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Floreria Amor y Pasion

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Floreria Amor y Pasion

El aroma dulce de las rosas rojas y las gardenias flotaba en el aire de mi Florería Amor y Pasion, ese rinconcito mágico en el corazón de Coyoacán donde cada pétalo parecía susurrar secretos de deseo. Yo, Ana, con mis veintiocho años y curvas que volvían locos a los clientes habituales, arreglaba un ramo de claveles cuando la campanita de la puerta tintineó. Entró él, Javier, alto moreno con ojos cafés que brillaban como el tequila bajo la luna llena. Llevaba una camisa ajustada que marcaba sus pectorales y un jean que abrazaba sus caderas de forma pecaminosa.

Órale, qué chulo, pensé mientras lo veía acercarse al mostrador, su colonia fresca mezclándose con el perfume floral. "Buenas tardes, preciosa. Necesito flores para mi jefaza, algo que le saque una sonrisa", dijo con esa voz grave que me erizó la piel. Le recomendé unas margaritas amarillas, las favoritas en México para alegrar el alma. Nuestros dedos se rozaron al pasarle el ramo y sentí un chispazo, como si el aire se cargara de electricidad.

¿Por qué este pendejo me pone así de nerviosa? Neta, Ana, contrólate
, me regañé en silencio.

Los días siguientes fueron una tortura deliciosa. Javier regresaba casi a diario, ora con excusas de regalos para su mamá, ora inventando motivos para charlar. Hablábamos de todo: de la comida callelosa que amábamos, los tacos al pastor con piña que nos volvían locos, las serenatas rancheras que poníamos en la radio. Él era carpintero, con manos callosas que imaginaba recorriendo mi cuerpo. Yo le contaba de mi sueño de expandir la florería, de cómo las flores eran como el amor, frágiles pero intensas. Cada roce accidental, cada mirada prolongada, avivaba el fuego en mi vientre. El calor de la tarde mexicana se colaba por las ventanas abiertas, mezclándose con el sudor ligero en su cuello que yo anhelaba lamer.

Una viernes al atardecer, con el sol tiñendo de naranja las fachadas coloniales de la colonia, Javier entró cuando ya estaba por cerrar. "Ana, no pude dejar de pensar en ti todo el día", confesó, su aliento cálido rozando mi oreja mientras se acercaba demasiado. Mi corazón latía como tamborazo en fiesta. Esto es, carnal, me dije. Lo invité a pasar al taller trasero, donde los arreglos pendientes esperaban bajo la luz tenue de una lámpara. El suelo crujía bajo nuestros pies, pétalos sueltos pegándose a mis sandalias. Sus manos fuertes tomaron mi cintura, atrayéndome contra su pecho duro. Olía a madera fresca y hombre deseoso.

"¿Quieres esto tanto como yo?", murmuró, sus labios a un suspiro de los míos. Asentí, perdida en sus ojos. Nuestros bocas se unieron en un beso hambriento, lenguas danzando como en un baile de salón prohibido. Sabía a café y a promesas calientes. Sus dedos se enredaron en mi cabello negro, tirando suave para arquear mi cuello, besándome ahí con succiones que me arrancaron gemidos.

¡Ay, Diosito! Este wey me va a volver loca
. Desabroché su camisa, revelando piel bronceada y músculos que tensé con mis uñas. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi centro.

Lo empujé contra la mesa de trabajo, donde ramos a medio armar nos rodeaban como testigos mudos. Javier me levantó la blusa floreada, exponiendo mis senos plenos al aire perfumado. Sus labios capturaron un pezón, chupando con devoción mientras su mano libre bajaba mi falda. Sentí su erección presionando mi muslo, dura como tronco de mezquite. "Eres tan rica, Ana, tan mojada ya", susurró al deslizar sus dedos en mi tanga empapada. Jadeé cuando me penetró con dos dedos, curvándolos para rozar ese punto que me hacía temblar. El sonido húmedo de mi excitación llenaba el cuarto, mezclado con nuestro jadeo entrecortado.

Caímos sobre un colchón de pétalos suaves que improvisé para emergencias. Rosas rojas se pegaban a nuestra piel sudorosa, su fragancia embriagadora intensificando cada caricia. Javier se arrodilló entre mis piernas, besando mi interior con lengua experta. Lamía mi clítoris hinchado, succionando como si fuera el néctar más dulce. Grité su nombre, mis caderas ondulando contra su boca. Neta, nunca me habían comido así de bien. El orgasmo me golpeó como ola en Acapulco, mi cuerpo convulsionando, jugos cubriendo su barbilla.

No esperé. Le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y el pulso acelerado. "Te la chupo hasta que ruegues, papi", le dije juguetona, con esa picardía mexicana que nos sale natural. Lo engullí, saboreando su piel salada, mi lengua girando en la cabeza sensible. Él embestía suave en mi boca, gimiendo "¡Qué rico, mami! No pares". Pero lo detuve, queriendo más. Me monté sobre él, guiando su miembro a mi entrada resbaladiza. Nos unimos en un empalme perfecto, yo gimiendo al sentirlo llenarme por completo.

Cabalgaba con ritmo sensual, mis senos rebotando, pétalos volando a cada embestida. Javier me aferraba las nalgas, azotando leve para avivar el fuego. "¡Más duro, cabrón!", le pedí, y él obedeció, clavándome desde abajo con fuerza controlada. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, el aroma de sexo crudo mezclándose con jazmines. Sudor corría por su torso, yo lo lamía, probando su esencia varonil. La tensión crecía, espirales de placer enroscándose en mi útero.

Me volteó, poniéndome a cuatro patas entre lirios blancos. Entró de nuevo, profundo, su vientre golpeando mi trasero. Cada estocada rozaba mi G, enviando chispas por mi espina. "Te amo así, Ana, salvaje y mía", gruñó, una mano en mi clítoris frotando en círculos. El clímax nos alcanzó juntos: yo gritando en éxtasis, él derramándose dentro con rugidos roncos, caliente y abundante. Colapsamos enredados, pétalos pegados a nuestra piel pegajosa, respiraciones agitadas calmándose poco a poco.

Después, recostados en ese lecho floral improvisado, Javier me acunó, besando mi frente. "Esto fue más que pasión, fue amor en tu florería", dijo suave. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho.

Quién iba a decir que entre flores nacería algo tan intenso
. Afuera, la noche mexicana cantaba con grillos y vendedores ambulantes lejanos. Nos vestimos lento, robándonos besos, prometiendo más noches así. Al salir, el cartel de Florería Amor y Pasion brillaba bajo la luna, testigo de nuestro secreto ardiente.

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