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Abismo de Pasion Capitulo 122

6324 palabras

Abismo de Pasion Capitulo 122

El sol de Puerto Vallarta caía a plomo sobre la playa, tiñendo la arena de un dorado que invitaba a perderse. Tú, con el corazón latiendo como tambor de banda sinaloense, caminabas descalza hacia la cabaña de palapas que Javier había rentado. Hacía meses que no lo veías, desde esa pelea tonta por celos que los había separado. Pero neta, el deseo nunca se apagó. Olías el mar salado mezclado con el aroma de coco de tu loción, y cada paso hacía que tus caderas se mecieran con esa gracia que sabías volvía loco a cualquier vato.

Javier te esperaba en la terraza, recargado en la baranda, con una camisa guayabera abierta dejando ver su pecho moreno y marcado por horas en el gym. Sus ojos oscuros te devoraron de arriba abajo, deteniéndose en el bikini rojo que apenas contenía tus curvas. "Órale, morra, ¿vienes a matarme o qué?" dijo con esa voz ronca que te erizaba la piel, sonriendo como pendejo enamorado.

Te acercaste, sintiendo la brisa cálida lamer tus piernas. Qué chido verte así, wey, como si el tiempo no hubiera pasado, pensaste mientras lo abrazabas. Su cuerpo duro contra el tuyo era puro fuego; olías su colonia mezclada con sudor fresco, ese olor macho que te hacía mojar las panties sin remedio. Se apartó un poco, sirvió dos tequilas reposados en vasos helados con limón y sal. "Por el abismo que nos traga cada vez", brindó, y bebiste, sintiendo el ardor bajar por tu garganta como preludio de lo que vendría.

Hablaron de todo y nada: de la pinche vida en la ciudad, de cómo extrañaban las escapadas a la playa, de esa química que los hacía explotar. La tensión crecía con cada risa, cada roce accidental. Su mano en tu muslo cuando se sentó a tu lado, el calor de su palma traspasando la tela ligera de tu pareo. Tú sentías tu pezón endurecerse, rozando el bikini, y un pulso traicionero entre las piernas.

¡No mames! ¿Por qué este cabrón me pone así de caliente con solo mirarme?
te decías, mordiéndote el labio.

El sol empezó a bajar, pintando el cielo de naranjas y rosas. Puso música en el Bluetooth: un corrido romántico de Peso Pluma que invitaba a mover el cuerpo. "Baila conmigo, reina", te dijo, extendiendo la mano. No pudiste resistir. Tus cuerpos se pegaron en la terraza, cadera contra cadera, sintiendo su verga ya semi-dura presionando tu vientre. El ritmo era lento, sensual; sus manos bajaron a tus nalgas, amasándolas con fuerza posesiva pero tierna. Olías su aliento a tequila, dulce y picante, cuando te besó el cuello. Tócame más, pendejo, no pares, gemiste en silencio.

La danza se volvió más íntima. Tus dedos se colaron bajo su camisa, arañando su espalda mientras él desataba tu pareo. El bikini cayó primero, exponiendo tus tetas al aire salobre. Javier las miró como si fueran el manjar más rico del mundo. "Estás de hija, nena, neta", murmuró antes de lamer un pezón, succionándolo con hambre. Sentiste la electricidad subir por tu espina, un jadeo escapando de tus labios. El sonido de las olas rompiendo era el fondo perfecto, como si el mar aplaudiera su reencuentro.

Te llevó adentro, a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Te recostó con cuidado, pero sus ojos ardían de deseo puro. Se quitó la ropa rápido, revelando su cuerpo atlético, la verga erecta gruesa y venosa apuntando a ti. "Dime si quieres parar, mi amor, pero juro que te voy a hacer volar", dijo, siempre el caballero chingón que eras. Tú asentiste, abriendo las piernas invitadora. Sí, métemela ya, hazme tuya.

Empezó lento, besando cada centímetro de tu piel. Su lengua trazó caminos desde tus tobillos hasta tus muslos internos, donde el olor de tu excitación lo volvía loco. "Hueles a pecado, morra", gruñó antes de enterrar la cara en tu panocha. Sentiste su lengua caliente lamiendo tu clítoris, chupando con maestría, introduciendo dos dedos que curvaba justo en ese punto que te hacía arquear la espalda. Gemías fuerte, "¡Ay, wey, qué rico! ¡No pares, cabrón!" Tus jugos lo empapaban, el sonido chapoteante mezclándose con tus alaridos. El sabor salado de tu propia piel cuando te tocabas los labios, imaginando su verga.

La intensidad subió. Te volteó boca abajo, besando tu espalda mientras sus manos separaban tus nalgas. Entró despacio por detrás, centímetro a centímetro, llenándote hasta el fondo. ¡Qué chingón se siente! Tan grueso, tan profundo, pensaste mientras empujabas contra él. El ritmo se aceleró: slap slap de piel contra piel, sudor resbalando por vuestros cuerpos, el olor almizclado del sexo impregnando la habitación. Él te jalaba el pelo suave, mordiendo tu hombro, "Eres mi reina, mi abismo". Tú giraste la cabeza para besarlo, saboreando el tequila y tu esencia en su boca.

Cambiaron posiciones como en una coreografía perfecta. Tú encima, cabalgándolo con furia, tus tetas rebotando al compás. Sentías su verga palpitar dentro, rozando cada nervio. Él te amasaba las caderas, "¡Muévete así, sí, qué mamacita más rica!" El clímax se acercaba, un tsunami building up. Tus paredes se contraían, ordeñándolo, mientras él gruñía como animal. Ven conmigo, amor, lléname. Explotaron juntos: tú gritando su nombre, olas de placer sacudiendo tu cuerpo; él derramándose dentro, caliente y abundante, pulsando una y otra vez.

Colapsaron enredados, jadeando. El afterglow era puro paraíso: su pecho subiendo y bajando bajo tu mejilla, el latido de su corazón calmándose como ola mansa. Olías el mix de semen, sudor y mar; tocabas su piel pegajosa, trazando círculos en su abdomen. "Esto es nuestro abismo de pasión, capítulo 122 y contando", murmuró Javier, besando tu frente. Tú sonreíste, sabiendo que era verdad. No había final para este fuego; solo más capítulos de deseo eterno, de cuerpos que se reconocían en la oscuridad.

Se quedaron así hasta que la luna iluminó la playa, planeando el próximo encuentro. En ese momento, todo era perfecto: consensual, ardiente, empoderador. Tú eras la dueña de tu placer, y él tu compañero ideal en este viaje sin fin.

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