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Pasion Prohibida Capitulo 33 El Susurro del Pecado

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Pasion Prohibida Capitulo 33 El Susurro del Pecado

Ana se miró en el espejo del baño de la fiesta, ajustándose el escote del vestido rojo que abrazaba sus curvas como una segunda piel. La luz tenue de las velas parpadeaba, reflejando el brillo de sudor en su clavícula. Hacía calor en esa casa de Polanco, con el bullicio de risas y copas chocando allá afuera, pero dentro de ella ardía algo mucho más intenso. Javier. Su nombre le quemaba la lengua cada vez que lo pensaba. Él era el carnal de su esposo, el que siempre andaba de pendejo bromista, pero que en secreto la volvía loca con una sola mirada.

Habían empezado esto hace meses, en una de esas carnitas noches de tequila en Guadalajara, cuando su marido se emborrachó y Javier la llevó a casa. Ese primer beso en el coche, con el olor a mezcal y su colonia fuerte invadiendo el espacio, había sido el detonante. Ahora, pasion prohibida capitulo 33 de su historia secreta, y cada capítulo era más adictivo que el anterior. Ana se mordió el labio, sintiendo el pulso acelerado en su cuello. ¿Cuánto tiempo más podrían seguir así sin que explotara todo?

Salió del baño y lo vio al fondo del jardín, recargado en la pared de adobe, con una cerveza en la mano. Sus ojos oscuros la atraparon de inmediato, como si el mundo se detuviera. El viento traía el aroma de jazmines y asado de res, pero para ella solo existía el olor imaginado de su piel salada. Se acercó despacio, fingiendo casualidad, mientras su corazón latía como tambor en fiesta patronal.

Órale, güey, ¿ya te cansaste de bailar? —le dijo ella con voz juguetona, rozando su brazo con los dedos. La tela de su camisa se sentía áspera bajo sus yemas, y un escalofrío le recorrió la espina.

Él sonrió de lado, esa sonrisa chueca que la desarmaba. —Nah, carnala, pero contigo aquí, ¿pa' qué bailar con otras? —Su aliento cálido rozó su oreja cuando se inclinó, y Ana sintió que sus pezones se endurecían contra el encaje del brasier.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Sabía que su esposo andaba por ahí, platicando de fut en la sala, ajeno a todo. Pero eso solo avivaba el fuego. Javier la tomó de la mano y la guió entre las sombras del jardín, hacia la casita de huéspedes al fondo. El crujido de la grava bajo sus tacones era el único sonido, aparte de su respiración agitada.

Adentro, la puerta se cerró con un clic suave, y el mundo exterior desapareció. Javier la empujó contra la pared, sus manos grandes abarcando su cintura. —Te extrañé, pinche loca. Cada día pienso en ti —murmuró, su boca devorando la de ella. El beso era hambre pura: lenguas enredadas, sabor a cerveza y menta, dientes rozando labios hinchados. Ana gimió bajito, arqueando la espalda para pegar su cuerpo al de él. Sentía su erección dura contra su vientre, prometiendo lo que venía.

Esto es una locura, Ana. Tu cuñado, el mejor amigo de tu viejo. Pero ¿y qué? Su toque me hace sentir viva, deseada como nunca.

Las manos de Javier bajaron por sus caderas, subiendo el vestido hasta revelar las ligas negras. —Estás chingona con esto puesto, mi reina —gruñó, lamiendo el sudor de su cuello. El olor de su excitación llenaba la habitación, almizclado y dulce, mezclado con el perfume floral de ella. Ana metió las manos bajo su camisa, palpando los músculos duros de su abdomen, arañando suave con las uñas. Cada roce era electricidad, pulsos latiendo en sincronía.

Él la levantó en brazos como si no pesara nada, y la llevó a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. La recostó despacio, quitándole el vestido con reverencia. Sus ojos devoraban cada centímetro: pechos plenos escapando del brasier, el triángulo negro de encaje entre sus muslos temblorosos. —Quiero comerte entera —dijo, y bajó la cabeza.

Ana jadeó cuando su lengua tocó su clítoris a través de la tela. El calor húmedo la hizo retorcerse, agarrando las sábanas. —¡Ay, Javier, no pares, cabrón! —suplicó, voz ronca. Él quitó las bragas de un tirón, exponiéndola al aire fresco. Su boca era fuego: succionando, lamiendo, introduciendo la lengua en su interior empapado. El sonido obsceno de su chupeteo llenaba la habitación, junto con sus gemidos ahogados. Saboreaba su néctar salado-dulce, mientras ella empujaba las caderas contra su cara, oliendo su cabello recién lavado.

El placer subía en oleadas, tensando cada músculo. Ana sentía las venas de su cuello palpitando, el sudor perlando su frente. Es tan bueno, tan prohibido. Capítulo 33 y sigo cayendo más hondo. Javier metió dos dedos gruesos, curvándolos contra su punto G, mientras su pulgar masajeaba el clítoris. Ella explotó en un orgasmo brutal, gritando su nombre, piernas temblando como hoja en vendaval.

Pero no era suficiente. Ana lo volteó, montándose a horcajadas sobre él. Le desabrochó el pantalón, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante de necesidad. La tomó en la mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pre-semen goteando. —Ahora te toca sufrir, pendejo —rió ella, lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando su esencia salobre. Javier gruñó, enredando dedos en su melena oscura.

Lo chupó profundo, garganta relajada, mientras sus bolas peludas rozaban su mentón. El sonido de succión y sus jadeos roncos era música erótica. Él la detuvo antes de venirse, jalándola arriba. —Te quiero adentro, ya.

Ana se hundió en él despacio, centímetro a centímetro, gimiendo por la plenitud. Su coño lo apretaba como guante, walls ondulando. Empezó a cabalgar, pechos rebotando, manos en su pecho velludo. Javier la sostenía por las nalgas, azotando suave, el slap resonando. —¡Qué rico te sientes, mi amor! ¡Chíngame más duro! —exigía ella, sudor goteando entre sus senos.

Cambiaron posiciones: él encima, embistiéndola con fuerza controlada, cada thrust golpeando profundo. El olor a sexo impregnaba el aire, pieles chocando húmedas, gemidos entrecortados. Ana clavó uñas en su espalda, dejando marcas rojas. Siento su corazón latiendo contra el mío, su aliento en mi boca. Esto es más que follar; es nuestra pasion prohibida, viva y ardiente.

La tensión crecía, coiling como resorte. Javier aceleró, gruñendo —Me vengo, Ana, ¡ahora! —y ella lo siguió, orgasmo múltiple desgarrándola, walls convulsionando alrededor de él. Calor inundándola mientras él se vaciaba dentro, pulsos interminables.

Se derrumbaron juntos, jadeantes, cuerpos enredados en sábanas revueltas. El afterglow era bendito: pieles pegajosas enfriándose, besos suaves en hombros. Javier la acunó, dedo trazando círculos en su espalda. —No puedo dejar de quererte, carnala. Aunque sea pecado.

Ana suspiró, oliendo su cuello, sabor a sal en los labios. Capítulo 33 cierra con este éxtasis, pero sé que habrá más. ¿Vale la pena el riesgo? Claro que sí, porque sin él, estoy muerta por dentro.

Se vistieron en silencio, robando besos robados. Salieron por separado, de vuelta a la fiesta, con sonrisas cómplices. La noche continuaba, pero en su alma, el fuego de su pasion prohibida ardía eterno, listo para el próximo capítulo.

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