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Diario de una Pasión en Imágenes

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Diario de una Pasión en Imágenes

Era una tarde calurosa en la Condesa, con ese sol de México que te calienta hasta los huesos y te hace sudar de solo pensarlo. Me senté en mi balcón con un café helado en la mano, el aire cargado de jazmín del vecino y el bullicio lejano de los carros en Avenida Ámsterdam. Abrí mi laptop, esa que uso para todo, desde editar fotos hasta escribir mis secretos más culeros. Ahí estaba, mi diario de una pasión en imágenes, un folder escondido que empecé hace meses con Marco, mi chavo actual. Todo empezó como un juego pendejo: mandarnos fotos calientes para hacernos arder a distancia. Pero neta, se volvió adictivo.

Marco es de esos weyes que te miran y ya sientes que te está desnudando. Alto, moreno, con tatuajes que suben por sus brazos como serpientes vivas, y una sonrisa que dice "ven pa'cá, morra". Nos conocimos en una expo de fotografía en Polanco, yo exponiendo mis shots artísticos –nada porno, pero con un toque sensual que hace que la gente se quede pegada–. Él se acercó, oliendo a colonia cara y cigarro, y me dijo: "Neta, tus imágenes me prenden". Desde ahí, la cosa fluyó como tequila reposado.

Hoy abrí el diario. La primera imagen: yo en mi cuarto, luz tenue de vela, lencería negra que me aprieta justo donde duele rico. Marco la vio y contestó con la suya: su torso sudado post-gym, el bulto marcado en el bóxer. Mi pulso se aceleró, sentí ese cosquilleo en el estómago que baja directo al sur.

El deseo empezó a crecer como tormenta en el DF. Al principio eran fotos inocentes: yo en bikini en la playa de Cancún, el agua salada pegándose a mi piel bronceada, gotas resbalando por mis curvas. Él respondía con selfies en su depa de Roma Norte, camisa abierta mostrando el pecho firme, músculos que querías lamer. Pero pronto escaló. Una noche, después de unas chelas en un bar de la Juárez, le mandé una donde me tocaba por encima de las panties, mis dedos hundidos en la tela húmeda, el flash capturando el brillo de mi excitación. Olía a mi propio aroma, dulce y almizclado, mezclado con el sudor del día.

Él no se quedó atrás. Su imagen llegó minutos después: su verga dura en la mano, venas marcadas, la punta reluciente de precum. Chingado, pensé, mordiéndome el labio hasta que dolió. Mi concha se contrajo sola, pidiendo más. Me recosté en la cama, el colchón hundiéndose bajo mi peso, y me metí los dedos mientras veía su foto una y otra vez. Gemí bajito, el sonido rebotando en las paredes de mi cuarto, imaginando su boca en mi cuello, su lengua trazando caminos de fuego.

Pero las imágenes no bastaban. El jueves lo invité a mi casa. "Ven, wey, quiero el original", le texteé con una foto mía en el espejo, desnuda de la cintura para arriba, pezones duros como piedras bajo la luz fría del baño. Llegó rapidito, tocando el timbre con insistencia. Abrí la puerta en bata de seda, nada debajo, el roce del tejido contra mi piel sensible me tenía ya al borde.

¿Qué pedo, reina? Me vas a matar así —dijo, su voz ronca, ojos devorándome mientras entraba y cerraba la puerta de un golpe.

Lo jalé del cuello de la camisa, sintiendo el calor de su piel a través de la tela. Nuestros labios chocaron, besos hambrientos, lenguas enredándose con sabor a menta y deseo. Sus manos grandes me apretaron las nalgas, levantándome contra la pared. Olía a él: sudor fresco, loción y ese toque masculino que me enloquece. Mi bata se abrió, exponiendo mis tetas, y él las chupó con hambre, mordisqueando los pezones hasta que grité de placer y dolor mezclado.

Diario: Su boca en mí, succionando como si fuera lo último que probaría. Sentí mi leche bajando por los muslos, el piso frío contra mis pies descalzos. Imagen mental: sus ojos mirándome mientras lame, esa promesa de más.

