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En esta historia relato la manera en que pagué con la misma moneda el haberle roto el culo a mi novia, que le dolió, pero le gustó.
Mi novia y yo llevamos algo de tiempo juntos. Yo vivo solo después de un divorcio sin hijos; ella vive con su familia, padres y dos hermanos: uno mayor que ella y su hermana un año más chica. Ellas son muy apegadas, hacen cosas juntas, se cuentan todo, se tienen confianza en una palabra. Arcelia, mi novia, viene a mi casa con frecuencia, a veces se queda a dormir conmigo; cenamos, hacemos el amor, nada fuera de lo normal. Con respecto a lo sexual, ella es tranquila, participa y corresponde: la toco, me toca, nos besamos, se la meto, me recibe. Sin embargo, sin ser mojigata, tiene ciertos límites: nunca sexo oral, no me la chupa y no me deja comerme su rajita; tampoco sexo anal, su culito es sagrado, nada entra en él. Puedo tocarle por encima, sobarle un poco, pegarle mi verga, pero nunca metérsela.
Hace unos días, un sábado, Arcelia llegó por la tarde. Dijo que venía de una reunión y que estaba cansada, que el lugar quedaba mucho más cerca de mi casa que de la de ella, que si podía quedarse a dormir, dado que al día siguiente no había trabajo.
Yo, encantado; significaba que tal vez podríamos coger.
Al llegar, me dijo si podía bañarse. Le dije que por supuesto. Me pidió algo de ropa y le presté una playera grande y larga que funcionaba más o menos como pijama.
Quiero describir a mi novia. Ella es de estatura media, piel aceitunada; su cuerpo no es delgado ni gordo (me gusta tener de dónde agarrar). Sus senos son grandes, ricos; cintura marcada y lo mejor, o lo que más me encanta de ella, sus nalgas: redondas, grandes, paradas, no gordas, sólidas, macizas, deliciosas.
Arcelia se bañó y salió con la playera puesta, en sandalias y sin ropa interior. Vino a sentarse conmigo en el sofá; yo acomodé mi cabeza en sus muslos y por un momento seguimos viendo la TV. Al poco rato volteé hacia arriba y ahí, en mi cara, estaban sus senos, rotundos y a mi alcance. Primero con mi nariz rocé levemente su pezón; ella se rió y me dijo algo. Yo no cedí, volví otra vez; luego le acerqué mi boca. Para este momento su pezón ya pedía ser mordido, lamido, comido. Ella empezó a suspirar y jadear, y me dijo:
—Me estás calentando, me vas a dejar así, ¿verdad?
Yo empecé a utilizar las manos para acariciar su otro seno y luego sus piernas. Nos paramos; la tomé por la espalda —para entonces mi verga estaba superlista—. La abracé, le coloqué la verga entre sus nalgas y la fui llevando a la recámara. Ya en el cuarto la empujé a la cama; empecé a besarla, me comí su boca —riquísima—, cuello, orejas, nuca y entonces bajé a sus senos. Primero los mordisqueé sobre la playera, luego se la subí y así, en crudo, se los besé, mordí, lamí sus pezones. Ella jadeaba y se movía como serpiente. Debo mencionar que Arcelia tiene una característica que me encanta: cuando se excita o se calienta, su vagina fluye como cascada, genera jugos a rabiar; me encanta porque saben deliciosos.
Ella se calentaba; yo comencé a bajar por su vientre con la mejor intención de mamar su rajita y, si Dios lo permitía, chupar su botoncito. Por supuesto que no me dejó. Me conformé y solo usé mi mano: mis dedos sobaron su vagina, abrieron sus labios, entraron uno por uno y se empaparon a placer. Ella utilizaba sus manos para abrazarme, pellizcarme, rasguñarme; luego bajó a mi vientre y empezó a hacerme una deliciosa chaqueta. Su mano me sobaba y jalaba adelante y atrás.
