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El Autor del Diario de una Pasión Desbordante

7029 palabras

El Autor del Diario de una Pasión Desbordante

En el bullicio del Palacio de Minería durante la Feria del Libro de Guadalajara, Ana se abría paso entre la multitud de lectores ávidos. El aroma a café recién molido y libros nuevos flotaba en el aire, mezclado con el eco de risas y pláticas animadas. Tenía veintiocho años, editora en una pequeña casa independiente de la Ciudad de México, y su corazón latía con anticipación. Esa tarde firmaba él: Javier Ruiz, el autor de El diario de una pasión, esa novela erótica que la había mantenido despierta noches enteras, con las sábanas revueltas y el cuerpo ardiendo.

Ana lo vio desde lejos, recargado en su mesa de firmas, con esa sonrisa pícara que prometía secretos. Alto, de piel morena tostada por el sol de la costa, ojos oscuros que devoraban con la mirada. Vestía una camisa guayabera blanca entreabierta, dejando entrever el vello oscuro de su pecho. Ella se acercó, el pulso acelerado, y extendió su ejemplar.

—Qué gusto conocerte, Javier. Tu libro me voló la cabeza —dijo ella, con voz ronca, sintiendo un cosquilleo en el vientre.

Él levantó la vista, sus dedos rozando los de ella al tomar el libro. Un roce eléctrico, como si el aire se cargara de chispas. Neta, este güey es más guapo en persona, pensó Ana, mientras su piel olía a colonia cítrica y algo más primitivo, como tierra húmeda después de la lluvia.

—Gracias, chula. ¿Qué parte te gustó más? —preguntó él, con esa voz grave que resonaba en su pecho como un tambor.

La plática fluyó como tequila reposado: suave al principio, ardiente después. Hablaban de pasiones contenidas, de cuerpos que anhelan ser liberados. Ana sentía su calor acercándose, el roce accidental de sus rodillas bajo la mesa. Cuando terminó la firma, él le susurró:

—Tengo una lectura privada esta noche en mi hotel. ¿Vienes? Quiero leerte algo inédito del diario.

Ella asintió, el deseo ya enredándose en su interior como hiedra salvaje.

El hotel era un oasis en el corazón de la ciudad, con fuentes murmurantes y luces tenues que jugaban sobre las paredes de cantera. Javier la llevó a su suite, donde una botella de mezcal ahumado esperaba en la mesa. El cuarto olía a sándalo y cuero viejo, con una cama king size vestida de sábanas de algodón egipcio que invitaban al pecado. Se sentaron en el balcón, la ciudad rugiendo abajo como un amante impaciente.

Leí tus palabras y mi cuerpo se encendió. Imaginé tus manos en mí, explorando cada curva, cada rincón húmedo de deseo. Soy el autor de El diario de una pasión, pero esta noche, tú serás mi musa viva.

Él leyó en voz alta de su libreta de cuero, las palabras saliendo como caricias. Ana bebía sorbos de mezcal, el líquido quemándole la garganta, mientras sus pezones se endurecían bajo la blusa de encaje. Órale, este carnal sabe cómo meterse en la cabeza... y en otras partes, pensó, cruzando las piernas para aplacar el pulso entre sus muslos.

La tensión crecía con cada página. Javier dejó el diario y se acercó, su aliento cálido en su oreja. —¿Quieres que te lo demuestre? —murmuró, sus labios rozando el lóbulo.

Ella giró el rostro, capturando su boca en un beso hambriento. Sus lenguas danzaron, saboreando mezcal y sal, mientras sus manos exploraban. Javier deslizó los dedos por su espalda, bajando hasta apretar sus nalgas firmes. Ana gimió contra su boca, el sonido vibrando en el aire nocturno. Lo empujó hacia la cama, desabotonando su guayabera con urgencia. Su pecho era firme, pectorales duros bajo sus palmas, el corazón latiéndole como un tamborazo en la Feria de San Marcos.

—Qué chingón eres —susurró ella, lamiendo el sudor salado de su cuello.

Él la recostó con gentileza, pero sus ojos ardían de fiebre. Le quitó la blusa, exponiendo sus senos plenos, pezones oscuros erguidos como bayas maduras. Los tomó en sus manos, masajeándolos, pellizcando hasta que ella arqueó la espalda con un jadeo. El aire se llenó del aroma almizclado de su excitación, mezclado con el perfume floral de su piel. Javier bajó la boca, chupando un pezón con avidez, la lengua girando en círculos que enviaban descargas directas a su centro húmedo.

Ana metió la mano en sus pantalones, encontrando su verga dura como piedra, palpitante bajo la tela. —Ay, pendejo, estás listo para mí —rió ella, apretándola con deleite. Él gruñó, un sonido animal que la mojó más.

Se desvistieron mutuamente, piel contra piel. La habitación resonaba con sus respiraciones agitadas, el crujir de las sábanas. Javier besó su vientre, bajando hasta el monte de Venus, inhalando su esencia dulce y salada. Separó sus muslos con manos temblorosas de deseo, y su lengua encontró el clítoris hinchado. Ana gritó, clavando las uñas en su cabello, mientras él lamía con maestría: lentos círculos, succiones profundas, saboreando sus jugos como néctar.

No pares, cabrón, me vas a volver loca, rugía en su mente, las caderas moviéndose al ritmo de su boca. El orgasmo la golpeó como una ola en Puerto Vallarta, el cuerpo convulsionando, el sabor metálico en su lengua mientras mordía su labio.

Pero no era suficiente. Ana lo volteó, montándolo como amazona. Su verga gruesa la llenó al bajar, estirándola deliciosamente. El roce de sus paredes internas contra él era fuego puro, cada embestida enviando chispas por su espina. Javier agarró sus caderas, guiándola, sus ojos fijos en sus senos rebotando. —Qué rica panocha tienes, Ana —gemía, el sudor perlando su frente.

Ella cabalgó más rápido, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con sus alaridos. Él se incorporó, chupando sus tetas mientras la penetraba desde abajo, profundo, golpeando ese punto que la hacía ver estrellas. La tensión se acumulaba, coiling como resorte, hasta que explotó. Ana se corrió gritando su nombre, las paredes contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo. Javier la siguió segundos después, gruñendo como toro, llenándola con chorros calientes que se derramaban por sus muslos.

Colapsaron enredados, el aire pesado con olor a sexo y sudor. Sus corazones latían al unísono, piel pegajosa y resbaladiza. Javier la besó con ternura, trazando círculos en su espalda.

—Eres mejor que cualquier página de mi diario —dijo él, voz ronca.

Ana sonrió, el cuerpo lánguido y satisfecho. El autor de El diario de una pasión no mentía: esto es lo que se siente ser devorada por el deseo. Afuera, la ciudad susurraba promesas de más noches así, pero por ahora, en sus brazos, el mundo era perfecto.

Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, el eco de sus gemidos aún flotando en el aire como un secreto compartido. Al amanecer, Ana despertó con su mano entre sus piernas, lista para otra ronda. La pasión no se acababa con el alba; al contrario, apenas comenzaba.

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