Lo llevé al sillón, empujándolo para que se sentara. Me arrodillé entre sus piernas, el tapete raspando mis rodillas, y le bajé el zipper con dientes. Su verga saltó libre, gruesa y palpitante, oliendo a hombre puro. La lamí desde la base, lengua plana saboreando la sal de su piel, hasta la cabeza donde gotas perlaban. Él gruñó, enredando dedos en mi pelo:

Sí, así, cabrona, trágatela toda.

Me la metí hasta la garganta, ahogándome un poco, saliva chorreando por mi barbilla. El sonido era obsceno: slurps húmedos, sus jadeos roncos. Mis manos masajeaban sus huevos pesados, sintiendo cómo se tensaban. Pero él me levantó, impaciente, y me tiró en el sillón boca arriba. Se quitó la ropa rápido, cuerpo atlético brillando de sudor bajo la lámpara.

Separó mis piernas, besando el interior de mis muslos, mordiendo suave hasta llegar a mi centro. Su aliento caliente me erizó la piel. Lamidas lentas al principio, lengua danzando en mi clítoris hinchado, chupando como si fuera miel. Gemí fuerte, arqueándome, uñas clavadas en sus hombros. Olía a sexo: mi jugo dulce, su sudor salado. Metió dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que me hace ver estrellas. "Chingame, Marco, no pares", supliqué, voz quebrada.

La tensión crecía, mi cuerpo temblando al borde. Él se incorporó, verga en mano, frotándola contra mi entrada resbaladiza. Nuestros ojos se clavaron: consentimiento puro, fuego compartido. Empujó despacio, estirándome deliciosamente, centímetro a centímetro. Lleno total, su grosor pulsando dentro. Empezó a moverse, lento al inicio, salidas y entradas profundas que me hacían jadear. El sillón crujía, piel contra piel en palmadas rítmicas, sudor goteando de su pecho al mío.

Eres tan rica, tan apretada —murmuraba, acelerando, caderas chocando con fuerza.

Yo envolví piernas en su cintura, clavándolo más hondo. Manos en su culo firme, guiándolo. El placer subía en olas, mi clítoris rozando su pubis cada embestida. Gemidos se volvieron gritos, el cuarto lleno de nuestros sonidos: resoplos, carne húmeda, "¡Sí, pendejo, así!". Sentí el orgasmo venir, coiling en el vientre como resorte. Él lo notó, redoblando, un dedo en mi culo para más intensidad.

Diario de una pasión en imágenes: grabado en mi mente, su cara de éxtasis, venas del cuello hinchadas, mis tetas rebotando. El clímax nos golpeó juntos.

Exploté primero, concha contrayéndose en espasmos, chorros de placer mojando sus bolas. Grité su nombre, visión borrosa, pulsos retumbando en oídos. Él siguió unos segundos, gruñendo como animal, hasta que se vació dentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo colapsando sobre el mío. Sudor pegajoso, respiraciones entrecortadas, besos suaves en la afterglow.

Nos quedamos así, enredados, el aire espeso con olor a sexo y paz. Su mano trazaba círculos en mi espalda, yo oliendo su pelo húmedo. "Esto va al diario", le dije riendo bajito. Él sonrió, besándome la frente.

Con video la próxima, ¿va?

Después, en la ducha, agua caliente lavando nuestros fluidos, jabón resbaloso en curvas y músculos. Nos secamos mutuo, toallas suaves, pieles sensibles post-sexo. Cenamos tacos de la esquina –carne asada jugosa, salsa picosa que quema la lengua–, riendo de tonterías, la conexión más profunda que nunca.

Cierre del día: No son solo imágenes, es nuestra pasión viva, latiendo. Mañana, más páginas en este diario. Neta, qué chingonería.

Me dormí con su brazo alrededor, soñando en flashes: pieles entrelazadas, gemidos eternos, el sabor de él en mi boca. Este diario de una pasión en imágenes no es solo fotos; es nuestro fuego, capturado para siempre.

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