Yo me preparé, giré mi cuerpo y, quedando encima de ella, enfilé mi verga a su vagina, que —dada su lubricación— me recibió con una fluidez impresionante. Entré y salí con fuerza y velocidad; mis manos fueron de sus senos a sus nalgas, ahí es donde me puse como loco. Tomé sus piernas, me las eché a los hombros y seguí cogiéndomela. A poco mi verga pedía a gritos venirse en ella; entonces mis manos tomaron esas impresionantes nalgas, las apreté y las abrí. Para ello empujé mi cuerpo contra ella y eso permitió que su cuerpo se levantara, dejando a la vista su culito: rosado, terso, limpio. Esa visión me tocó y mi mente le cedió el control a mi verga. Para este momento sus jugos fluían por su canal, mojando la cama pero pasando por su culito, mismo que ya estaba encharcado. Yo miré ese ojito que prácticamente me guiñaba y decía “yo también quiero”. No pude aguantar: como estaba entrando y saliendo por completo de su vagina, en una salida ya no entré en su raja, enfilé más abajo y de una se la metí en el culo. No soy supergande, pero 19 cm y cierto grosor la hicieron saltar y gritar:
—¡Qué grandísimo cabrón eres! ¡Sácamela ya, por ahí no se vale!
Por supuesto que no se la saqué; me moví como loco y en unos minutos me vine dentro de su culo. Mi leche salió en chorros que me hicieron ver estrellas. Todavía aguanté un rato dentro. Ella ya no gritó, aguantó sin decir nada; parece que le encantó. Solo me vio con una mirada que parecía decirme “ya verás”. Yo no me di por aludido; estaba feliz, había cumplido casi un sueño. Nos dormimos.
Al día siguiente no dijo nada; andaba como algo molesta, pero nada grave. Yo la veía caminar un poco raro y sonreí para mí.
Esto pasó y yo casi lo había olvidado.
Al siguiente fin de semana, Arcelia me dijo que iría a una fiesta con su hermana, que si podían ambas venir a quedarse en mi casa cuando salieran. Pensé: “Otra vez comeré culito, súper”. Por la noche ambas hermanas llegaron; se veían cansadas, ambas vestidas como para matar: vestidos cortos, medias, tacones, todo rico.
Su hermana dijo que se sentía muy cansada y que si se podía ir a dormir. Le llevé al cuarto de invitados, le di una playera para que se cambiara y pudiera dormir, y la dejé. Abajo, en la sala, mi novia sentada en el sofá me veía como esperando algo. Cruzó las piernas, dejando ver que hasta un liguero llevaba acompañando sus medias negras. Esa visión empezó a calentarme a una velocidad creciente. Llegué junto a ella, me senté a su lado, la abracé y besé; olía delicioso, sabía a caramelo, quería comérmela completa. Mis manos empezaron a recorrer su cuerpo: senos, vientre, bajaron a su entrepierna y el tacto con sus medias, el encaje del liguero y su piel me hicieron decidir el siguiente paso:
—Vamos a la cama —le dije.
Ella no contestó; se levantó, me abrazó, su mano fue directo a mi verga y casi a rastras me llevó al cuarto. Yo no resistí: le saqué el vestido, el sostén y la dejé con una tanguita microscópica de hilo dental que traía, su liguero, las medias sedosas y las sandalias de tacón. No podía parar: la tocaba, apretaba, besaba, lamía, chupaba, mordía. Mis manos recorrían sus senos, su vientre y fueron a su vagina; mis dedos volaban entre sus labios, su botoncito y sus nalgas. Ella aparentemente no objetaba nada. Como la vez anterior, levanté sus piernas a mis hombros, enfilé la verga y se la metí hasta el fondo; empecé a entrar y salir completamente, preparándome por si podía de nuevo comer culo. Ella, en apariencia, cooperaba por completo: movía su cadera como provocándome, su culito me guiñaba el ojito y yo ya imaginaba lo que le esperaba a mi verga.
De nuevo levanté sus piernas y las abracé para que no pudiera moverlas demasiado; salí y empecé a planear mi entrada a su culo y entonces, sin que me hubiera dado cuenta, sentí unos brazos abrazándome desde atrás, sentí unos senos que se sobaban contra mi espalda y escuché una voz que decía:
—Hola, cuñado. ¿Puedo participar?
Me quedé quieto un momento, pero reaccioné juntando mi espalda a su cuerpo. No sabía qué pasaba, pero no podía ponerme a averiguar; había que actuar.
