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Musica de Pasion en la Piel

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Musica de Pasion en la Piel

La noche en el antro de la Condesa estaba que ardía. El aire cargado de sudor, perfume barato y ese olor dulzón a tequila reposado que se pegaba a la ropa como una promesa pecaminosa. Las luces neón parpadeaban al ritmo de la música de pasión, esa que te entra por los oídos y te sale por las venas, boleros picantes mezclados con cumbia rebajada que hacía que las caderas se movieran solas. Yo, Ana, con mi vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa callejera, me recargaba en la barra pidiendo un paloma bien fría. El hielo chocaba contra el vaso, refrescante contra el calor que subía desde mi pecho.

¿Por qué vine sola esta noche? Porque necesitaba esto, güey. Olvidarme del pinche trabajo, del ex que no valía la pena, y solo... sentir.

Entonces lo vi. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba problemas deliciosos. Se llamaba Marco, me dijo después, pero en ese momento solo era el tipo que bailaba como si el mundo se acabara. Sus ojos me atraparon desde el otro lado del salón, oscuros como el mezcal añejo. Me guiñó un ojo y se acercó, moviéndose al son de la música de pasión que retumbaba en los parlantes. Órale, este carnal sabe lo que hace, pensé mientras mi pulso se aceleraba.

—¿Bailas, preciosa? —me dijo con voz grave, extendiendo la mano. Su palma era cálida, callosa, como si trabajara con las manos todo el día. No pude decir que no. Lo seguí a la pista, donde la gente se apretujaba como en una fiesta de pueblo. Sus manos en mi cintura fueron como electricidad. El roce de sus dedos sobre la tela delgada de mi vestido me erizó la piel. Olía a colonia fresca con un toque de tabaco, y su aliento rozaba mi cuello cuando se inclinaba para susurrarme al oído.

La canción era una ranchera ardiente, de esas que hablan de amores imposibles pero que te hacen querer tirarte de cabeza. Nuestros cuerpos se pegaron, cadera con cadera, pecho contra pecho. Sentía su calor filtrándose a través de la ropa, su dureza creciente presionando contra mi muslo. Chingao, este wey me está prendiendo como yesca. Mi respiración se entrecortaba con cada giro, el sudor perlando mi escote, goteando entre mis pechos. Él me hacía dar vueltas, sus manos bajando un poquito más cada vez, hasta rozar el borde de mis nalgas. Consentí con una mirada, mordiéndome el labio. Todo era juego, deseo mutuo, sin prisas.

Después de tres rolas, nos fuimos a una mesita apartada. Pedimos chelas heladas que chorreaban condensación. Hablamos de tonterías: de la ciudad que no duerme, de tacos al pastor a las tres de la mañana, de cómo la música de pasión nos había unido esa noche. Sus ojos no se despegaban de los míos, y yo sentía un cosquilleo en el estómago, como mariposas cabronas volando a mil.

—Ven conmigo —me dijo al rato, su voz ronca por el humo y el deseo—. Mi depa está cerca, y esta música no para en mi cabeza.

Asentí, empoderada, dueña de mi noche. Salimos tomados de la mano, el aire fresco de la calle golpeándonos como un bálsamo. Caminamos unas cuadras hasta su edificio en la Roma, riéndonos de chistes pendejos. Subimos en el elevador, y ahí, solos, no aguantamos más. Sus labios cayeron sobre los míos, urgentes pero tiernos. Sabían a cerveza y a menta, su lengua explorando la mía con maestría. Mis manos en su nuca, tirando de su cabello corto, mientras él me apretaba contra la pared del elevador. El ding del piso nos separó, jadeantes, con promesas en los ojos.

Entramos a su depa, un lugar chido con posters de rock en español y una bocina bluetooth que inmediatamente conectó a su cel. Puso música de pasión suave, un playlist de baladas mexicanas que llenó el aire de romanticismo caliente. Las luces tenues pintaban sombras en su torso cuando se quitó la camisa. Sus músculos se contraían con cada movimiento, piel morena brillando bajo la lamparita. Lo miré, hambrienta. Este cuerpo es mío esta noche.

Me desabrochó el vestido con dedos temblorosos de anticipación, deslizándolo por mis hombros. El aire fresco besó mi piel desnuda, mis pezones endureciéndose al instante. Él gimió bajito, "Qué chingona estás, Ana", y me levantó en brazos como si no pesara nada. Me llevó a la cama king size, sábanas frescas oliendo a lavanda. Nos tendimos, piel con piel, explorándonos con besos lentos. Sus labios bajaron por mi cuello, lamiendo el sudor salado, mordisqueando mi clavícula hasta que arqueé la espalda.

Mi mano bajó por su pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón, los abdominales duros bajo mis uñas. Llegué a su pantalón, desabroché el cinto con un chasquido metálico. Su verga saltó libre, gruesa, palpitante, con una gota de presemen brillando en la punta. La tomé, suave al principio, sintiendo su calor en mi palma, la vena latiendo contra mi pulgar. Él gruñó, un sonido animal que me mojó entre las piernas. Sí, justo así, cabrón.

Marco se posicionó entre mis muslos, besando mi interior, su aliento caliente contra mi clítoris hinchado. Lamidas expertas, círculos con la lengua que me hacían retorcer. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su colonia. Metió dos dedos, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas. Grité su nombre, mis caderas subiendo para encontrar su boca. El placer subía en olas, tensión acumulándose en mi vientre como una tormenta.

—Te quiero adentro —le rogué, voz entrecortada.

Se colocó encima, frotando su punta contra mis labios húmedos, untándose de mis jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome por completo. Nuestros gemidos se mezclaron con la música de pasión de fondo, un bolero que hablaba de entrega total. Empezó a moverse, lento al principio, profundo, sus pelotas golpeando mi culo con cada embestida. Aceleró, el sonido de piel contra piel rítmico, sudoroso. Mis uñas en su espalda, dejando marcas rojas. Él chupaba mis tetas, mordiendo los pezones, enviando chispas directo a mi coño.

No pares, no pares, me voy a venir. La tensión creció, mis músculos apretándolo, el orgasmo rompiéndome en pedazos. Grité, olas de placer sacudiéndome, mi jugo empapando las sábanas. Él siguió, gruñendo, hasta que se tensó, llenándome con chorros calientes, su semen goteando fuera de mí.

Colapsamos, jadeantes, envueltos en el olor a sexo y pasión. Su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su cabello húmedo. La música seguía sonando bajito, un eco de nuestra noche. Hablamos en susurros, de lo chido que había sido, de repetirla. No hubo promesas, solo satisfacción pura, empoderadora.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos despedimos con un beso largo. Salí a la calle, piernas flojas pero alma llena. La música de pasión aún resonaba en mi cabeza, un recuerdo tatuado en la piel.

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