Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Judas Iscariote La Pasion de Cristo Desnuda Judas Iscariote La Pasion de Cristo Desnuda

Judas Iscariote La Pasion de Cristo Desnuda

7112 palabras

Judas Iscariote La Pasion de Cristo Desnuda

El sol de Semana Santa caía a plomo sobre las calles empedradas de San Ángel en la Ciudad de México. Tú, con tu túnica raída de Judas Iscariote, sentías el sudor resbalando por tu espalda, pegajoso y caliente como un secreto inconfesable. Habías aceptado el papel en la Pasión de Cristo del barrio porque te emocionaba esa vibra intensa, pero sobre todo por Marco, tu carnal, tu Jesús de ojos negros y cuerpo esculpido que te volvía loca. Judas Iscariote la Pasion de Cristo, murmurabas en el ensayo, probando las palabras como si fueran un afrodisíaco. El director gritaba: ¡Más traición en el beso, neta! Y tú, con el corazón latiéndote como tamborazo, te acercabas a él.

El beso de la traición. Tus labios rozaron los de Marco, su barba postiza raspando tu piel suave, su aliento a menta y deseo puro invadiendo tu boca. Fue un segundo eterno. Sintiste su verga endurecerse contra tu muslo, disimulada bajo la túnica blanca. Órale, cabrón, pensaste, esto no es solo teatro. Tus pezones se pusieron duros como piedritas bajo la tela áspera, y un calor líquido se acumuló entre tus piernas. Él te miró con esos ojos de traidor redimido, y supiste que esa noche la pasión no pararía en el escenario.

De regreso a tu depa en Polanco, el aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el bochorno de afuera. Marco te jaló del brazo apenas cerraron la puerta, su mano grande envolviendo tu cintura. —Eres mi Judas Iscariote, la que me vende con un beso que quema, ronroneó, su voz grave como un corrido prohibido. Tú reíste, juguetona, empujándolo contra la pared del pasillo. —Y tú eres mi Cristo, pero esta noche te voy a resucitar de otra forma, pendejo.

Sus labios capturaron los tuyos de nuevo, esta vez sin cámaras ni público. El beso era hambriento, lenguas enredándose con sabor a chicle de tamarindo y sal de sudor. Sentiste su pecho firme presionando tus tetas, los latidos de su corazón retumbando contra el tuyo como un ritual pagano. Tus manos bajaron por su espalda, arañando la piel morena, oliendo a su colonia barata mezclada con macho puro. Neta, este wey me enciende como chile en nogada, pensaste mientras él te mordía el labio inferior, tirando suave para que gimieras.

Tú querías traicionarlo, pero en el buen sentido, entregarlo al placer que ambos anhelaban desde hace semanas. La tensión del ensayo había sido la mecha; ahora explotaba.

Lo arrastraste al cuarto, las luces tenues de la ciudad filtrándose por las cortinas. Le quitaste la playera con urgencia, revelando su torso lampiño y musculoso, gotas de sudor brillando como perlas. Tus uñas recorrieron sus abdominales, sintiendo cada contracción, cada pulso de excitación. Él gruñó, —Muéstrame tu traición, Judas, y te volteó boca abajo en la cama king size. Sus manos grandes subieron por tus muslos, levantando tu falda corta, exponiendo tus calzones de encaje negro empapados.

El aroma de tu arousal flotaba en el aire, almizclado y dulce como jazmín en mayo. Marco inhaló profundo, —Qué rico hueles, ricura, como a panocha lista para ser devorada. Sus dedos rozaron tu clítoris por encima de la tela, círculos lentos que te hicieron arquear la espalda. ¡Ay, cabrón! gemiste, el placer eléctrico subiendo por tu espina. Bajó los calzones con dientes, su aliento caliente lamiendo tu piel sensible. Entonces, su lengua: plana y húmeda, deslizándose desde tu entrada hasta el botón hinchado. Saboreó tu jugo como si fuera el vino de la última cena, chupando con hambre, succionando hasta que tus caderas se movían solas, follándole la cara.

Esto es la verdadera pasión, pensaste, mientras olas de calor te invadían. Tus manos enredadas en su pelo negro, tirando, guiándolo más profundo. Él metió dos dedos gruesos, curvándolos contra tu punto G, bombeando rítmico. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, tus jadeos roncos mezclados con su mmm de aprobación. Ven, amor, déjame traicionarte así, susurraste, y el orgasmo te golpeó como un terremoto en la Sierra Madre. Tu coño se contrajo alrededor de sus dedos, chorros calientes mojando las sábanas de algodón egipcio, tu grito ahogado en la almohada.

Pero no pararon. Marco se levantó, su verga saltando libre de los pantalones, venosa y gruesa, la cabeza morada brillando con pre-semen. —Ahora tú me resucitas, dijo, tumbándose. Tú te arrodillaste entre sus piernas, el olor a macho intenso golpeándote: sudor, piel caliente, esencia pura. Lamiste desde las bolas pesadas hasta la punta, saboreando la sal amarga. Qué chingona verga tienes, mi Cristo, murmuraste antes de engullirla. Tu boca lo envolvió, succionando profundo, garganta relajada por práctica. Él jadeó, caderas subiendo, follándote la boca con cuidado. Tus tetas rebotaban, pezones rozando sus muslos peludos.

La tensión crecía, psicológica y física. Recordabas el ensayo, Judas Iscariote la Pasion de Cristo, pero aquí no había traición, solo entrega mutua. Tus ojos se clavaron en los suyos, lagrimeando por el esfuerzo, pero empoderada, controlando su placer. Él te jaló arriba, —No aguanto más, métetela. Te montaste a horcajadas, frotando tu coño resbaloso contra su tronco. Lentamente, bajaste, centímetro a centímetro, sintiendo el estiramiento delicioso, el llenado completo. ¡Puta madre, qué rico! gritaste, él gimiendo tu nombre.

Cabalgaste como amazona en tianguis, tetas saltando, sudor chorreando entre vuestros cuerpos. Sus manos en tus nalgas, amasando, un dedo rozando tu ano para más estimulación. El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con vuestros ¡sí, así! y ¡más duro!. Dentro de ti, su verga palpitaba, rozando paredes sensibles. Cambiaron: él encima, misionero intenso, piernas en sus hombros para penetrar profundo. Cada embestida era un latigazo de placer, tu clítoris frotándose contra su pubis. Olías el sexo: almizcle, sudor, lubricante natural.

Esto era la resurrección, la pasión desatada más allá del guion. Tú, Judas redimida, él, Cristo en éxtasis.

El clímax se acercaba. —Me vengo, amor, avisó él, acelerando. Tú sentiste el tuyo build-up, útero contrayéndose. ¡Dame todo, cabrón! Explotó dentro, chorros calientes pintando tus paredes, desencadenando tu segundo orgasmo. Ondas de éxtasis te sacudieron, uñas clavadas en su espalda, piernas temblando. Colapsaron juntos, jadeantes, su peso protector sobre ti.

En el afterglow, el cuarto olía a sexo satisfecho, sábanas revueltas como un campo de batalla ganado. Marco te besó la frente, —Eres mi mejor traidora. Reíste suave, acariciando su mejilla barbuda. —Y tú mi Cristo eterno, neta. La pasión de Semana Santa había trascendido el escenario, dejando un lazo más fuerte, un recuerdo que ardía en la piel y el alma. Afuera, las campanas tañían, pero aquí reinaba la paz del placer compartido.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.