Pasión y Poder Regina
La noche en Polanco estaba cargada de ese aire espeso que huele a dinero y deseo. Las luces de los restaurantes brillaban como estrellas caídas, y el bullicio de la gente elegante llenaba la calle. Yo, Alejandro, acababa de salir de una junta eterna en mi oficina de la Reforma, con el traje ajustado al cuerpo por el calor pegajoso de la ciudad. Neta, necesitaba un trago para soltar la tensión acumulada en los hombros. Entré al bar del hotel, uno de esos lugares donde los ejecutivos cierran tratos con whisky caro y miradas que prometen más.
Allí la vi por primera vez. Regina. Sentada en la barra, con un vestido rojo que se pegaba a sus curvas como una segunda piel, negro el cabello cayéndole en ondas perfectas hasta la espalda. Sus ojos, oscuros y afilados, escaneaban el lugar como si fuera dueña de todo. Y lo era. Regina Valdez, la reina de las constructoras en la CDMX, la que había levantado torres de vidrio en Santa Fe con puro poder. La había visto en las revistas, pero en vivo era otra cosa. Su presencia era magnética, como un imán que te jalaba sin remedio.
Me acerqué, el corazón latiéndome fuerte contra las costillas.
¿Qué chingados voy a decirle? ¿Que su pasión y poder la hacen ver como una diosa?Pedí un tequila reposado y me senté a su lado. Ella giró la cabeza, una sonrisa juguetona en los labios carnosos pintados de rojo fuego.
—Órale, güey, ¿vienes a negociar o a conquistar? —dijo con esa voz ronca, mexicana hasta la médula, con un toque de acento chilango que me erizó la piel.
Reí, nervioso pero excitado. —Un poco de las dos, carnal. Soy Alejandro, de finanzas en el banco. Tú eres Regina, ¿verdad? La que manda en la ciudad.
Sus ojos se iluminaron. —El mismo diablo que me dice. Siéntate bien, que esta noche no hay juntas. Solo pasión.
Charlamos horas. Ella contaba anécdotas de sus batallas en salas de juntas, cómo había tumbado a machos alfa con una mirada. Yo la devoraba con los ojos: el olor de su perfume, jazmín mezclado con algo almizclado que me ponía la piel de gallina. Cada roce accidental de su mano en mi brazo era electricidad pura. Sentía mi verga endureciéndose bajo el pantalón, el pulso acelerado en las venas.
La tensión crecía como una tormenta. Regina se inclinaba, su escote revelando la curva perfecta de sus senos, piel morena suave que pedía ser tocada. Qué chingona, pensé. No era solo poder; era fuego. Me invitó a su penthouse en las Lomas, "para un trago privado". ¿Negarlo? Imposible.
En el elevador, el silencio era pesado, cargado de promesas. Su mano rozó mi cadera, y yo no aguanté más. La besé. Sus labios sabían a tequila y miel, calientes, exigentes. Me respondió con hambre, la lengua explorando mi boca como si ya me poseyera.
Esto es pasión y poder, Regina. Tú mandas, y yo me rindo gustoso.
Llegamos al penthouse. La vista de la ciudad se extendía infinita, luces parpadeando como testigos mudos. Ella me empujó contra la pared de vidrio, sus uñas arañando mi camisa. —Quítatela, pendejo juguetón —ordenó, pero con una risa que lo hacía juguetón, consensual, puro fuego mutuo.
Me desvestí rápido, el aire fresco besando mi piel sudada. Ella se despojó del vestido con lentitud tortuosa, revelando lencería negra que acentuaba sus caderas anchas, sus pechos firmes. Olía a ella ahora, a mujer excitada, ese aroma dulce y salado que nubla la mente. Sus manos expertas bajaron a mi entrepierna, masajeando mi erección dura como piedra. Gemí, el sonido reverberando en mi garganta.
—Te gusta mi poder, ¿verdad? —susurró al oído, mordisqueando el lóbulo. Su aliento caliente me hacía temblar.
—Neta, Regina, eres imparable —jadeé, mis manos explorando su espalda, bajando a apretar sus nalgas redondas, firmes. La piel era seda caliente, suave bajo mis palmas ásperas.
La llevé al sofá de piel, pero ella tomó control. Me tumbó, montándose a horcajadas. Sus senos rozaban mi pecho, pezones duros como diamantes. Besé su cuello, lamiendo el sudor salado, saboreando su esencia. Ella gimió bajito, un sonido gutural que vibró en mis huesos. Qué rico, su coño húmedo presionando contra mi verga a través de la tanga delgada.
La tensión escalaba. Quité su lencería con dientes, exponiendo su monte de Venus depilado, labios hinchados brillando de jugos. Olía a deseo puro, almizcle femenino que me volvía loco. Lamí despacio, lengua trazando círculos en su clítoris. Ella arqueó la espalda, uñas clavándose en mis hombros. —¡Ay, cabrón! ¡Sigue! —gritó, voz ronca, caderas moviéndose al ritmo de mi boca.
El sabor era adictivo: salado, dulce, ella. Mis manos amasaban sus muslos gruesos, sintiendo los músculos tensarse.
Esto es más que sexo; es rendirse a su pasión y poder. Regina me tiene en sus garras, y lo amo.Ella tembló, un orgasmo la sacudió, jugos inundando mi boca mientras gritaba mi nombre.
Pero no paró. Me volteó, poniéndome de rodillas. Su boca envolvió mi verga, chupando con maestría. Sentí el calor húmedo, la lengua girando en la cabeza sensible. Gemí fuerte, manos enredadas en su cabello. —¡Regina, qué chingón! —El sonido de succión era obsceno, húmedo, mezclándose con nuestros jadeos.
La penetré despacio, de pie contra la ventana. Su coño era apretado, caliente, envolviéndome como terciopelo mojado. Empujé profundo, sintiendo cada centímetro. Ella clavó las uñas en mi espalda, arañazos que ardían delicioso. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas rítmicas, sudor resbalando, mezclando olores: piel, sexo, perfume.
—Más fuerte, carnal. ¡Dame todo! —exigió, piernas alrededor de mi cintura. Aceleré, embistiéndola con furia consensual, sus gemidos subiendo de tono. El vidrio frío contra su espalda contrastaba con el calor entre nosotros. Sentía su interior contrayéndose, ordeñándome.
El clímax llegó como avalancha. Ella primero, gritando, cuerpo convulsionando. Yo la seguí, corriéndome dentro con un rugido, placer cegador explotando en oleadas. El semen caliente llenándola, nuestros fluides goteando.
Colapsamos en la cama king size, sábanas de hilo egipcio abrazando nuestros cuerpos exhaustos. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. El aroma de sexo impregnaba el aire, mezclado con su jazmín. Besé su frente sudada, suave.
—Eso fue pasión y poder, Regina —murmuré, riendo bajito.
Ella levantó la vista, ojos brillantes. —Y apenas empieza, güey. Tú me diste lo que necesitaba: rendición mutua.
Nos quedamos así, piel contra piel, la ciudad ronroneando abajo. Sentí paz, un afterglow que calaba hondo.
Regina no solo manda en los negocios; reina en el deseo. Y yo, feliz súbdito.La noche se fundió en sueños, con promesas de más batallas placenteras.