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Abismo de Pasion Capitulo 82

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Abismo de Pasion Capitulo 82

La noche en Puerto Vallarta envolvía la villa como un manto de terciopelo negro, con el rumor constante del mar chocando contra la playa privada. Ana se paseaba por la terraza, el aire salado pegándose a su piel olivácea, mientras el aroma de jazmines silvestres se mezclaba con el leve dulzor de su perfume. Llevaba un vestido ligero de gasa roja que se adhería a sus curvas como una caricia prohibida, y su corazón latía con esa anticipación que solo él provocaba. Marco había estado fuera por semanas, en un viaje de negocios a la Ciudad de México, y cada mensaje de texto había avivado el fuego que ardía en su vientre.

¿Cuánto más puedo esperar? pensó Ana, mordiéndose el labio inferior mientras miraba el horizonte oscuro. Recordaba sus noches juntos, esos momentos en que se perdían en un abismo de pasion, como si fueran capítulos de una novela interminable. Este sería el capitulo 82 de su historia secreta, el que prometía ser el más intenso.

El sonido de llantas sobre la grava la sacó de su ensimismamiento. La puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba él: Marco, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que la desarmaba. Vestía una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, revelando el vello oscuro que ella adoraba recorrer con las yemas de los dedos. Olía a colonia fresca y a avión, un contraste embriagador con el salitre marino.

Mi reina —murmuró él, acercándose con pasos lentos, como un depredador saboreando la caza—. Te extrañé tanto que casi me regreso en el avión.

Ana se lanzó a sus brazos, sintiendo el calor de su cuerpo duro contra el suyo. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con urgencia, el sabor a menta de su boca mezclándose con el suyo propio, ligeramente salado por el viento. Las manos de Marco bajaron por su espalda, apretando sus nalgas con posesión juguetona.

—No seas pendejo, Marco —susurró ella entre besos, riendo bajito—. Me tuviste aquí, toda caliente y sola, pensando en ti.

Él la levantó en vilo, llevándola adentro de la villa iluminada por velas titilantes. La depositó en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que crujieron bajo su peso. Sus ojos oscuros la devoraban, recorriendo el escote profundo donde sus pechos subían y bajaban con agitación.

Quiero comértela entera, Ana. Cada pedacito de ti.

La tensión inicial se disipaba en un mar de caricias. Marco se arrodilló frente a ella, deslizando el vestido por sus hombros, exponiendo la lingerie de encaje negro que compró pensando en él. El roce de la tela contra su piel erizada envió chispas por su espina dorsal. Él besó su clavícula, bajando lentamente hasta el valle entre sus senos, inhalando su aroma almizclado de mujer excitada.

Qué chula estás, nena —gruñó, su voz ronca como grava—. Me vuelves loco.

Ana arqueó la espalda, gimiendo cuando sus labios capturaron un pezón endurecido a través del encaje. El sonido de su succión húmeda llenaba la habitación, mezclado con su respiración entrecortada. Sus manos exploraban, una enredándose en su cabello negro mientras la otra bajaba por su abdomen plano, deteniéndose en el borde de sus bragas empapadas.

El deseo crecía como una ola imparable. Ana lo empujó hacia atrás, invirtiendo posiciones con una sonrisa traviesa. Se sentó a horcajadas sobre él, sintiendo la dureza de su erección presionando contra su centro ardiente. Desabotonó su camisa con dedos temblorosos, revelando el torso musculoso que tantas veces había lamido. El sabor salado de su piel la enloquecía; lo besó allí, trazando la línea de vello que bajaba hasta su pantalón.

—Te quiero dentro de mí, carnal —jadeó ella, desabrochando su cinturón con urgencia. El zipper bajó con un zumbido metálico, y su miembro saltó libre, grueso y palpitante, coronado de una gota perlada que ella lamió con deleite. Marco siseó, sus caderas elevándose involuntariamente.

En el medio de su danza erótica, los recuerdos afloraron. Hablaron entre besos, confesando anhelos. Él le contó cómo se masturbaba en el hotel pensando en su boca; ella admitió usar el vibrador que él le regaló, imaginando sus embestidas. Cada palabra avivaba el fuego, rompiendo barreras emocionales. Ana sintió una lágrima de emoción rodar por su mejilla —no de tristeza, sino de esa conexión profunda que los unía más allá de lo físico.

Marco la volteó con gentileza, posicionándola de rodillas sobre la cama. El colchón se hundió bajo ellos, y el aire se cargó con el olor almizclado de su excitación mutua. Entró en ella de un solo movimiento fluido, llenándola por completo. Ana gritó de placer, el estiramiento delicioso enviando ondas de éxtasis por su cuerpo. Sus caderas chocaban con un ritmo primitivo, piel contra piel en un slap slap húmedo que resonaba como tambores.

¡Ay, Dios, qué rico! —gimió ella, clavando las uñas en las sábanas. Él la sujetaba por las caderas, embistiendo profundo, rozando ese punto dentro de ella que la hacía ver estrellas. El sudor perlaba sus cuerpos, goteando y mezclándose, mientras el mar afuera rugía en sintonía con sus jadeos.

Esto es nuestro abismo, Ana. Caemos juntos, y no quiero salir nunca.

La intensidad escalaba. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo con furia, sus pechos rebotando hipnóticamente. Marco la observaba embelesado, sus manos amasando su trasero redondo. El roce de su clítoris contra su pubis la llevó al borde; mordió su hombro para ahogar el grito cuando el orgasmo la atravesó como un rayo, contracciones pulsantes ordeñando su verga.

Él no se detuvo, volteándola de nuevo para penetrarla misionero, sus ojos clavados en los de ella. El contacto visual era eléctrico, íntimo. —Vente conmigo, mi amor —suplicó Ana, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura. Marco aceleró, gruñendo como un animal, hasta que explotó dentro de ella con un rugido gutural, chorros calientes inundándola mientras su propio clímax secundario la sacudía de nuevo.

Colapsaron juntos, un enredo de miembros sudorosos y respiraciones agitadas. El afterglow los envolvió como una manta tibia. Marco la besó en la frente, trazando círculos perezosos en su espalda.

—Este capitulo 82 fue épico, ¿verdad? —dijo él, riendo bajito.

Ana sonrió, acurrucándose contra su pecho, escuchando el latido constante de su corazón. —El mejor de nuestro abismo de pasion. Pero ya quiero el 83.

La noche se extendió en paz, con el mar susurrando promesas de más capítulos por venir. En ese momento, nada más importaba: solo ellos, su conexión eterna, sellada en éxtasis compartido.

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