Pasión Capítulo 41 El Reencuentro Inolvidable
La noche en Polanco se sentía cargada de promesas, con el bullicio de la ciudad filtrándose por las ventanas entreabiertas del departamento de Diego. Yo, Sofia, había esperado este momento por semanas. Neta, cada día sin él era como un vacío en el pecho, un hueco que solo su toque podía llenar. Llegué con el corazón latiendo a mil, el aroma de mi perfume de jazmín mexicano mezclándose con el olor a lluvia fresca que entraba del balcón. Diego abrió la puerta con esa sonrisa pícara, sus ojos oscuros devorándome de arriba abajo.
—Órale, mi reina, ¿qué traes puesto que me estás volviendo loco? murmuró, su voz ronca como el tequila reposado que tanto nos gustaba compartir.
Me jaló hacia adentro, cerrando la puerta con un pie mientras sus manos ya exploraban mi cintura. Llevaba un vestido negro ajustado, ceñido a mis curvas, y debajo, nada más que encaje rojo. Sentí su aliento caliente en mi cuello, oliendo a menta y a ese aftershave que me hacía mojarme al instante. Nos besamos como si no hubiera mañana, lenguas enredándose, dientes rozando labios. El sabor salado de su boca me invadió, y un gemido escapó de mi garganta.
Esto es pasión capítulo 41 de nuestra historia, pensé, el capítulo donde el deseo acumulado explota como volcán.
Nos separamos solo para respirar, riendo bajito. Diego era alto, moreno, con músculos forjados en el gym y tatuajes que contaban historias de su juventud en Guadalajara. Yo, con mi piel morena y cabello negro largo, siempre me sentía como una diosa a su lado. Cenamos ligero: tacos de arrachera que él preparó, con cilantro fresco y salsa verde picosa que quemaba la lengua justo como me gustaba. Hablamos de todo y nada, de nuestro trabajo en la agencia de publicidad, de planes para ir a la playa en Puerto Vallarta. Pero bajo la mesa, su pie rozaba mi pantorrilla, subiendo despacio, enviando chispas por mi espina.
El aire se espesaba con tensión. Cada mirada era un roce invisible, cada risa un preludio. Terminamos de comer y él me llevó al sofá de piel suave, donde nos hundimos. Sus manos en mis muslos, masajeando, abriendo camino. No mames, pensé, ya estoy empapada. Lo besé con hambre, mordiendo su labio inferior, sintiendo cómo se ponía duro contra mi pierna. El bulto en sus jeans era inconfundible, grande y palpitante.
—Te extrañé tanto, Sofi. Quiero comerte entera, gruñó, su voz vibrando en mi piel.
Acto seguido, me quitó el vestido de un tirón, dejando al descubierto mis tetas firmes y el encaje rojo entre mis piernas. Sus ojos se oscurecieron de lujuria, y bajó la cabeza para lamer un pezón, chupándolo con fuerza. Un jadeo me salió del alma, el sonido húmedo de su boca succionando llenando la habitación. Olía a su sudor masculino mezclado con mi aroma de excitación, ese olor almizclado que grita quiero cogerte.
Le desabroché los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, ya goteando precum. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, la suavidad de la piel sobre el acero debajo. La masturbé despacio, viendo cómo echaba la cabeza atrás, gimiendo mi nombre. Sofi, cabrona deliciosa. Me arrodillé entre sus piernas, el piso alfombrado suave bajo mis rodillas, y lamí la punta, saboreando la sal de su esencia. Lo metí en mi boca, profunda, hasta la garganta, escuchando sus gruñidos roncos, el slap de saliva y piel.
Pero no quería que terminara tan rápido. Lo empujé al sofá y me subí a horcajadas, frotando mi panocha mojada contra su polla. El encaje se corría a un lado, y el roce directo era eléctrico: mi clítoris hinchado contra su glande, chispas de placer subiendo por mi vientre. Él agarró mis nalgas, amasándolas, metiendo un dedo en mi entrada resbaladiza.
—Estás chorreando, mi amor. Tan lista para mí, dijo, con esa voz que me derretía.
La tensión crecía como tormenta. Hablamos entre besos, confesiones susurradas. Te amo, Diego. Eres mi todo. Él respondió con caricias profundas, explorando mi cuerpo como si fuera la primera vez. Sus dedos entraron en mí, curvándose para tocar ese punto que me hacía arquear la espalda, gemir como loca. El sonido de mis jugos chapoteando era obsceno, delicioso. Olía a sexo puro, a deseo crudo mexicano, intenso y sin filtros.
Lo guié dentro de mí, bajando despacio. Su verga me estiró, llenándome hasta el fondo, un dolor placeroso que me arrancó un grito. ¡Ay, wey! ¡Sí! Empecé a moverme, cabalgándolo, tetas rebotando, sudor perlando mi piel. Él embestía desde abajo, fuerte, profundo, el slap de carne contra carne resonando. Mis uñas en su pecho, dejando marcas rojas. Sentía cada vena de su polla rozando mis paredes, mi clítoris frotándose contra su pubis.
Pasión capítulo 41, esto es puro fuego, puro éxtasis, pensé mientras el orgasmo se acercaba como ola gigante.
La intensidad subía. Cambiamos posiciones: él me puso a cuatro patas en el sofá, penetrándome por detrás, una mano en mi clítoris, la otra jalando mi cabello. El espejo del otro lado reflejaba todo: mi cara de puta en celo, sus músculos tensos, la unión húmeda de nuestros cuerpos. Gemía sin control, más duro, pendejo, rómpeme. Él obedecía, sudando, gruñendo, el olor de nuestros cuerpos mezclándose con el jazmín marchito.
El clímax llegó como terremoto. Primero yo, contrayéndome alrededor de él, chorros de placer saliendo, piernas temblando, un alarido largo y gutural. Él me siguió segundos después, llenándome con su leche caliente, pulsos y pulsos hasta que colapsamos. Nos quedamos unidos, respirando agitados, su peso sobre mí reconfortante.
En el afterglow, nos acurrucamos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves contra nuestra piel enrojecida. Besos tiernos, caricias perezosas. Compartimos un cigarro –sí, esos vicios post-sexo– exhalando humo lento, hablando del futuro. Esto es nuestro, dijo él, trazando círculos en mi vientre. Yo sonreí, sintiendo el semen escurrir entre mis muslos, marca de nuestra unión.
La ciudad seguía viva afuera, pero adentro, en nuestro mundo, pasión capítulo 41 cerraba con paz profunda, promesas de más capítulos por venir. El corazón lleno, el cuerpo saciado, el alma en llamas eternas.