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Pasión Capítulo 47 El Fuego que Nos Consume

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Pasión Capítulo 47 El Fuego que Nos Consume

En el corazón de Polanco, donde las luces de la ciudad parpadean como estrellas traviesas, Ana se arreglaba frente al espejo de su departamento. El vestido rojo ceñido a su cuerpo curvilíneo le hacía sentir poderosa, como si cada curva gritara deseo. Hacía semanas que no veía a Javier, su amante secreto, el hombre que la volvía loca con solo una mirada. Recordaba el capítulo 46 de su pasión, esa noche en la playa de Cancún donde casi se queman vivos entre besos salados y arena tibia. Ahora, pasión capítulo 47 estaba por comenzar, y su piel ya hormigueaba de anticipación.

El timbre sonó, y su corazón dio un brinco. Abrió la puerta y ahí estaba él, Javier, con esa sonrisa pícara que iluminaba sus ojos cafés profundos. Vestía una camisa negra desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro de su pecho, y unos jeans que marcaban sus muslos fuertes. ¡Órale, qué chulo se ve! pensó ella, mordiéndose el labio.

Este pendejo sabe cómo hacerme agua la boca, pensó Ana. Cada vez que lo veo, siento que mi cuerpo despierta de un letargo eterno.

Mamacita, murmuró él con voz ronca, acercándose para rozar sus labios con los de ella en un beso ligero, como una promesa. Olía a colonia fresca mezclada con su esencia masculina, ese aroma terroso que la embriagaba.

Ana lo jaló adentro, cerrando la puerta con un clic que resonó como el inicio de una tormenta. La sala estaba bañada en luz tenue de las velas que ella había encendido, el aire cargado con el perfume de jazmín y vainilla. Se sentaron en el sofá de piel suave, tan cerca que sus muslos se tocaban, enviando chispas eléctricas por su espina.

—Te extrañé tanto, mi rey, dijo ella, pasando los dedos por su nuca, sintiendo los músculos tensos bajo su tacto. ¿Qué ha sido de ti estas semanas?

Javier la miró con hambre, sus pupilas dilatadas como pozos negros. —Trabajando como loco en la oficina, pero soñando contigo cada noche. Tus curvas, tu risa... me tienes loco, Ana.

Sus manos grandes subieron por sus brazos, dejando un rastro de calor. Ella sintió el pulso acelerado en su cuello, el sonido de su respiración entrecortada llenando el silencio. El deseo inicial era como una brisa cálida, suave pero insistente, avivando las brasas que habían quedado de encuentros pasados.

Acto uno apenas comenzaba: la tensión de lo no dicho, el roce accidental que no lo era, las miradas que prometían desatar el infierno.

Conversaron un rato, bebiendo vino tinto que sabía a frutos maduros y pecados. Cada sorbo era una excusa para que sus labios se rozaran al brindar. Ana sentía el líquido cálido bajar por su garganta, avivando el fuego en su vientre. Javier le contó anécdotas de su semana, pero sus ojos no dejaban de recorrer el escote de su vestido, donde sus pechos subían y bajaban con cada risa.

De pronto, él dejó la copa y la atrajo hacia sí. Sus bocas se encontraron en un beso profundo, hambriento. Lenguas danzando, saboreando el vino y la sal de sus pieles. Ana gimió bajito, un sonido gutural que vibró en su pecho. Sus manos exploraban: ella desabotonaba su camisa, sintiendo la piel caliente y suave bajo sus palmas, el latido fuerte de su corazón. Él bajaba la cremallera de su vestido, exponiendo sus hombros bronceados.

Se separaron un segundo, jadeantes. El aire estaba espeso, cargado de feromonas, el olor almizclado de su excitación mezclándose con las velas.

¡Qué rico se siente su piel contra la mía! pensó ella. Esto es pasión capítulo 47, el momento donde todo explota.

