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La Pasión Ardiente de la Película La Pasión de Cristo con Mel Gibson

7150 palabras

La Pasión Ardiente de la Película La Pasión de Cristo con Mel Gibson

Era una noche de viernes en mi depa de la Condesa, con la lluvia repiqueteando contra las ventanas como si el cielo se estuviera desahogando. Yo, Ana, estaba recargada en el hombro de mi carnal, Marco, mientras el olor a pozole que habíamos cenado todavía flotaba en el aire. Habíamos estado saliendo por unos meses, pero últimamente el trabajo nos tenía bien estresados, y la chispa sexual andaba medio apagada. Qué chido sería encenderla de nuevo, pensé, mientras Marco navegaba por Netflix con el control remoto.

"Órale, mira esto", dijo él con esa voz grave que me ponía la piel chinita. "¿Quieres ver la película La Pasión de Cristo con Mel Gibson? La vi hace años y me dejó marcado". Yo asentí, curiosa. No era fan de las películas religiosas, pero algo en la intensidad de Mel Gibson siempre me había intrigado. Apagamos las luces, nos acurrucamos bajo una cobija suave, y le dimos play. La pantalla se iluminó con esa Jerusalén antigua, el polvo del desierto oliéndose casi a través de la tele, y el latido de mi corazón empezó a acelerarse sin razón.

Desde el principio, la película nos envolvió como un sudario caliente. Los sonidos de los latigazos crujían en los bocinas, secos y dolorosos, haciendo que mi piel se erizara. Marco se movió inquieto a mi lado, su muslo rozando el mío, cálido y firme.

"Puta madre, qué gráfica está esta mierda", murmuró él, y su aliento me rozó la oreja, oliendo a chela Corona.
Yo sentí un cosquilleo entre las piernas, inesperado. La pasión de Jesús, ese sufrimiento redentor, se mezclaba con algo más primitivo en mi cabeza. Miré a Marco de reojo: sus ojos fijos en la pantalla, la mandíbula tensa, y su mano descansando en mi rodilla, apretando sutilmente.

A medida que avanzaba la película, la tensión crecía como una tormenta. Las escenas de la flagelación eran brutales: la carne abriéndose, la sangre chorreando, los gemidos ahogados. Pero en lugar de repulsión, sentí un calor subiendo por mi vientre. ¿Por qué carajos me excita esto?, me pregunté, mientras mi chichi se ponía duro contra el brasier. Marco notó mi respiración agitada. Su mano subió despacito por mi muslo, trazando círculos con los dedos callosos de tanto gym. El roce era eléctrico, como si cada poro de mi piel despertara.

"¿Estás bien, mi reina?", susurró, su voz ronca. Yo giré la cara, nuestros labios casi tocándose. El olor de su sudor fresco se mezclaba con el mío, un aroma almizclado que gritaba deseo. "Sí, pero esta película me está poniendo... caliente", confesé, sintiendo mis mejillas arder. Él sonrió picoso, ese hoyuelo en la mejilla que me derretía. "A mí también. Mira cómo Mel Gibson lo transmite todo, esa pasión cruda". Su mano se coló bajo mi falda, rozando el encaje de mis calzones, ya húmedos. Gemí bajito, el sonido perdido en los gritos de la crucifixión.

La escena del vía crucis nos tenía al borde. Jesús cargando la cruz, tropezando, la multitud rugiendo. Marco me jaló más cerca, su erección presionando contra mi cadera, dura como piedra a través del pantalón. Lo besé con hambre, saboreando su lengua salada, mientras mis dedos se enredaban en su pelo negro revuelto. La película seguía rodando, pero ya no la veíamos del todo. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando suave, enviando chispas directo a mi clítoris. "Quítate eso, pendejito", le dije juguetona, tirando de su playera. Él se la sacó de un jalón, revelando ese pecho moreno y musculoso que tanto me gustaba lamer.

Nos recostamos en el sofá, la cobija cayendo al piso. El aire estaba cargado de nuestro aroma: sudor, excitación, un toque de mi perfume floral. Marco me desvistió lento, como si saboreara cada centímetro de piel expuesta. Sus labios capturaron mi pezón, chupando con succiones rítmicas que me hacían arquear la espalda. ¡Qué rico! El placer era agudo, punzante, como los clavos en la cruz de la pantalla. Yo bajé la mano a su bragueta, liberando su verga gruesa, palpitante. La piel aterciopelada sobre venas hinchadas, el glande brillando con pre-semen. La apreté, sintiendo el pulso acelerado, y él gruñó contra mi piel.

"Te quiero adentro ya", jadeé, guiándolo hacia mi entrada húmeda. Pero él se resistió, juguetón. "No tan rápido, mi amor. Vamos a hacer que dure, como esa pasión eterna en la película". Me abrió las piernas, su aliento caliente sobre mi panocha depilada. La lengua de Marco era un torbellino: lamiendo mi clítoris en círculos lentos, luego chupando mis labios mayores, saboreando mis jugos dulces y salados. El sonido era obsceno, chapoteante, mezclado con mis gemidos que subían de tono.

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, pensé, mientras mis caderas se mecían solas, persiguiendo su boca.

La intensidad escalaba. En la tele, Jesús era clavado en la cruz, el martillo golpeando ecoando en la habitación. Marco se posicionó entre mis muslos, frotando su verga contra mi rendija resbalosa. Nuestros ojos se clavaron, llenos de fuego. "¿Estás lista?", preguntó, y yo asentí, mordiéndome el labio. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome por completo. ¡Ay, cabrón! El placer era abrumador, una mezcla de dolor dulce y éxtasis puro.

Empezamos a movernos, un ritmo sincronizado como amantes antiguos. Sus embestidas profundas, yo clavando las uñas en su espalda, dejando marcas rojas. El sofá crujía bajo nosotros, el slap-slap de piel contra piel más fuerte que la banda sonora de la película. Sudábamos a chorros, gotas resbalando por su pecho hasta mi vientre, lubricando todo. Lo besé feroz, saboreando el salado de su piel, mientras él me susurraba guarradas al oído: "Estás tan chingona, mi reina, apriétame más". Yo obedecí, contrayendo mis paredes internas, ordeñándolo.

El clímax se acercaba como la muerte en la cruz. Marco aceleró, sus bolas golpeando mi culo, el olor de sexo impregnando el aire. Yo frotaba mi clítoris contra su pubis, ondas de placer acumulándose. ¡Ya! Grité cuando exploté, mi coño convulsionando alrededor de él, jugos chorreando. Él me siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes y espesos. Colapsamos juntos, jadeantes, cuerpos temblando en el afterglow.

La película seguía, ahora en la resurrección, pero nosotros nos miramos sonriendo, exhaustos y satisfechos. Marco me besó la frente, su mano acariciando mi pelo húmedo. "Quién iba a pensar que la película La Pasión de Cristo con Mel Gibson nos iba a desatar así", dijo riendo bajito. Yo suspiré, sintiendo su semen goteando entre mis piernas, un recordatorio cálido. Esta pasión nuestra es eterna, pensé, mientras nos abrazábamos bajo la lluvia que no paraba afuera. La noche acababa de empezar, pero ya éramos redimidos en nuestro propio paraíso carnal.

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