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Oculta Pasion Desatada

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Oculta Pasion Desatada

Desde el balcón de mi departamento en la Condesa, veía cómo la ciudad de México se encendía con las luces del atardecer. El aire traía ese olor a jacarandas y tacos de la esquina, mezclado con el bullicio de los carros en Insurgentes. Yo, Ana, de treinta y cinco años, con mi vida de publicista estresada, siempre había guardado mis deseos más profundos como un secreto bien resguardado. Pero él, Marco, mi vecino del piso de arriba, había despertado algo en mí que no podía ignorar más.

Marco era ese tipo alto, moreno, con ojos cafés que te miraban como si supieran todos tus pecados. Trabajaba en una agencia de diseño, y nos cruzábamos en el elevador o en el gym del edificio. Al principio eran sonrisas corteses, un hola, ¿qué onda? casual. Pero poco a poco, las miradas se alargaban, sus manos rozaban las mías al pasar el café en la cocina compartida. Sentía un cosquilleo en la piel cada vez que su voz grave decía mi nombre: Ana. Era como si mi cuerpo reconociera esa oculta pasión que bullía debajo de la superficie, lista para explotar.

Una noche de viernes, después de una semana de lluvia que dejó las calles brillando como aceite, lo vi en el pasillo. Llevaba una camisa ajustada que marcaba sus pectorales, y el olor de su colonia, algo amaderado y fresco, me invadió.

"¿Subes a tu depa o vienes a robarme una chela?"
bromeó él, con esa sonrisa pícara que me derretía.

No seas pendejo, Marco, pensé, mientras mi corazón latía como tambor en quinceañera. Si supieras lo que me provocas... Le invité a pasar por una cerveza, pretextando que necesitaba compañía para ver una serie. El departamento olía a velas de vainilla que había encendido para relajarme, y el sonido de la lluvia contra las ventanas creaba un ambiente íntimo, casi conspirador.

Nos sentamos en el sofá, platicando de todo y nada: del tráfico chido de la Roma, de lo caros que están los tacos al pastor ahora, de cómo la vida en la ciudad te obliga a esconder lo que sientes de verdad. Sus rodillas rozaban las mías, y cada roce era como una chispa eléctrica que subía por mis muslos. Bebí de mi chela, sintiendo el amargor fresco en la lengua, mientras lo observaba de reojo. Sus labios carnosos se movían, y yo imaginaba cómo sabrían.

La tensión crecía como la humedad en el aire. ¿Y si le digo que lo deseo desde hace meses? me preguntaba en silencio. Él se inclinó para servirme más cerveza, y su aliento cálido rozó mi cuello. Olía a menta y a hombre. No aguanté más. Puse mi mano en su muslo, firme, decidida.

"Marco, neta que me traes loca. Esta oculta pasión que siento por ti ya no aguanta más."

Sus ojos se oscurecieron, como nubes de tormenta. Me jaló hacia él con una fuerza suave pero irresistible, y nuestros labios se encontraron en un beso que sabía a cerveza y a promesas rotas. Su lengua exploró mi boca con hambre, y yo gemí bajito, sintiendo cómo mi cuerpo se encendía. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desabrochando mi blusa con destreza, mientras yo tiraba de su camisa, queriendo sentir su piel caliente contra la mía.

Nos paramos, tropezando un poco con la mesita, riendo como chavos en una fiesta clandestina. Lo empujé contra la pared, besando su cuello, lamiendo el sudor salado que ya perlaba su piel. Pinche hombre delicioso, pensé, mientras mis uñas arañaban suavemente su pecho velludo. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi vientre, y me levantó en brazos como si no pesara nada. Sus músculos se tensaron bajo mis piernas, y el roce de su erección contra mi entrepierna me hizo jadear.

Me llevó a la recámara, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Me tiró con gentileza, y se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando despacio.

"Déjame probarte, Ana. Quiero saborear esa pasión que has escondido."
Sus palabras me erizaron la piel. Desabrochó mis jeans, quitándolos con lentitud tortuosa, besando cada centímetro de mis muslos. El aire fresco de la habitación contrastaba con el calor de su boca cuando llegó a mi ropa interior.

Sentí sus dedos separando la tela, y luego su lengua, caliente y húmeda, lamiendo mi clítoris con maestría. ¡Ay, wey! grité en mi mente, arqueando la espalda. El sonido de su succión era obsceno, mezclado con mis gemidos que rebotaban en las paredes. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, y el sabor que él gemía al saborearme me volvía loca. Mis manos enredadas en su cabello negro, tirando suave, guiándolo más profundo.

Pero yo quería más. Lo jalé arriba, volteándolo para quedar a horcajadas. Ahora me toca a mí, cabrón. Desabroché su cinturón, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo las venas hinchadas, el calor que irradiaba. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él maldecía en voz baja:

"¡Mamacita, qué chido se siente!"

Lo chupé con ganas, metiéndomela hasta la garganta, escuchando sus jadeos roncos. Su mano en mi cabeza, no forzando, solo guiando con ternura. La habitación se llenaba de nuestros sonidos: succiones húmedas, respiraciones agitadas, la lluvia que ahora azotaba más fuerte afuera, como si el cielo celebrara nuestra unión.

No pude esperar. Me subí encima de él, frotando mi concha mojada contra su punta. Esto es lo que necesitaba, pensé, mientras bajaba despacio, sintiéndolo estirarme, llenarme por completo. Un gemido largo escapó de mis labios al sentirlo todo adentro, pulsando contra mis paredes. Empecé a moverme, cabalgándolo con ritmo, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando los pezones duros como piedras.

El sudor nos unía, resbaloso y caliente. Olía a sexo puro, a cuerpos en llamas. Él se incorporó, besándome mientras embestía desde abajo, profundo, golpeando ese punto que me hacía ver estrellas.

"Te sientes tan rica, Ana. Tu oculta pasión es fuego puro."
Sus palabras me empujaron al borde. Aceleramos, piel contra piel, slap slap slap de nuestros cuerpos chocando. Mi orgasmo llegó como una ola, convulsionando alrededor de él, gritando su nombre mientras lágrimas de placer rodaban por mis mejillas.

Él se tensó, gruñendo como animal, y se corrió dentro de mí, caliente, abundante, marcándome como suyo. Nos quedamos así, unidos, jadeando, el corazón latiéndonos al unísono. El olor de nuestro clímax flotaba en el aire, mezclado con la lluvia que amainaba.

Después, nos acurrucamos bajo las sábanas revueltas. Su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su espalda. Esto no era solo sexo, reflexioné. Era la liberación de esa oculta pasión que había guardado por miedo a complicar las cosas. Pero ahora, con su respiración calmada contra mi piel, sabía que esto era el inicio de algo chido, real.

La ciudad afuera seguía su ritmo, pero en mi cama, el mundo era perfecto. Marco levantó la vista, besó mi frente.

"¿Y ahora qué, vecina? ¿Seguimos escondiéndonos o lo dejamos salir?"
Sonreí, sintiendo un nuevo cosquilleo.
"Ya no hay nada oculto, amor. Esta pasión es nuestra, y la vamos a vivir a full."

Nos besamos lento, saboreando el afterglow, con el sabor de nosotros en la boca y el calor de su cuerpo envolviéndome. La noche se extendía, prometiendo más rondas, más descubrimientos. Y yo, por fin, me sentía completa.

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