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Pasión por la Limpieza Desatada

7803 palabras

Pasión por la Limpieza Desatada

Ana siempre había sentido esa pasión por la limpieza que la hacía vibrar por dentro. No era solo un trabajo, era su vicio secreto, esa sensación de control absoluto cuando pasaba el trapo por las superficies relucientes, oliendo el limón fresco del detergente mezclado con el aroma polvoriento de lo viejo que desaparecía. Vivía en un departamento chido en la Roma Norte, pero su chamba como sirvienta independiente la llevaba a casas de gente bien en la Ciudad de México. Ese día, el cliente nuevo era Marco, un tipo alto, moreno, con ojos que parecían prometer travesuras. La casa era un penthouse en Polanco, todo mármol y ventanales que dejaban entrar la luz del sol como si fuera oro líquido.

—Órale, qué bonito lugar —dijo Ana al entrar, con su cubeta llena de trastos tintineando—. Voy a dejar esto impecable, ¿eh? Mi pasión por la limpieza no tiene límites.

Marco sonrió desde el sofá, con una playera ajustada que marcaba sus músculos. Qué rico se ve este carnal, pensó ella, pero se concentró en el polvo de la sala. El sol calentaba el aire, y pronto el sudor le perlaba la frente, haciendo que su blusa se pegara a sus curvas generosas. El sonido del aspirador rugía como un amante ansioso, vibrando en sus manos y subiendo por sus brazos hasta su pecho. Cada pasada era un roce erótico con la perfección, el olor a jabón cítrico invadiendo sus fosas nasales, despertando algo profundo en su vientre.

Marco se levantó, intrigado. —No manches, se ve que te chifla esto. ¿Quieres que te eche la mano? Hace rato que no limpio aquí.

Ana lo miró de reojo, su corazón latiendo más rápido.

¡Ay, wey, si supieras cómo me prende verte manejar el trapo!
Asintió, entregándole un plumero. Sus dedos se rozaron, un chispazo eléctrico que la hizo morderse el labio. Empezaron por la cocina, él torpe al principio, ella guiándolo con manos expertas sobre las suyas. El vapor del piso recién trapeado subía humeante, cargado de eucalipto, y el roce de sus cuerpos al agacharse era inevitable. Sus caderas se codeaban, su aliento cálido en el cuello de ella cuando se estiraba por un estante alto.

—Así, suave pero firme, como si estuvieras acariciando algo vivo —le murmuró Ana, su voz ronca por el calor. Marco obedeció, y ella sintió un cosquilleo entre las piernas, el algodón de su tanga humedeciéndose contra su piel ardiente. El sol se filtraba por las cortinas semitransparentes, pintando sus siluetas en tonos dorados, mientras el goteo del fregadero marcaba un ritmo hipnótico.

La tensión crecía con cada habitación. En el baño, el vapor del chorro caliente llenaba el aire con humedad espesa, y Ana se arrodilló para fregar las baldosas, su falda subiéndose lo justo para mostrar el borde de sus muslos morenos. Marco se unió, sus rodillas rozando las de ella, el sonido de las cerdas del cepillo raspando como un susurro obsceno. Pinche calor, me está poniendo como leona, pensó Ana, imaginando sus manos grandes explorándola en vez del piso. Él la miró, ojos oscuros brillando con deseo compartido.

—Eres una maestra, Ana. Me encanta verte tan entregada —dijo él, su voz grave vibrando en el espacio confinado. Ella se incorporó, jadeante, y sus pechos se presionaron contra el brazo de él. El olor a su sudor mezclado con el desinfectante era embriagador, un afrodisíaco natural que aceleraba sus pulsos.

En el cuarto principal, la cosa se puso intensa. La cama king size con sábanas de algodón egipcio esperaba, pero primero había que aspirar debajo. Ana se tendió boca abajo, el aspirador zumbando furioso, su trasero alzado invitadoramente. Marco no aguantó más; se arrodilló detrás, sus manos en sus caderas para "ayudarla". —Déjame estabilizarte, nena —gruñó, y ella gimió bajito, empujando contra él. Sintió su verga endurecida a través del pantalón, gruesa y caliente, presionando justo donde lo necesitaba.