La llevaron al dormitorio, un nido de sábanas de satén negro y almohadas mullidas. Javier la recostó con gentileza, pero sus ojos ardían. Besó su cuello, lamiendo la curva sensible, haciendo que ella arqueara la espalda. El roce de su barba incipiente era delicioso rasguño contra su piel suave. Bajó por su clavícula, deteniéndose en sus senos, ahora libres del vestido. Tomó un pezón en su boca, succionando con maestría, mientras su mano masajeaba el otro. Ana jadeaba, sus uñas clavándose en su espalda, dejando marcas rojas de pasión.

¡Ay, Javier, no pares! suplicó ella, voz ronca de necesidad.

Él sonrió contra su piel. —No pienso parar, nena. Quiero comerte entera.

El medio acto escalaba: la intensidad crecía con cada caricia. Javier descendió, besando su vientre plano, inhalando el aroma dulce de su arousal. Sus dedos juguetearon con el encaje de sus panties, humedecidas ya. Ana temblaba, el sonido de su propia respiración era como olas rompiendo. Él las deslizó hacia abajo, exponiendo su sexo depilado, reluciente de jugos.

Con la lengua experta, la lamió despacio, saboreando su néctar salado-dulce. Ana gritó de placer, sus caderas moviéndose al ritmo de su boca. Insertó un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca. El squelch húmedo de sus movimientos llenaba la habitación, junto con sus gemidos ahogados.

¡Madre mía, este hombre es un dios! Cada lamida me lleva al borde, pensó Ana, luchando contra el orgasmo que amenazaba con llegar demasiado pronto.

Pero Javier conocía su cuerpo como un mapa. Frenó justo a tiempo, subiendo para besarla, dejándola probarse en sus labios. Ella lo volteó con fuerza juguetona, montándose a horcajadas. Desabrochó sus jeans, liberando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitante de deseo. La tomó en su mano, sintiendo el calor y la dureza, el precum perlado en la punta.

—Te quiero dentro de mí, carnal, murmuró ella, guiándolo a su entrada húmeda.

Se hundió en ella lentamente, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos gimieron al unísono, el sonido crudo y animal. Ana comenzó a cabalgar, sus caderas girando en círculos sensuales, sintiendo cómo la llenaba por completo. El slap de piel contra piel, el olor sudoroso y sexy, las vistas de sus cuerpos entrelazados bajo la luz de la luna que se colaba por la ventana.

Él la sujetaba por las nalgas, amasándolas, dándole nalgadas leves que resonaban con un smack juguetón. —¡Qué chingona eres, Ana! Me tienes al borde.

La tensión psicológica se entretejía: recuerdos de su primer encuentro, el miedo a que alguien los descubriera —él casado en papeles pero libre en alma, ella soltera pero cautiva de su amor—. Pero en ese momento, nada importaba salvo el ritmo creciente, los susurros sucios en mexicano puro.

Métemela más duro, pendejito, exigía ella, riendo entre jadeos.

Cambiaron posiciones: él encima, embistiéndola con fuerza controlada, sus testículos golpeando su clítoris. Ana envolvía sus piernas alrededor de su cintura, clavando talones en su espalda. El sudor perlaba sus frentes, goteando salado en sus bocas entre besos frenéticos.

El clímax se acercaba como una ola inevitable. Javier aceleró, gruñendo como bestia, mientras frotaba su clítoris con el pulgar. Ana sintió la explosión: un orgasmo que la sacudió entera, paredes internas contrayéndose alrededor de él, gritando su nombre al éxtasis. Él la siguió segundos después, derramándose dentro con rugidos profundos, llenándola de calor líquido.

Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones sincronizadas calmándose poco a poco. El afterglow era puro: pieles pegajosas de sudor y fluidos, el aroma de sexo saturando el aire, el sabor persistente en sus labios.

Javier la besó en la frente, suave ahora. —Esto fue increíble, mi vida. Pasión capítulo 47 supera a todos los anteriores.

Sí, pensó Ana, acurrucándose en su pecho. Nuestra historia sigue ardiendo, y no hay final a la vista. Solo más fuego, más deseo, más nosotros.

Durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, con la ciudad zumbando afuera como testigo silencioso de su unión. El amanecer los encontró aún unidos, listos para lo que capítulo 48 trajera.

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