Seguí cogiéndome a Arcelia; su hermana me tomó por la cintura con fuerza. Arcelia soltó sus piernas y me abrazó con ellas; con ello sus nalgas se abrieron todavía más, dejando su culo más que abierto. Era una verdadera visión. Yo decidí que era el momento de gozar ese culito; saqué mi verga de su vagina y en ese momento su hermana abrió también mis nalgas. Yo no lo tomé a mal. Salí de ella, enfilé la verga y cuando iba a metérsela en el culo sentí que me abrían el mío también. Algo enorme estaba entrando en mi caverna; era enorme y grueso. Grité:
—¡Qué hijos de la chingada estás haciendo, cabrona!
Ambas sonrieron y Arcelia dijo:
—Ojo por ojo y culo por culo.
Aquel pedazo de hule entraba y entraba; parecía que nunca terminaría de horadarme el culo. Sentí como 30 cm y tal vez 8 de diámetro; mi culo latía con un dolor incontrolable.
Sin embargo, lo demás de mi cuerpo estaba gozando mucho. Arcelia empezó a acariciar mi dorso con sus pies con todo y medias; eso me enardecía. Mi verga se fue sobre su culito y empecé un mete y saca demoledor. En tanto su hermana acariciaba y mordía mi espalda. Por alguna razón, entre más me la metía en el culo, ella jadeaba más; eso pasaba porque el aparato con el que me estaba cogiendo era doble: una parte, la más grande, estaba entre mis nalgas y otra similar la tenía ella metida en su vagina. Entre más duro me daba, ella también recibía más en su raja. Me concentré en mis metidas, en la espalda que se estaban comiendo y en sus pies, que empecé a lamer, chupar y morder. Sus deditos pasaron por mi boca uno a uno y, contra lo que podía pensar, Arcelia empezó a excitarse más: su cadera se movía a toda velocidad y sus pies molían mi pecho y mi cara. En tanto su hermana dejó mi espalda y pasó al frente: besaba y acariciaba mi pecho; sus manos bajaron a mi vientre, tomaron mis huevos y los sobó al mismo tiempo que le sobaba los labios a su hermana. Arcelia estaba a tope; no dijo ni hizo nada para protestar. La hermana metió su cabeza entre nuestras piernas: me besaba y mordía los huevos y succionaba los jugos de Arcelia. Los tres bufábamos de gozo. Arcelia empezó a tensarse; sus piernas me apretaban hasta casi arrancar mi verga y entonces se vino como si su vagina lloviera. Por alguna razón —tal vez la excitación extrema— mi verga estaba durísima, pero no se vino en ella. Entonces mi cuñada me la sacó de su hermana, empezó a chupármela con ansias, luego se acostó en la cama, me abrió las piernas y me dijo:
—Te quiero en mi culito, siempre lo he soñado.
No podía ni quería despreciar ese delicioso agujerito rosado. Antes de metérsela, se lo besé, lo chupé; mi lengua entró y salió hasta mojarla a tope y entonces sí: se la metí de un solo golpe. Ella gritó, pero no era un grito de dolor; aullaba de placer:
—¡Dámela! ¡Métela! ¡Rómpeme el culo! ¡Dame tu verga como se la das a mi hermana! ¡Yo sí te doy el culo!
Solo Dios sabe cómo aguanté tanto. Al poco rato ambos empezamos a tensarnos. Arcelia bajó y metió su cara entre nosotros: besaba y mordisqueaba mis huevos y lamía el culo de su hermana. No pude más y ella tampoco; nos vaciamos. Yo gruñía, la maldecía, le llamaba puta, zorra, perra y ella, en lugar de protestar, me apretaba como si le fuera la vida en ello.
Creo que dejé la leche de toda mi vida en esa corrida. Poco a poco nos calmamos. Yo pensé: “Ahora viene el drama”. Solo entonces empecé a sentir el dolor en mi culo. Pensé para mí: “Bueno, me lo merecía, pero valió la pena”.
Mi novia me miró, vio a su hermana y dijo:
—Hacemos un gran equipo, ¿no? Ahora podremos organizarnos mejor: yo te doy la vagina y mi hermanita el culo; tú nos das verga a las dos y todos felices.
Así empezó una excelente asociación.
Ojalá la historia les haya gustado y se tomen un tiempito para comentarla.