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Pasión Prohibida del Cast

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Pasión Prohibida del Cast

El sol de Televisa San Ángel caía a plomo sobre el foro, pero adentro del set de Pasión Prohibida, el aire estaba cargado de algo más pesado que el calor: tensión sexual pura. Yo, Ana López, la galán de la telenovela, sentía el sudor resbalando por mi espalda mientras repetíamos la escena clave. Frente a mí, Diego Ramos, el protagonista, me clavaba esos ojos cafés que parecían prometer pecados que ni el guion se atrevía a escribir.

Órale, güey, ¿por qué carajos me mira así? pensé, mientras el director gritaba "¡Acción!". Diego se acercó, su mano rozando mi cintura con una familiaridad que no era solo acting. Su aliento cálido olía a menta y a ese café negro que tomaba religiosamente antes de cada toma. "Te deseo tanto que duele", recitaba su personaje, pero sus labios temblaban como si fueran palabras suyas. Mi piel se erizó bajo el vestido ajustado de época, y un cosquilleo traicionero se instaló entre mis muslos.

El elenco entero lo notaba. Las chismosas del cast murmuraban en los breaks: "Pasión prohibida del cast, ¿eh? Se van a armar un desmadre". Lucía, la villana, me guiñaba el ojo con picardía. "Cuidado, Ana, Diego es un diablo en la cama, carnala". Yo reía, restándole importancia, pero por las noches, sola en mi depa de Polanco, mis dedos recorrían mi cuerpo imaginando sus manos callosas de tanto ensayo.

Era el tercer mes de grabaciones. Yo acababa de salir de una relación tóxica con un productor pendejo que me controlaba todo. Diego, divorciado y con esa vibra de hombre maduro de treinta y tantos, era el antídoto perfecto. Pero el contrato lo prohibía: nada de romances en el cast para evitar escándalos. Pasión prohibida, ironía total.

Una noche, después de una jornada eterna, el director nos soltó temprano. "¡Descansen, morros! Mañana arrancamos a las seis". El foro se vació, pero Diego y yo nos quedamos recogiendo guiones. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo del camerino compartido. "Ana, ¿vienes a la carnita asada con el equipo?", preguntó, su voz ronca como grava.

"Nah, estoy muerta. Voy a mi hotel". Mentira. Quería espacio para calmar el fuego que me ardía abajo. Él se acercó por detrás, reflejado en el espejo, su pecho ancho casi tocando mi espalda. Olía a sudor fresco, a colonia barata y masculina. "Déjame llevarte, entonces. No mames, no te voy a comer... todavía". Su risa vibró contra mí, y sentí su verga semi-dura presionando mi culo. ¡Chingado, ya valió!

En su camioneta, rumbo al hotel en Reforma, el silencio era espeso. La ciudad bullía afuera: cláxones, olor a tacos de la calle, luces neón parpadeando. Mi mano descansaba en su muslo, y él la cubrió con la suya, grande y cálida. "Desde el primer día, Ana. Tu boca cuando dices las líneas... me pone como pendejo". Su confesión me mojó al instante. Aparcamos en el sótano del hotel, y el ascensor fue nuestra primera batalla.

Sus labios cayeron sobre los míos como hambre pura. Sabían a tequila de la cena del cast, salados y urgentes. Gemí contra su boca, mis uñas clavándose en su nuca. "Diego, no podemos... el cast, el escándalo". Pero mis manos ya desabotonaban su camisa, sintiendo el vello áspero de su pecho, los músculos duros de tanto gym. Él me alzó contra la pared del ascensor, su lengua explorando mi cuello, lamiendo el sudor que perlaba mi clavícula. "Que se jodan las reglas. Esto es pasión prohibida del cast, nena".

Entramos tambaleando a mi habitación. La puerta se cerró con un clic que sonó a libertad. Me arrojó sobre la cama king size, las sábanas frescas contrastando con mi piel ardiendo. Se quitó la camisa de un tirón, revelando tatuajes que serpenteaban por sus brazos: un águila mexicana, un corazón roto. Qué chingón está este morro, pensé, mientras él se arrodillaba entre mis piernas.

Sus manos subieron por mis muslos, arrugando el vestido hasta mi cintura. "Mírate, tan mojada por mí". Deslizó mis panties de encaje a un lado, y su aliento caliente me hizo arquear la espalda. Lamidas lentas, torturantes, su lengua danzando sobre mi clítoris hinchado. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su colonia. Gemí alto, "¡Ay, cabrón, no pares!", mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda. Él chupaba con hambre, dedos gruesos entrando y saliendo, curvándose justo ahí, en mi punto G. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis jadeos resonando en la habitación con vista al Ángel de la Independencia.

No aguanté. El orgasmo me golpeó como ola en Acapulco, mi cuerpo convulsionando, jugos empapando su barbilla. "¡Diegooo!". Él se incorporó, lamiéndose los labios con una sonrisa lobuna. "Ahora sí, mi reina". Se bajó los pantalones, y su verga saltó libre: gruesa, venosa, goteando precum. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso acelerado, caliente como hierro forjado. "Qué pedazo de pito, güey". La masturbé despacio, viéndolo cerrar los ojos, gruñendo bajo.

Me volteó boca abajo, almohada bajo mis caderas. Su cuerpo cubrió el mío, piel contra piel, sudor mezclándose. Entró de una embestida lenta, estirándome deliciosamente. "¡Chingada madre, qué prieta estás!". Empujaba profundo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada thrust. El ritmo se aceleró: carne contra carne, slap-slap-slap, mis tetas rebotando contra las sábanas. Olía a sexo crudo, a testosterona y feromonas. Mordí la almohada para no gritar, pero él me volteó de nuevo, piernas sobre sus hombros, follándome mirándome a los ojos.

"Dime que lo quieres, Ana. Dime que es nuestro".

"¡Sí, cabrón! Es nuestra pasión prohibida, ¡no pares!". Sus embestidas se volvieron salvajes, mi coño apretándolo como vicio. Sentí su verga hincharse, y explotamos juntos. Él se corrió adentro, chorros calientes llenándome, mientras yo me deshacía en temblores, uñas arañando su espalda.

Caímos exhaustos, enredados. Su corazón latía contra mi pecho, sudor enfriándose en la piel. Besos perezosos, lenguas entrelazadas con sabor a clímax. "Esto no fue un error, ¿verdad?", murmuró, acariciando mi cabello revuelto.

"No, mi amor. Fue el inicio". Afuera, la ciudad dormía, pero nosotros planeábamos ya la próxima noche. El cast chismearía, el productor se enojaría, pero qué chingados. En el mundo de Pasión Prohibida, lo nuestro era la trama real: fuego que no se apaga, deseo que consume. Y yo, Ana, nunca me había sentido tan viva.

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