short. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precúm. La olí, almizcle masculino puro, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando esa sal picante. —¡Qué chingona verga tienes, Marco! —jadeé, metiéndomela a la boca, chupando con hambre, lengua girando alrededor del glande mientras él jadeaba y me sujetaba el pelo.
—¡Sí, nena, así! Mámamela rica.
Me levantó como pluma, llevándome a la cama. Me tendí, piernas abiertas, mi panocha depilada reluciendo de jugos. Él se arrodilló entre mis muslos, inhalando profundo mi aroma de mujer excitada, mezclado con el coco de mi loción. Su lengua atacó mi clítoris, lamiendo lento al principio, círculos tortuosos que me hicieron retorcer. Gemí alto, uñas clavadas en las sábanas, el sonido de su succión obsceno y delicioso. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, bombeando mientras chupaba.
—Estás chorreando, Ana. Tan mojada por mí. Su voz vibraba contra mi carne sensible.
El orgasmo me golpeó como ola gigante, cuerpo convulsionando, grito ahogado en la almohada, jugos salpicando su barbilla. Pero no paró, siguió lamiendo suave hasta que bajé, temblando.
Lo jalé arriba, besándolo, probándome en su boca. —Fóllame ya, cabrón. Quiero sentirte adentro.
Se colocó, la punta de su verga rozando mi entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Qué lleno me hace, la verga perfecta! Gemí cuando bottomó, sus bolas contra mi culo. Empezó a bombear, lento y profundo, cada embestida rozando mi cervix, placer punzante. El slap slap de piel contra piel, nuestros jadeos, el olor a sexo saturando el aire.
Aceleró, mis tetas rebotando, yo clavando uñas en su espalda. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como amazona, panocha tragando su verga hasta la raíz, clítoris frotando su pubis. Sudor perlando nuestros cuerpos, brillando a la luz de las velas. Él amasaba mi culo, azotando leve, ¡qué rico!
—Me vengo, Ana... ¡juntos! rugió.
Explotamos al unísono, mi coño contrayéndose alrededor de su verga palpitante, chorros calientes llenándome mientras gritaba su nombre, olas de éxtasis interminable.
Caímos exhaustos, enredados, su semen goteando de mí, mezclándose con mis jugos en las sábanas. El mar rugía afuera, testigo de nuestro abismo. Besos suaves, caricias perezosas, su mano trazando círculos en mi vientre.
—Esto no fue un polvo cualquiera, mi amor. Es el principio de algo chido —murmuró, ojos brillando.
Yo sonreí, corazón lleno por primera vez en años.
Mi novela completa de abismo de pasión acababa de escribirse, y qué pedo tan padre.Afuera, la luna plateaba las olas, prometiendo más noches de fuego.