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Pasión Fútbol Ardiente

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Pasión Fútbol Ardiente

Yo siempre he sido una morra loca por el pasión fútbol. Ese fuego que se enciende en el pecho cuando ves a los chavos corriendo por la cancha, sudados, con los músculos tensos y el balón bailando bajo sus pies. En Guadalajara, donde vivo, los partidos amateurs en el parque son como rituales. Ahí vi a Javier por primera vez, hace unos meses. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace mojar las panties sin tocarte. Juega de delantero en un equipo local, y neta, cada gol que mete me eriza la piel.

Era sábado por la tarde, el sol pegando duro sobre el césped verde del parque Los Ángeles. El aire olía a tierra húmeda, asados de carnitas de un puesto cercano y ese sudor macho que flota cuando los cuerpos chocan. Me senté en las gradas improvisadas, con mi camiseta del Chivas ajustada que dejaba ver mis curvas, shorts cortitos y unas chelas frías en la mano. La multitud gritaba ¡gol! cada rato, pero mis ojos estaban clavados en él. Javier driblaba como un demonio, su playera empapada pegada al torso marcado, el short marcando el bulto que me traía loca.

¿Por qué carajos me pongo así con él? Es solo fútbol, Ana, pero neta, verlo sudar me hace imaginar su verga dura empujando dentro de mí, como si yo fuera el arco.

El partido terminó tres a dos, su equipo ganó. Javier marcó el gol decisivo, saltó la red y corrió hacia las gradas, chocando manos. Nuestras miradas se cruzaron. Órale, mami, me guiñó el ojo, y yo sentí un cosquilleo entre las piernas. Bajé corriendo, el corazón latiéndome como tambor de mariachi.

¡Qué chingón jugaste, wey! —le dije, acercándome con una chela en la mano.

Él se rio, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Olía a hombre puro: sal, tierra y un toque de colonia barata que me volvía loca. —Gracias, morrita. ¿Vienes a celebrar? Su voz ronca, con ese acento tapatío que suena como caricia.

Nos fuimos caminando al puesto de tacos al pastor, platicando pendejadas sobre el partido. Su brazo rozaba el mío cada rato, y yo sentía el calor de su piel a través de la tela. Neta, este pendejo me tiene en la palma de la mano, pensé, mientras masticaba el taco jugoso, el limón chorreando por mi barbilla. Él me limpió con el pulgar, y ese toque eléctrico me hizo apretar los muslos.

La tensión crecía como el calor de la tarde. Caminamos a su depa, a unas cuadras, un lugar chido con vista al cerro. Adentro, el aire fresco del ventilador contrastaba con nuestro calor. Se quitó la playera, quedando en short y tenis. Su pecho subía y bajaba, pectorales firmes, abdominales marcados por el esfuerzo del partido.

Ven, ayúdame a refrescar —dijo, jalándome hacia el baño. Abrí la regadera, el agua cayendo como lluvia tropical. Nos metimos juntos, riendo. El chorro caliente nos empapó, su cuerpo presionado contra el mío. Sentí su verga endureciéndose contra mi panza, gruesa y palpitante.

¡Ay, Dios! Su piel resbalosa, el jabón oliendo a menta, sus manos grandes recorriendo mi espalda. Quiero que me folle ya, pero no, hay que saborear esta pasión.

Lo enjaboné despacio, mis uñas arañando su piel morena. Él gimió bajito, ¡órale, qué manos! Besé su cuello, saboreando el agua salada mezclada con su sudor viejo del partido. Sus labios encontraron los míos, un beso hambriento, lenguas enredadas como piernas en la cancha. Me levantó contra la pared fría, mis piernas envolviéndolo. Su boca bajó a mis tetas, chupando los pezones duros, mordisqueando suave. Gemí, el vapor llenando el baño, el sonido del agua amplificando mis jadeos.

Salimos goteando al cuarto, él me tiró en la cama king size con sábanas frescas. El sol del atardecer pintaba todo de naranja, como fuego. Se arrodilló entre mis piernas abiertas, oliendo mi excitación. ¡Qué rica chochita! murmuró, antes de lamer despacio. Su lengua experta jugaba con mi clítoris, círculos lentos, chupadas que me hacían arquear la espalda. Olía a mi propia humedad, dulce y almizclada, mientras sus dedos entraban y salían, curvándose justo ahí, en mi punto G. ¡No pares, cabrón! grité, jalando su pelo húmedo.

La intensidad subía. Lo volteé, queriendo dominar. Montada en su cara, froté mi panocha contra su boca, sus barbas raspando mis labios hinchados. Él gruñía de placer, manos amasando mi culo redondo. Luego, su verga: la tomé en la mano, gruesa, venosa, la cabeza brillante de precum. La chupé con ganas, saboreando su gusto salado, metiéndomela hasta la garganta mientras él jadeaba ¡Sí, mami, trágatela!. El cuarto olía a sexo puro, sudor fresco y deseo animal.

Esta es mi pasión fútbol hecha carne. Javier no es solo un jugador, es mi gol perfecto, mi arquero en la portería de mi placer.

Lo empujé boca arriba, cabalgándolo despacio al principio. Su verga me llenaba, estirándome delicioso, cada centímetro rozando mis paredes. Reboté más fuerte, tetas saltando, él pellizcándome los pezones. ¡Fóllame duro! pedí, y él obedeció, embistiéndome desde abajo como si driblara defensas. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, piel contra piel resbalosa. El olor de nuestras axilas sudadas, el crujir de la cama, mis gemidos altos mezclados con sus gruñidos: ¡Te voy a venir adentro, pinche rica!

Cambié de posición, a cuatro patas, él detrás como perro en celo. Me jaló el pelo suave, azotando mi culo con palmadas que ardían rico. Entraba profundo, golpeando mi cervix, mis jugos chorreando por sus bolas. Sentía su pulso acelerado contra mi espalda, el calor de su aliento en mi nuca. ¡Más fuerte, Javier, dame todo! El clímax se acercaba, una ola gigante. Él aceleró, follándome salvaje, su mano bajando a frotar mi clítoris.

Exploté primero, un orgasmo que me sacudió entera. Grité como loca, mi chocha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer mojando las sábanas. Él se vino segundos después, gruñendo ¡Ahhh, carajo!, llenándome de leche caliente que se desbordaba. Colapsamos juntos, jadeando, cuerpos enredados y pegajosos.

Después, en la calma, nos quedamos abrazados. El ventilador zumbaba suave, el sol ya bajito tiñendo la habitación de morado. Él me besó la frente, Eres mi MVP, morrita. Yo sonreí, trazando sus músculos con el dedo.

Esta pasión fútbol no es solo del estadio. Es esto: sudor compartido, cuerpos chocando en éxtasis, un equipo de dos que siempre gana.

Nos duchamos de nuevo, riendo pendejadas sobre el próximo partido. Salimos a comer pozole en la esquina, manos entrelazadas. Sé que volverá a pasar, porque esta llama no se apaga. Es mi pasión fútbol, ardiente y eterna.

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