Para Que Son Pasiones Antonio Aguilar
La noche caía suave sobre la hacienda en las afueras de Guadalajara, con ese calor pegajoso que invita a quitarse la ropa poco a poco. Yo, Lupita, estaba en la sala amplia, con el piso de ladrillo rojo brillando bajo la luz tenue de las lámparas de talavera. Ramón, mi carnal de toda la vida, el que me hacía temblar con solo una mirada, acababa de poner el viejo tocadiscos. Para qué son pasiones Antonio Aguilar, esa ranchera ronca y profunda, empezó a sonar desde los altavoces, llenando el aire con su voz de charro eterno.
Yo me recargué en el sillón de piel, con mi vestido floreado ceñido al cuerpo, sintiendo cómo el tequila reposado me calentaba las venas. Ramón se acercó bailando, con su camisa blanca desabotonada hasta el pecho moreno, oliendo a jabón de lavanda y a ese sudor varonil que tanto me gustaba.
¿Para qué son pasiones, güey, si no es para quemarse vivos?pensé, mientras él me tendía la mano.
—Ven, mi reina, baila conmigo —me dijo con esa voz grave, como si fuera el mismo Antonio Aguilar resucitado.
Me levanté, y nuestros cuerpos se pegaron al ritmo del corrido. Sus manos grandes en mi cintura, el roce de su pecho contra mis tetas, que ya se endurecían bajo la tela. El aroma del tequila en su aliento se mezclaba con el de la tierra mojada afuera, después de la lluvia vespertina. Sentí su verga endureciéndose contra mi panza, y un cosquilleo me subió por las piernas.
La canción seguía: para que son pasiones si no es para gozarlas hasta el fondo. Ramón me giró, y su boca rozó mi cuello, mandándome chispas por la espina. Este pendejo sabe cómo prenderme, me dije, mientras mis manos bajaban por su espalda musculosa, apretando ese culo firme que tanto me volvía loca.
El deseo empezó como un fuego lento. Nos movíamos pegaditos, mis caderas ondulando contra las suyas, el sonido de la ranchera ahogando nuestros jadeos primeros. Él me besó, un beso hambriento, con lengua juguetona que sabía a tequila y a promesas calientes. Mis labios se hincharon al instante, y le mordí suave el de abajo, saboreando su sal.
—Estás cañón esta noche, Lupita —murmuró contra mi oreja, su aliento caliente erizándome la piel.
Lo jalé hacia el sofá, donde caímos riendo, pero el riso se convirtió en gemidos cuando sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido hasta la cintura. No traía calzones, para qué, si sabía que esto iba a pasar. Sus dedos encontraron mi chocha ya mojada, resbalosa de ganas, y yo arqueé la espalda, oliendo mi propio aroma de hembra en celo mezclándose con el cuero del sillón.
En el tocadiscos, la voz de Antonio Aguilar seguía retumbando, como si aprobara nuestro pecado. Ramón se arrodilló entre mis piernas, besando el interior de mis muslos, lamiendo despacio hasta llegar al centro. Su lengua experta rodeó mi clítoris, chupando suave, y yo me agarré de su pelo negro, gritando bajito:
—¡Ay, Ramón, no pares, cabrón!
El placer subía como oleadas, mis tetas subiendo y bajando con cada respiración agitada. Lo veía desde arriba, sus ojos cafés clavados en mí, llenos de lujuria pura.
Para que son pasiones Antonio Aguilar si no pa' esto, pa' volverse locos de puro gusto, pensé, mientras mis jugos le corrían por la barbilla.
Pero no quería correrme todavía. Lo empujé hacia atrás, quitándole la camisa de un jalón. Su pecho ancho, con vellos oscuros, brillaba de sudor. Bajé los ojos a su pantalón, donde la verga pedía libertad. Desabroché el cinto, saqué ese tronco grueso y venoso, palpitante de calor. La cabeza roja, ya húmeda de su leche pre seminal, que lamí despacio, saboreando ese gusto salado y amargo que me hacía agua la boca.
—Métetela, Lupita, no seas mala —gruñó él, con las manos en mi cabeza.
La chupé hondo, hasta la garganta, sintiendo cómo se hinchaba más. El sonido obsceno de mi boca en su carne, el slap slap de saliva, se mezclaba con la ranchera que ahora iba en su segundo round. Él gemía ronco, como un toro en celo, y yo me excitaba más al verlo retorcerse.
La tensión crecía, mis pezones duros rozando su piel mientras me subía encima. Le quité el pantalón del todo, y quedamos desnudos, piel con piel, sudados y pegajosos. Me senté en su regazo, frotando mi chocha empapada contra su verga, lubricándola bien. Nuestros alientos se mezclaban, rápidos, el olor a sexo llenando la sala como incienso prohibido.
—Te quiero adentro, mi amor —le susurré, y bajé despacio, sintiendo cómo me abría centímetro a centímetro. ¡Madre santa, qué llenadera! Llenó mi interior, grueso y caliente, tocando ese punto que me hacía ver estrellas.
Cabalgamos al ritmo de la música, mis caderas girando, sus manos amasando mis nalgas. Cada embestida mandaba ondas de placer por mi cuerpo, el sonido de nuestros cuerpos chocando —plaf plaf— ahogando todo. Sudor nos chorreaba, goteando en su pecho, y yo lo lamía, salado y delicioso.
Él se incorporó, volteándome para ponerme a cuatro. Entró de nuevo, más hondo, sus bolas golpeando mi clítoris. Para que son pasiones si no es para follar así, como animales salvajes. Me jalaba el pelo suave, azotándome la nalga con cariño, y yo empujaba hacia atrás, queriendo más.
—¡Más fuerte, Ramón, rómpeme!
El clímax se acercaba, mis paredes apretándolo, ordeñándolo. Sentí el primer espasmo, un grito largo saliendo de mi garganta, mientras el orgasmo me sacudía como un rayo. Él gruñó, hinchándose dentro, y soltó su leche caliente, llenándome hasta rebosar, chorreando por mis piernas.
Caímos exhaustos en el sofá, jadeando, con la ranchera de Antonio Aguilar apagándose suave. Su brazo alrededor de mí, su verga aún semi dura contra mi muslo, pegajosa de nosotros. Olía a sexo puro, a satisfacción profunda. Besé su pecho, sintiendo su corazón latiendo fuerte contra mi mejilla.
Para que son pasiones Antonio Aguilar, me pregunté en silencio, para esto güey, pa' unirnos más, pa' sentirnos vivos. Ramón me acarició el pelo, y nos quedamos así, en la quietud poscoital, con la promesa de más noches así, bajo las estrellas mexicanas.