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Annie Ernaux Pura Pasion

6158 palabras

Annie Ernaux Pura Pasion

Estaba en mi depa en la Condesa, con el sol de la tarde colándose por las cortinas de lino, cuando abrí ese libro que me había prestado mi carnala Lupe. Annie Ernaux Pura Pasion, se llamaba. Neta, desde la primera página me prendió como tea seca. Ernaux escribía de esa forma cruda, sin pendejadas, sobre el deseo que te quema por dentro, esa hambre que no se sacia con nada más que con piel contra piel. Leía y sentía el calor subiéndome por las piernas, el pulso acelerado en el cuello, como si la autora me estuviera susurrando al oído sus confesiones más calientes.

Yo, Ana, treintañera bien plantada, con curvas que Marco siempre dice que son para pecar, me recargué en el sofá de terciopelo verde. El aroma del café mexicano que acababa de moler llenaba el aire, mezclado con mi perfume de jazmín que se pegaba a la piel sudada.

¿Por qué carajos este libro me está poniendo así de caliente? Es como si Annie Ernaux supiera exactamente lo que me pasa cuando pienso en la verga dura de Marco entrando en mí.
Cerré los ojos un segundo, imaginando sus manos callosas de mecánico, pero con ese toque suave que me deshace. Saqué el cel y le marqué sin pensarlo dos veces.

—Órale, mi amor, ¿vienes ya? Tengo algo que te va a gustar —le dije cuando contestó, con la voz ronca de puro antojo.

—Neta, Ana? ¿Qué traes? Suena a que ya estás mojadita esperándome —rió él, con esa voz grave que me eriza la piel.

Media hora después, la llave giró en la chapa y ahí estaba Marco, alto, moreno, con la camisa ajustada marcando los músculos del pecho. Traía el olor a taller, a aceite y sudor fresco, que a mí me volvía loca. Me paré del sofá, el libro todavía en la mano, y lo jalé de la playera para besarlo. Sus labios gruesos sabían a chicle de menta y a cerveza fría que se había echado en el camino.

—Mira esto —le dije, mostrándole la portada—. Annie Ernaux Pura Pasion. Léelo, carnal, te va a poner igual de caliente que a mí.

Él lo tomó, hojeó un par de páginas, y sus ojos se oscurecieron. Qué chingón ver cómo se le para la verga solo de leer, pensé, mientras lo veía tragar saliva. Me senté en sus piernas, sintiendo su dureza presionando contra mis nalgas. El roce de sus jeans ásperos contra mi falda corta era eléctrico, como chispas en la piel.

Empezamos lento, como siempre, porque lo nuestro no era de puro desmadre; era esa conexión que te hace sentir viva. Sus manos subieron por mis muslos, acariciando la piel suave, oliendo mi loción de coco que se mezclaba con el calor de mi entrepierna. Yo le desabotoné la camisa, lamiendo su pecho salado, saboreando el sudor que perlaba su piel morena.

Esto es pura pasión, como dice Ernaux, sin adornos, solo el cuerpo hablando su idioma sucio.

Marco me cargó hasta la recámara, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio revueltas de la mañana. Me tiró suave, riendo, y se quitó la ropa de un jalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntándome como si supiera exactamente dónde meterse. Yo me quité la blusa, dejando mis tetas al aire, los pezones duros como piedras rosadas. Él se acercó gateando, besándome el ombligo, bajando hasta mi concha que ya chorreaba jugos calientes.

—Estás empapada, mamacita —murmuró contra mi piel, su aliento caliente haciéndome arquear la espalda.

El sonido de su lengua lamiéndome era obsceno, chapoteos húmedos mezclados con mis gemidos ahogados. Sentía cada roce, la punta áspera rozando mi clítoris hinchado, el sabor salado de mí en su boca cuando me besó después. Le agaché la cabeza de nuevo, enredando mis dedos en su pelo negro revuelto. Qué rico, pendejo, no pares, le rogaba en silencio mientras el placer subía en olas, tensándome los muslos.

Pero no quería correrme todavía. Lo empujé para montarlo, sintiendo su verga abriéndose paso en mí, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estirón era delicioso, ardiente, como si me partiera en dos de puro gusto. Reboté despacio al principio, mis tetas saltando con cada movimiento, el slap-slap de mi culo contra sus huevos resonando en la habitación. Él me agarraba las caderas, guiándome, sus dedos hundiéndose en la carne suave.

—Más fuerte, Ana, cabróna, rómpeme —gruñó, y eso me encendió más.

Aceleramos, el sudor nos pegaba, el olor a sexo crudo invadiendo todo: almizcle, jugos, piel caliente. Yo le clavaba las uñas en el pecho, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico. Sus ojos fijos en los míos, esa mirada de macho en celo pero con amor de fondo, me llevaba al borde.

Esto es lo que Ernaux describe, esa pura pasion que te consume, que no deja nada más que el ahora, el cuerpo explotando.
Sentí el orgasmo venir, un nudo en el estómago que se soltó en temblores violentos, mi concha apretándolo como puño, ordeñándolo.

Marco se vino segundos después, gruñendo mi nombre, su leche caliente bañándome por dentro, chorreando por mis muslos. Nos quedamos pegados, jadeando, el corazón latiéndonos como tambores en el pecho. El aire estaba pesado, cargado de nuestro aroma compartido, y el sol ya se ponía, tiñendo la pared de naranja.

Después, recostados, con su brazo alrededor de mi cintura, le pasé el libro de nuevo. Él lo abrió al azar y leyó en voz alta un párrafo sobre el deseo incontrolable, su voz ronca haciendo que mi piel se erizara otra vez. Reímos bajito, sabiendo que Annie Ernaux Pura Pasion se había colado en nosotros como un afrodisíaco literario.

—Neta, Ana, este libro es la neta. Mañana lo terminamos juntos —dijo, besándome la frente.

Yo asentí, sintiendo esa paz post-sexo, el cuerpo laxo y satisfecho, el alma plena. Afuera, el bullicio de la Condesa empezaba: cláxones lejanos, risas de chavos en la calle, el olor a elotes asados flotando. Pero adentro, solo estábamos nosotros, envueltos en esa pura pasion que Ernaux capturó tan chingón. Y supe que esto no acababa aquí; el fuego que el libro prendió nos iba a quemar muchas noches más.

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