Pasión por Trabajo
En la bulliciosa oficina de una agencia publicitaria en Polanco, Ciudad de México, yo, Ana, siempre he sido la reina del pasión por trabajo. Desde que entré hace cinco años, me levanto a las cinco de la mañana para revisar campañas, sorbo café negro cargado que huele a vainilla y canela de la tiendita de la esquina, y me pierdo en números y creativos hasta que el sol se esconde tras el skyline. Mis compañeros me llaman la máquina, pero para mí, es puro fuego interno, esa adrenalina que me hace sentir viva, con el corazón latiendo fuerte contra el corsé de mi blusa ajustada.
Todo cambió el día que llegó Javier, el nuevo director creativo. Alto, moreno, con ojos café que brillaban como el tequila añejo bajo las luces neón de un bar en la Condesa. Entró con una sonrisa pícara, camisa remangada dejando ver antebrazos fuertes, y un perfume que olía a madera ahumada y limón fresco, invadiendo el aire viciado de impresoras y sudor de mediodía. ¿Qué onda con este wey? pensé, mientras lo veía presentarse en la junta. Su voz grave, con ese acento norteño juguetón, hacía que mis muslos se apretaran bajo la mesa de juntas.
—Ana, la neta, tus reportes son oro puro —me dijo después, acercándose a mi escritorio con una carpeta en mano—. Quiero que trabajemos juntos en la nueva campaña de lencería. Algo sensual, que despierte pasiones.
Sentí un cosquilleo en la nuca, como si su aliento cálido ya me rozara la piel. Asentí, profesional como siempre, pero mi mente volaba:
Imagínate esas manos en mis caderas, guiándome como a una modelo en su shoot.Esa noche, nos quedamos hasta tarde. La oficina se vació, solo quedaban el zumbido del aire acondicionado y el tic-tac del reloj marcando las diez. El aroma de su colonia se mezclaba con el mío, floral y dulce, creando una nube embriagadora.
Acto dos, la escalada. Día tras día, sesiones interminables. Javier se inclinaba sobre mi hombro, su pecho rozando mi espalda, y yo sentía el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela. ¡Puta madre, qué rico huele! Sus dedos rozaban los míos al pasar el mouse, descargas eléctricas que me ponían la piel de gallina. Hablábamos de todo: de tacos al pastor en la calle, de cómo el chilango tráfico nos volvía locos, de sueños rotos y pasiones ocultas.
—Tú tienes una pasión por trabajo que me enciende, Ana —confesó una noche, mientras compartíamos unas chelas frías traídas de la Oxxo—. No es solo chamba, es como si lo vivieras en la piel.
Mi corazón galopaba, el pulso retumbando en mis oídos como tambores de mariachi. Lo miré, sus labios carnosos entreabiertos, y respondí con voz ronca:
—Y tú, Javier, me haces querer trabajar más duro.
La tensión crecía como tormenta en el Popo. Una mano en mi rodilla "accidental", un roce en la cintura al levantarme. Internamente, luchaba:
Es mi jefe, wey, pero ¡qué chido se ve con esa barba de tres días! ¿Y si nos cachan? Nah, esta pasión por trabajo se merece un premio.El viernes, deadline apretado, lluvia torrencial azotando las ventanas. Estábamos solos de nuevo, empapados de sudor y anticipación. Él se paró detrás de mí, masajeando mis hombros tensos.
—Relájate, mamacita —susurró, su aliento caliente en mi oreja, enviando ondas de placer directo a mi entrepierna.
No aguanté más. Me giré, lo jalé por la corbata y lo besé. Sus labios sabían a cerveza y menta, ásperos y urgentes. Gemí contra su boca, sintiendo su erección dura presionando mi vientre. Manos por todos lados: las suyas desabotonando mi blusa, revelando encaje negro que contrastaba con mi piel morena; las mías hurgando bajo su camisa, palpando abdominales firmos como pan dulce recién horneado.
Me levantó sobre el escritorio, papeles volando como confeti. El sonido de la lluvia amortiguaba nuestros jadeos. Olía a sexo inminente, a feromonas y tinta de impresora. Bajó mi falda, besando mi cuello, mordisqueando hasta dejar marcas rojas como chiles habaneros. ¡Ay, cabrón, qué bien se siente! Mis pezones endurecidos rozaban su pecho, enviando chispas de placer. Él se arrodilló, lengua experta explorando mis pliegues húmedos, saboreando mi néctar salado y dulce. Gemí alto, arqueándome, uñas clavadas en su cabello negro revuelto.
—¡Javier, no pares, pendejo! —supliqué, riendo entre gemidos, el slang saliendo natural como un trago de pulque.
Se incorporó, pantalón desabrochado, su miembro grueso y venoso palpitando. Lo guié dentro de mí, centímetro a centímetro, sintiendo el estiramiento delicioso, el roce ardiente. Nos movimos en ritmo perfecto, como salsa en un antro de la Roma: lento al inicio, luego frenético. Sudor perlado en su frente, goteando en mi escote; el slap-slap de piel contra piel; su olor almizclado mezclándose con el mío. Alcancé el clímax primero, olas de éxtasis rompiendo, gritando su nombre mientras contraía alrededor de él.
Él siguió, gruñendo como toro, hasta derramarse dentro, caliente y abundante. Colapsamos, jadeantes, cuerpos entrelazados en el desorden del escritorio.
En el afterglow, lluvia calmándose, nos miramos con sonrisas cómplices. Su mano acariciaba mi cabello húmedo, yo trazaba círculos en su pecho tatuado con un águila estilizada.
—Esto no fue solo pasión por trabajo, ¿verdad? —dijo, besando mi sien.
—Neta, wey. Fue el mejor bono que me han dado —respondí, riendo suave.
Nos vestimos lento, robándonos besos, planeando la próxima "reunión". Salimos a la noche húmeda de la ciudad, taxis pitando, neones parpadeando. Mi pasión por trabajo ahora tenía un nuevo sabor: él, nosotros, esta llama que no se apaga. Caminamos de la mano, listos para conquistar campañas y camas por igual, con el corazón lleno y el cuerpo satisfecho.