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Gracias Por Esa Noche de Pasion

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Gracias Por Esa Noche de Pasion

La noche en la playa de Puerto Vallarta estaba viva, con el rumor de las olas rompiendo suave contra la arena tibia y el olor salado del mar mezclándose con el humo de las fogatas. La música ranchera retumbaba desde los altavoces, La Bikina sonando fuerte mientras la gente bailaba descalza, con cervezas frías en la mano. Yo, Ana, acababa de llegar de un día eterno en la oficina de Guadalajara, buscando desconectar en este paraíso. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a mi piel por el calor húmedo, y el sudor perlaba mi cuello, haciendo que mi cabello negro se rizara un poco en las puntas.

¿Cuánto tiempo sin sentir esto? pensé, mientras sorbía mi michelada, el limón ácido explotando en mi lengua y el chile picando justo lo necesario. Mis ojos vagaban por la multitud, buscando algo que acelerara mi pulso. Ahí estaba él, un moreno alto con camisa blanca desabotonada hasta el pecho, mostrando un tatuaje de águila en el pectoral. Se movía con esa gracia mexicana, como si el ritmo lo llevara por instinto. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas chingonas revoloteando.

Se acercó con una sonrisa pícara, dos coronas en la mano. "Órale, güerita, ¿te animas a un baile o qué?", dijo con voz grave, ese acento jaliciense que me eriza la piel. Le tomé la cerveza, nuestros dedos rozándose, y el contacto fue eléctrico, como un chispazo en la oscuridad. "Claro que sí, carnal", respondí, riendo. Bailamos pegaditos, su mano en mi cintura baja, guiándome al son de la música. Olía a colonia fresca con un toque de mar, y su aliento a tequila limpio rozaba mi oreja cuando se inclinaba para susurrarme tonterías. "Estás cañona esta noche", murmuró, y yo sentí mi cuerpo responder, un calor subiendo desde mi entrepierna.

Neta, este vato me prende como nadie en meses. ¿Y si lo invito a caminar? No seas pendeja, Ana, déjate llevar.

La tensión crecía con cada giro, sus caderas presionando las mías, el roce sutil de su dureza contra mi muslo. Cuando la canción terminó, jadeábamos un poco, sudorosos. "Vamos a la playa, a ver las estrellas", propuse, mi voz ronca. Él asintió, tomándome de la mano, y nos alejamos de la fiesta, la arena fría ahora bajo nuestros pies descalzos, el viento trayendo el aroma de jazmín silvestre.

Nos sentamos en una duna apartada, la luna llena iluminando el mar como plata líquida. Hablamos de todo y nada: de cómo él era pescador en las mañanas y DJ en las noches, de mis sueños de viajar más, de lo chido que era Puerto Vallarta. Sus ojos cafés me devoraban, y yo no podía dejar de mirar sus labios carnosos. El silencio se cargó de electricidad, y entonces me besó. Fue suave al principio, sus labios probando los míos, el sabor salado de la piel marina en su lengua. Gemí bajito cuando profundizó el beso, su mano subiendo por mi muslo, arrugando el vestido.

"¿Quieres que pare?", preguntó, su aliento caliente en mi cuello. "Ni madres, sigue", susurré, jalándolo más cerca. Sus dedos trazaron mi piel, enviando ondas de placer. Me recostó en la arena, su cuerpo cubriendo el mío, pesado y delicioso. Olía a hombre, a sudor limpio y deseo puro. Le quité la camisa, mis uñas arañando leve su espalda musculosa, sintiendo los tendones tensarse bajo mi toque. Él bajó mi vestido, exponiendo mis pechos al aire nocturno, los pezones endureciéndose al instante con la brisa.

Chupó uno, su lengua caliente y húmeda girando, mordisqueando justo lo suficiente para que arqueara la espalda. ¡Qué rico! El sonido de su succión era obsceno, mezclado con mis jadeos y el romper de las olas. Bajó más, besando mi vientre, lamiendo el ombligo, hasta llegar a mis bragas empapadas. Las deslizó con dientes, el roce áspero erizándome. "Estás chorreando, nena", gruñó, y metí los dedos en su pelo, guiándolo.

Su lengua encontró mi clítoris, lamiendo con hambre, chupando como si fuera el fruto más dulce. Saboreaba mis jugos, el sonido chapoteante volviéndome loca. Metió dos dedos gruesos, curvándolos dentro de mí, tocando ese punto que me hace ver estrellas. "¡Ay, cabrón, no pares!", grité, mis caderas moviéndose solas contra su boca. El orgasmo me pegó fuerte, olas de placer convulsionando mi cuerpo, el sabor metálico en mi boca mientras mordía mi labio.

Pero no paró ahí. Se quitó los pantalones, su verga saltando libre, gruesa y venosa, la punta brillando con pre-semen. "Ven, pruébala", dijo, y me arrodillé en la arena, el grano raspando mis rodillas de forma deliciosa. La tomé en la mano, pesada y caliente, lamiendo desde la base hasta la cabeza, saboreando su sal. La chupé profunda, garganta relajada, escuchando sus gemidos roncos, "¡Qué chingona chupas, Ana!". Sus bolas se tensaban en mi palma, y lo miré a los ojos mientras lo mamaba, viendo el fuego en su mirada.

Quiero que me coja ya, que me llene toda. Neta, esta noche es mía.

Me levantó como pluma, caminando conmigo en brazos hacia su cabaña cercana, las luces tenues de las palmeras guiándonos. Adentro, el aire olía a sándalo y sexo anticipado. Me tiró en la cama king size, las sábanas frescas contra mi piel ardiente. Se puso un condón –siempre responsable, qué chido– y se hundió en mí de un solo empujón. ¡Dios! Llenándome por completo, estirándome delicioso. Empezó lento, saliendo casi todo para volver a entrar, cada embestida rozando mi pared interna.

Aceleró, el slap-slap de piel contra piel resonando, sus bolas golpeando mi culo. Sudábamos como locos, el olor almizclado de nuestros cuerpos mezclándose. Le clavé las uñas en la espalda, dejando marcas rojas, "¡Más fuerte, pendejo, cógeme duro!". Él obedeció, martillándome sin piedad, su mano en mi garganta suave, dominante. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como amazona, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas. Sentía su verga palpitar dentro, el placer acumulándose como tormenta.

Lo volteé a perrito, él agarrando mis caderas, embistiendo profundo. El espejo al frente mostraba mi cara de puta en éxtasis, pelo revuelto, labios hinchados. "¡Me vengo otra vez!", aullé, el orgasmo explotando, jugos chorreando por sus muslos. Él gruñó, "¡Yo también, chula!", y se corrió dentro del condón, su cuerpo temblando sobre el mío.

Caímos exhaustos, respiraciones entrecortadas, piel pegajosa. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse. El mar susurraba afuera, la brisa trayendo frescura. "Gracias por esa noche de pasión", murmuró él, besando mi frente. Sonreí, sabiendo que era mutuo.

Al amanecer, el sol pintaba el cielo de rosa y oro, filtrándose por las cortinas. Nos despedimos con un beso largo, promesas vagas de volver a vernos. Caminé de regreso a mi hotel, el cuerpo adolorido pero satisfecho, la arena aún en mi piel. Qué chingonería de noche, pensé, el recuerdo de su toque latiendo en mí como un secreto ardiente.

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