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Como Saber Cual Es Tu Pasion Oculta

6635 palabras

Como Saber Cual Es Tu Pasion Oculta

Estabas sentada en esa sala medio iluminada de un coworking en la Condesa, con el olor a café recién molido flotando en el aire y el bullicio de la ciudad colándose por las ventanas abiertas. ¿Cómo saber cuál es tu pasión? Esa pregunta te había estado carcomiendo desde hace meses, wey. La chamba en la agencia de publicidad te tenía hasta la madre, saliendo cansada y sin chiste, sintiendo que la vida se te escapaba como arena entre los dedos. Por eso te inscribiste a este taller, "Cómo Saber Cuál Es Tu Pasión", un rollo de autoayuda con toques de coaching que prometía respuestas. Neta, estabas escéptica, pero algo te jalaba.

El instructor entró como si fuera el mero mero: Alex, moreno, con ojos cafés intensos que te clavaban sin piedad, camisa ajustada marcando pecho y brazos que gritaban gym. "¡Órale, carnales! Hoy vamos a desenterrar esa pasión que traen adentro", dijo con voz grave, ronca, que te erizó la piel. Te sentaste al frente, porque ¿por qué no? Sus manos grandes gesticulando, el aroma sutil de su colonia amaderada mezclándose con el tuyo de vainilla. Durante la primera hora, ejercicios de respiración, visualizaciones. Cerraste los ojos y sentiste su presencia cerca, como un calor que se colaba por tu blusa ligera.

En el break, se acercó.

"¿Y tú, qué? ¿Ya sabes cómo saber cuál es tu pasión o nomás vienes a ver cómo pasa el rato?"
Su sonrisa pícara, dientes blancos reluciendo, te hizo reír nerviosa. Puta madre, qué chido está este wey, pensaste, mientras platicaban de la CDMX, de tacos al pastor y noches locas en la Roma. La química era innegable: roces casuales de brazos, miradas que duraban un segundo de más. Al final del taller, te dio su tarjeta. "Si quieres una sesión privada, avísame. A veces la pasión se descubre uno a uno". Tu pulso se aceleró, el corazón latiéndote en las sienes como tamborazo.

Esa noche, en tu depa de Polanco, no pegaste ojo. El recuerdo de su voz te hacía apretar las piernas bajo las sábanas de algodón fresco. ¿Y si es él mi pasión? ¿O nomás un calentón pasajero? Al día siguiente, le mandaste WhatsApp. Quedaron para su casa en la Narvarte, un loft chido con plantas y luz natural. Llegaste con jeans ajustados y top escotado, el estómago revuelto de nervios y anticipación. Él abrió la puerta en playera y shorts, sudor leve brillando en su cuello por el calor de la tarde.

"Pásale, güera. Vamos a ir al fondo", dijo guiñándote. La sala olía a palo santo quemado, música chill de Nortec Collective de fondo, baja y sensual. Empezaron con el ejercicio del taller: ojos cerrados, manos en el pecho, respirando profundo. Pero esta vez, sus dedos rozaron los tuyos al colocarte la mano. Su piel áspera, cálida, enviando chispas directo a tu entrepierna.

"Dime qué sientes. ¿Calor? ¿Un cosquilleo?"
Asentiste, voz temblorosa. "Neta, esto es cómo saber cuál es tu pasión: prestar atención al cuerpo".

La cosa escaló despacio, como buena salsa. Te pidió que te recostaras en el sofá de cuero suave, él arrodillado a tu lado. Masaje en hombros primero, pulgares hundiéndose en nudos, liberando tensiones que no sabías traías. Gemiste bajito cuando bajó a la espalda, levantándote la blusa. Su aliento caliente en tu nuca, olor a hombre puro, mezclado con el tuyo de excitación que empezaba a perfumar el aire. Esto se siente tan chingón, tan correcto. Te volteó, ojos en los tuyos, pidiendo permiso con la mirada. Asentiste, mordiéndote el labio.

Sus labios cayeron sobre los tuyos, suaves al principio, luego hambrientos. Lengua explorando, sabor a menta y algo salado, manos grandes subiendo por tus muslos, apretando carne. Te quitó el top con delicadeza, besando cuello, clavícula, bajando a pechos. "¿Esto es tu pasión? Dime", murmuró contra tu piel, voz ronca vibrando. Arqueaste la espalda, uñas clavándose en su espalda musculosa, sintiendo el sudor perlándose en ambos. Olía a deseo crudo, a feromonas mexicanas puras. Desabrochaste su playera, lamiendo su pecho salado, bajando a abdomen marcado.

La intensidad subió como volcán. Te cargó al cuarto, cama king size con sábanas revueltas, luz tenue de lámparas. Te desnudó despacio, admirando cada curva. Sus ojos devorándome, haciendo que me sienta diosa. Recorrió tu cuerpo con besos: ombligo, caderas, interior de muslos temblorosos. Cuando su lengua tocó tu centro, explotaste en jadeos. "¡Ay, wey! ¡Sí, así!" Humedad chorreando, sabor dulce salado en su boca cuando subió a besarte. Manos tuyas en su verga dura, palpitante, piel aterciopelada sobre acero. La acariciaste, oyendo sus gruñidos bajos, guturales.

Se puso condón con prisa, pero sin rudeza. Entró despacio, llenándote centímetro a centímetro, estirándote delicioso. ¡Puta madre, esto es el cielo! Ritmo lento al principio, caderas chocando suaves, piel contra piel resbalosa de sudor. Aceleró, embestidas profundas, golpeando ese punto que te volvía loca. Gemidos mezclados con el slap slap de cuerpos, olor a sexo invadiendo la habitación, sábanas enredándose. Lo montaste después, control total, rebotando, pechos saltando, sus manos en tu culo apretando. "¡Muévete, morra! ¡Muéstrame tu pasión!" Gritaste su nombre, venida rompiéndote en olas, contrayéndote alrededor de él hasta que explotó, rugiendo, cuerpo temblando bajo el tuyo.

Quedaron jadeando, enredados, piel pegajosa enfriándose. Su mano acariciando tu cabello húmedo, besos suaves en frente. Esto no era solo sexo; era descubrimiento.

"¿Ya supiste cómo saber cuál es tu pasión?"
, preguntó riendo bajito. Sonreíste, exhausta, satisfecha. "Neta, wey, mi pasión es esto: sentirme viva en tus brazos, entregarme sin miedos". Se quedaron platicando horas, tacos por delivery, risas y caricias. Al amanecer, saliste con el cuerpo adolorido chido, alma llena. Ya no te sentías perdida; sabías que la pasión se encuentra en los momentos que te hacen vibrar, en el tacto que enciende fuego.

Desde entonces, cada encuentro con Alex era una lección más. Talleres privados que terminaban en éxtasis, explorando límites con confianza mutua. Aprendiste que cómo saber cuál es tu pasión no es con listas ni libros, sino dejando que el cuerpo hable, que el deseo guíe. Y en la CDMX caótica, encontraste tu centro: el placer compartido, el amor carnal que te hace reina.

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