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Con Quien Se Queda Jimena en Pasión de Gavilanes Ardiente

7009 palabras

Con Quien Se Queda Jimena en Pasión de Gavilanes Ardiente

Jimena caminaba por el empedrado del rancho Gavilanes bajo el sol abrasador de mediodía, el aire cargado con el olor a tierra húmeda y jazmines silvestres. Su vestido ligero de algodón se pegaba a su piel sudada, delineando las curvas de sus caderas anchas y sus pechos firmes. ¿Con quién se queda Jimena en Pasión de Gavilanes? se preguntaba la gente del pueblo, chismeando en las tienditas, pero ella lo sabía: su corazón latía fuerte entre dos hombres que la volvían loca de deseo.

Juan, el mayor, con su mirada de fuego y manos callosas de tanto domar caballos, la hacía sentir como una reina salvaje. Franco, el menor, juguetón y pícaro, con esa sonrisa que prometía travesuras, le despertaba un cosquilleo en el vientre que no la dejaba dormir. Esa noche, en la fiesta del rancho, decidiría. El mariachi tocaba rancheras alegres, el tequila corría como río, y el humo de las parrillas llenaba el aire con aroma a carne asada y cebolla caramelizada.

Estas dos vergas me tienen loca, neta
, pensó Jimena mientras sorbía su chela fría, el líquido bajando fresco por su garganta reseca. Juan se acercó primero, su cuerpo alto y musculoso rozando el de ella accidentalmente, enviando chispas por su espina. "Órale, Jimenita, ¿bailamos o qué?" dijo con voz grave, su aliento cálido oliendo a mezcal.

Ella asintió, dejando que sus caderas se mecían al ritmo de la música, sus nalgas presionando contra la entrepierna dura de él. Sintió su verga palpitante bajo el pantalón vaquero, gruesa y ansiosa, y un calor líquido se acumuló entre sus muslos. Franco observaba desde la barra, celoso, sus ojos oscuros devorándola. Cuando la canción terminó, Franco la jaló por la cintura, "Ahora me toca, carnal, no seas gacho", y la hizo girar en un torbellino de risas y roces.

La noche avanzaba, el cielo estrellado testigo de su dilema. Jimena se escabulló al granero, el corazón tronándole como tambor. El heno crujía bajo sus pies, oliendo a dulce y animal. Juan llegó primero, siguiéndola como sombra. "No aguanto más verte así de rica, mi amor", murmuró, presionándola contra la pared de madera áspera. Sus labios capturaron los de ella en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila y sal.

Las manos de Juan subieron por sus muslos, levantando el vestido hasta revelar sus bragas de encaje húmedas. Ella jadeó cuando sus dedos rozaron su clítoris hinchado a través de la tela, un gemido escapando de su boca. Esto es puro fuego, pero ¿y Franco? ¿Con quién se queda Jimena en Pasión de Gavilanes? Su mente giraba, pero su cuerpo ardía por más. Él se arrodilló, bajando las bragas y enterrando la cara entre sus piernas. Su lengua lamía su panocha empapada, saboreando su miel salada y dulce, chupando el botón sensible hasta que sus rodillas temblaron.

"¡Ay, Juan, qué chingón eres con la lengua!" gritó ella, agarrando su cabello negro revuelto. El placer subía en olas, sus paredes internas contrayéndose, pero justo entonces, la puerta del granero chirrió. Franco entró, ojos encendidos de deseo y rabia. "¿Qué pedo, wey? ¿Ya te la estás chingando sin mí?"

Jimena se apartó jadeante, el aire fresco besando su piel expuesta. Los hermanos se miraron, tensión eléctrica en el aire espeso. Pero en lugar de pelear, Franco se acercó, "Si es los dos o nada, Jimena. Tú decides". Ella sonrió pícara, el corazón latiéndole desbocado. Los quiero a los dos, carajo, pero esta noche elijo el que me haga volar.

Acto seguido, Franco la besó con furia juguetona, mordisqueando su cuello mientras Juan volvía a sus pechos, liberándolos del vestido. Sus pezones duros como piedras fueron succionados, uno por cada boca, lenguas girando y dientes rozando lo justo para doler rico. Jimena arqueó la espalda, el heno pinchando su piel desnuda, el olor a sudor y sexo impregnando todo. "Quítense la ropa, pendejos, quiero ver esas vergas", ordenó ella, empoderada, su voz ronca de lujuria.

Juan se desabrochó el cinturón primero, su verga saltando libre, venosa y gruesa, goteando precum que brillaba a la luz de la luna filtrada. Franco la siguió, la suya más larga y curva, perfecta para golpear ese punto que la volvía loca. Ella se arrodilló entre ellos, el suelo áspero raspando sus rodillas, y tomó una en cada mano, masturbándolas lento, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave.

Su boca envolvió la de Juan, succionando profundo hasta la garganta, el sabor salado inundándola mientras Franco gemía viéndola. Cambió, lamiendo la de Franco desde la base hasta la punta, girando la lengua alrededor del glande sensible. "¡Madre santa, Jimena, eres una diosa!" gruñó Franco, sus caderas empujando instintivo.

La llevaron al montón de heno, Juan debajo de ella, guiando su verga a su entrada resbaladiza. Ella se hundió despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirla estirándola deliciosamente. Tan llena, ay Dios, esto es el paraíso. Franco se posicionó atrás, escupiendo en su mano para lubricar su ano apretado. "Relájate, mi reina, te voy a dar doble placer", susurró, empujando suave hasta entrar, el ardor inicial convirtiéndose en éxtasis puro.

Se movieron en ritmo perfecto, Juan embistiendo desde abajo con fuerza controlada, sus pelotas chocando contra sus nalgas, Franco deslizándose profundo en su culo, manos apretando sus caderas. El sonido de carne contra carne, jadeos y "¡Sí, chínguenme más duro!" llenaba el granero. Sudor corría por sus cuerpos entrelazados, el olor almizclado de sus sexos mezclándose con el heno. Jimena sentía cada vena, cada pulso, su clítoris frotándose contra el pubis de Juan con cada bajada.

El orgasmo la golpeó como rayo, su panocha contrayéndose alrededor de la verga de Juan, chorros de placer escapando mientras gritaba "¡Me vengo, cabrones, no paren!". Franco la siguió, llenándola con semen caliente que goteaba por sus muslos. Juan rugió último, eyaculando profundo dentro de ella, su semilla mezclándose con sus jugos.

Colapsaron en un enredo sudoroso, respiraciones agitadas calmándose lento. Jimena entre ellos, caricias suaves en su piel sensible.

Con quién se queda Jimena en Pasión de Gavilanes Ya lo sé: con los dos, mis amores eternos
. Juan besó su frente, "Eres nuestra, para siempre". Franco rio bajito, "Neta, nadie te quiere como nosotros".

Al amanecer, el sol pintaba el rancho de oro, y Jimena caminaba satisfecha, el cuerpo adolorido rico, sabiendo que su pasión ardiente acababa de sellar su destino. El chisme del pueblo seguiría, pero ella había elegido: con los hermanos Reyes, en un amor prohibido y ardiente que ningún Gavilanes olvidaría.

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