Porque Se Pierde La Pasion En Una Pareja
Estabas ahí en la cocina de tu depa en Polanco, removiendo el mole en la olla mientras el aroma picante y dulce te llenaba las narices, haciendo que se te hiciera agua la boca. Hacía ocho años que estabas con Luis, tu carnal, y neta que últimamente todo se sentía como una pinche rutina de novela barata. ¿Por qué se pierde la pasión en una pareja? te preguntabas mientras cortabas cebollita fresca, el jugo picándote los ojos. El trabajo en la agencia de publicidad te chingaba todo el día, él llegaba hecho pedo del estrés en la constructora, y al rato ya estaban los dos tirados en el sofá viendo Netflix sin ni siquiera tocarse.
Luis entró por la puerta principal, el sonido de sus botas pesadas retumbando en el piso de madera. Olía a sudor fresco del sol de la ciudad, mezclado con su colonia barata que tanto te gustaba, esa que te recordaba las primeras veces que se la echó en el motel de la Roma. ¡Hola, mi reina!
gritó, y tú volteaste con una sonrisa cansada.
¡Hola, wey! Lávate las manos que ya casi está la cena
, le dijiste, sintiendo un cosquilleo leve en el estómago al verlo quitarse la camisa sudada, revelando esos músculos prietos del gym que ya no visitaba tanto. Cenaron en la mesa del comedor, tacos de mole con arroz y frijoles, el vapor subiendo caliente y el crujido de las tortillas tostadas rompiendo el silencio. Entre bocado y bocado, platicaron del día: el tráfico del Periférico, el jefe pendejo, los clientes mamones.
Pero entonces, mientras él se llevaba un trago de su chela fría, tú soltaste lo que traías guardado:
¿Por qué se pierde la pasión en una pareja, Luis? Neta, ya no nos cogemos como antes. Todo es mecánico, sin chiste.
Él te miró fijo, sus ojos cafés brillando bajo la luz amarilla de la lámpara. Dejó la botella en la mesa con un clink suave y se acercó, su mano grande cubriendo la tuya. Tienes razón, mi amor. El trabajo nos ha chingado, pero esta noche la vamos a revivir. ¿Qué dices si dejamos los platos y nos vamos a la cama?
Tu corazón latió más rápido, un pulso caliente subiendo por tu cuello. Lo seguiste al cuarto, el aire ya cargado con el olor de sus cuerpos anticipando lo que venía. La recámara estaba fresca por el aire acondicionado zumbando bajito, las sábanas blancas revueltas de la mañana. Luis te jaló suave por la cintura, sus labios rozando tu oreja, el aliento cálido haciendo que se te erizaran los vellitos.
Acto dos: la escalada
Te quitó la blusa despacio, sus dedos callosos rozando tu piel suave de la espalda, enviando chispas eléctricas directo a tu entrepierna. Estás más rica que nunca, Ana
, murmuró, su voz ronca como gravel, mientras besaba tu cuello, saboreando el salado de tu sudor del día. Tú gemiste bajito, el sonido escapando sin control, y le clavaste las uñas en los hombros anchos.
Caída en la cama, sentiste el colchón hundirse bajo su peso, el calor de su cuerpo presionando el tuyo. Sus manos exploraban tus tetas, amasándolas con ternura al principio, luego más firme, pellizcando los pezones hasta ponértelos duros como piedritas. Qué chingón se siente esto, pensaste, mientras tu coño empezaba a mojarse, el calor húmedo empapando tus calzones de encaje negro.
Le bajaste el pantalón, liberando su verga gruesa, ya tiesa y palpitante, con venitas marcadas que te daban ganas de lamer. Olía a hombre puro, a deseo crudo, y tú la tomaste en la mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave. Mámamela, mi rey
, le pediste con voz temblorosa, y él se arrodilló entre tus piernas abiertas, el colchón crujiendo.
Su lengua tocó tu clítoris primero suave, como un roce de pluma, luego más intenso, chupando y lamiendo con hambre. El sabor de tu propia excitación te llegó cuando él te besó después, jugos mezclados en su boca caliente. Gemías fuerte ahora, ¡Ay, cabrón, no pares!
, tus caderas moviéndose solas contra su cara barbuda, el roce raspando delicioso. Él metió dos dedos gruesos adentro, curvándolos justo en ese punto que te hace ver estrellas, el sonido chapoteante de tu humedad llenando la habitación.
Pero no querías correrte todavía. Lo empujaste boca arriba, montándote encima, frotando tu panocha mojada contra su pinga dura. Siento que hemos olvidado esto, wey. La rutina nos mató la pasión, pero mira cómo la revivimos
, le dijiste jadeando, mientras lo guiabas adentro. Entró de una, llenándote completo, estirándote con ese ardor placentero que te hace arquear la espalda.
Cabalgaste lento al principio, sintiendo cada centímetro deslizándose, el roce interno mandando ondas de placer por todo tu cuerpo. Sus manos en tus nalgas, apretando fuerte, guiando el ritmo. El sudor nos corría a los dos, gotas saladas cayendo en su pecho, el olor almizclado de sexo puro invadiendo el aire. Aceleraste, tus tetas rebotando, gemidos convirtiéndose en gritos: ¡Chíngame más duro!
Él volteó las posiciones, poniéndote en cuatro, el espejo del clóset reflejando tu cara de puro vicio. Te embistió profundo, sus bolas golpeando tu clítoris con cada thrust, el plaf plaf rítmico como tambores de cumbia. Tus paredes internas se contraían, ordeñándolo, el orgasmo construyéndose como una ola gigante en tu vientre.
Acto tres: la liberación
Al fin explotó todo. ¡Me corro, Luis!
gritaste, el placer rompiéndote en mil pedazos, jugos chorreando por tus muslos temblorosos. Él gruñó como animal, ¡Yo también, mi puta rica!
, y lo sentiste hincharse adentro, chorros calientes pintando tus entrañas. Colapsaron juntos, cuerpos pegajosos de sudor y semen, respiraciones agitadas sincronizadas.
Después, en el afterglow, se quedaron abrazados, su verga aún medio dura dentro de ti, pulsando suave. El cuarto olía a sexo satisfecho, a mole lejano desde la cocina. Acariciaste su pelo revuelto, besando su frente salada.
Ya sabemos por qué se pierde la pasión en una pareja: la dejamos ir con la rutina. Pero neta, wey, esto fue chingón. Vamos a hacerlo más seguido.
Él sonrió, besándote los labios hinchados. Sí, mi amor. Mañana pedimos el día libre y nos la pasamos así. Te amo, Ana.
Y ahí, con su calor envolviéndote, supiste que la pasión no se pierde para siempre. Solo hay que recordarla, encenderla de nuevo con fuego mexicano puro.