¡Qué chingón se siente! Mi pasión por la limpieza nunca me había llevado tan lejos.
Se giró, mirándolo con ojos encendidos. —¿Quieres que te enseñe más? —susurró, tirando del borde de su blusa. Él asintió, devorándola con la mirada mientras ella se la quitaba, revelando sus tetas llenas, pezones duros como piedritas bajo el brassiere de encaje.

Las manos de Marco eran fuego en su piel, deslizándose por su espalda sudorosa mientras ella le bajaba el cierre. El cuarto olía a lujuria cruda: almizcle de excitación, limón residual y el leve perfume de su colonia. Se besaron con hambre, lenguas enredándose como trapos en una cubeta, saboreando sal y deseo. Ana lo empujó a la cama limpia, montándose a horcajadas, frotando su panocha mojada contra la protuberancia de su verga. —Cógeme despacio primero, como si limpiaras cada rincón —jadeó ella, guiando sus dedos dentro de su tanga.

Él obedeció, metiendo dos dedos gruesos en su calor resbaladizo, el sonido chapoteante sincronizándose con sus gemidos. Ana cabalgó su mano, sus caderas ondulando con maestría, el roce de su clítoris hinchado contra la palma áspera enviando ondas de placer que le erizaban la piel. ¡Ay, cabrón, qué rico sabes tocar! Marco gruñó, chupando sus tetas, la lengua girando en círculos húmedos alrededor de los pezones, mordisqueando lo justo para hacerla arquearse.

La intensidad subió cuando ella se hincó, bajándole el bóxer para liberar su verga venosa, palpitante y lista. El olor almizclado de su excitación la mareó; lo lamió desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum, su boca envolviéndolo en calor succionante. Marco jadeó, enredando dedos en su cabello negro. —¡Qué chida chupas, Ana! Sigue, no pares.

Pero ella quería más. Se quitó la falda y la tanga de un jalón, exponiendo su monte de Venus depilado, brillando de jugos. Lo montó despacio, su coño apretado engullendo centímetro a centímetro esa polla dura, el estiramiento delicioso quemándola por dentro. El ritmo era perfecto, como trapear un piso: adelante y atrás, círculos profundos, el slap-slap de piel contra piel resonando en el cuarto ventilado. Sus respiraciones se entrecortaban, sudados y pegajosos, el sol calentando sus cuerpos entrelazados.

Marco la volteó, poniéndola a cuatro patas sobre las sábanas frescas, embistiéndola con fuerza controlada, sus bolas golpeando su clítoris en cada thrust. Ana gritó de placer, sus paredes internas apretándolo como un puño, el orgasmo construyéndose como una tormenta. —¡Más duro, pendejo! ¡Límpieme el alma! —exigió, y él aceleró, una mano en su cadera, la otra frotando su botón con maestría.

Explotaron juntos: ella primero, un espasmo violento que la dejó temblando, chorros calientes empapando sus muslos, el grito ahogado en la almohada. Marco la siguió, gruñendo como animal, llenándola de semen espeso y caliente que goteaba lento al salir. Colapsaron en un enredo de miembros sudorosos, el aire pesado con el olor a sexo crudo y limpieza recién hecha.

Después, tendidos en la cama impecable, Ana trazó círculos en su pecho con un dedo. —Mi pasión por la limpieza acaba de encontrar un nuevo nivel, wey —rió bajito. Marco la besó en la frente, su mano posándose posesiva en su nalga. Esto no es solo un polvo; es conexión pura, pensó ella, sintiendo un calor distinto, uno que perduraba más allá del clímax.

Se levantaron eventualmente, terminando la limpieza con sonrisas cómplices, el penthouse reluciente como su piel después de la ducha compartida. Ana salió con las piernas flojas, pero el alma plena, sabiendo que volvería no solo por la chamba, sino por esa pasión desatada que habían pulido juntos.

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