Novela La Pasión de Isabela
El sol de la tarde caía a plomo sobre las calles empedradas de Coyoacán, tiñendo todo de un naranja ardiente que hacía que el aire oliera a jazmines frescos y a pan dulce recién horneado. Isabela caminaba con ese contoneo natural que volvía locos a los vatos del barrio, su falda ligera ondeando contra sus muslos morenos. Llevaba en la mano un café helado, gotas de condensación resbalando por el vaso como promesas de algo más fresco y húmedo. Hacía semanas que no sentía esa cosquilla en el estómago, esa hambre que no se sacia con tacos al pastor ni con Netflix.
Entró al café La Esquina del Arte, su lugar favorito, donde el aroma a café de chiapas se mezclaba con el humo dulce de los cigarros electrónicos. Se sentó en una mesa junto a la ventana, sacó su libreta y empezó a garabatear. Novela La Pasión de Isabela, escribió en la primera página en blanco, imaginando las palabras cobrando vida como fuego en su piel.
¿Y si esta vez dejo que la pasión me queme de verdad? No solo en la página, sino aquí, en mi cuerpo que grita por ser tocado.
Ahí fue cuando lo vio. Marco, con su camisa de lino blanca pegada al pecho por el sudor, ojos negros como el chocolate amargo que tanto le gustaba. Se acercó con una sonrisa pícara, esa que dice neta, carnala, te vi y ya valió.
—Órale, güerita, ¿ese asiento está ocupado o qué? —dijo él, voz ronca como gravel mezclado con tequila.
Isabela levantó la vista, su corazón latiendo fuerte contra las costillas. Olía a colonia barata pero sexy, a hombre que trabaja con las manos. —Siéntate, wey. Pero no me robes el café.
Hablaron de todo y nada: del tráfico chingo en Insurgentes, de cómo el mole de olla le recordaba a la casa de la abuela, de sueños que no se cumplen. Pero entre líneas, la tensión crecía. Sus rodillas se rozaron bajo la mesa, un toque eléctrico que le erizó la piel. Él la miró fijo, y ella sintió el calor subirle por el cuello, imaginando esas manos grandes en sus chichis.
—Neta, Isabela, tienes una vibra que me prende. Como si fueras la protagonista de una de esas novelas calientes que leen las morras en el camión.
Ella rio, bajito, juguetona. —¿Novela? Ja, estoy escribiendo una. Se llama Novela La Pasión de Isabela. Sobre una chava que se lanza sin red.
Él se inclinó más cerca, su aliento cálido rozándole la oreja. —¿Y ya tiene final feliz? Porque yo podría ser el galán que te ayude a escribirlo.
El deseo era un nudo en su vientre, apretado y dulce. Salieron del café tomados de la mano, el sol ya bajando, pintando el cielo de rosa y violeta. Caminaron hasta su depa en la colonia, un loft chulo con vistas al parque, paredes blancas y sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda.
Adentro, la puerta se cerró con un clic que sonó como el disparo de salida. Marco la acorraló contra la pared, suave pero firme, sus labios rozando los de ella sin besarla aún. —Dime si quieres parar, mi reina.
—Ni madres, pendejo. Quiero todo. —susurró ella, voz temblorosa de anticipación.
Acto uno cerrado, el beso explotó. Lenguas danzando, sabor a café y menta, manos explorando. Él le quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus chichis se liberaron, pezones duros como piedras de obsidiana, y él los lamió con devoción, succionando hasta que ella gimió, arqueando la espalda. El sonido de su respiración agitada llenaba el cuarto, mezclado con el lejano rumor de la ciudad.
Isabela lo empujó al sofá, queriendo tomar el control. Le desabrochó el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tocó con dedos curiosos, sintiendo el calor, la dureza que la hacía mojarse entre las piernas. —Qué chingona está esta madre, pensó, mientras la lamía desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su excitación.
Esto es lo que escribía en mi novela. La pasión de Isabela, real, cruda, mía.
Él gruñó, manos enredadas en su pelo negro. —¡Ay, cabrona, me vas a matar!
La levantó en brazos, fuerte como un toro de la plaza, y la llevó a la cama. La desvistió por completo, admirando su cuerpo curvilíneo, la curva de sus caderas, el triángulo oscuro de su panocha ya brillante de jugos. Se tendió entre sus piernas, inhalando su aroma almizclado, femenino, adictivo. Su lengua encontró el clítoris, hinchado y sensible, lamiéndolo en círculos lentos. Isabela jadeaba, uñas clavadas en las sábanas, caderas moviéndose al ritmo de su boca. El placer subía en olas, tenso, interminable.
—Más, Marco, no pares, wey...
Él introdujo dos dedos, curvándolos dentro de ella, tocando ese punto que la hacía ver estrellas. Estaba empapada, resbaladiza, chorreando placer. Ella gritó cuando el primer orgasmo la golpeó, cuerpo convulsionando, gusto metálico en la boca.
Pero no era suficiente. Lo quería dentro. Lo montó, guiando su verga a su entrada, bajando despacio, centímetro a centímetro. La llenaba perfecto, estirándola, rozando cada nervio. Empezó a cabalgar, chichis rebotando, sudor perlando sus cuerpos. Él la sujetaba por las nalgas, amasándolas, metiendo un dedo en su ano para más placer. Los sonidos eran obscenos: carne contra carne, fluidos chapoteando, gemidos roncos.
—¡Qué rico te sientes, Isabela! Tan apretada, tan caliente...
Ella aceleró, persiguiendo el pico, sus paredes internas apretándolo como un puño. El clímax llegó juntos: él se corrió profundo, chorros calientes inundándola, mientras ella explotaba de nuevo, visión borrosa, grito ahogado en su cuello.
Colapsaron, enredados, piel pegajosa de sudor y semen. El aire olía a sexo puro, a ellos. Marco la besó suave, trazando patrones en su espalda. —Eres increíble, mi amor.
Isabela sonrió, saciada, el corazón lleno. Miró su libreta en la mesita, abierta en Novela La Pasión de Isabela.
Ahora sí tengo el final. No perfecto, pero real. Y qué chido se siente.
Se quedaron así hasta que la noche los envolvió, con promesas de más capítulos, más pasión. Porque la vida, como su novela, apenas empezaba.