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Imágenes de Locura y Pasión

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Imágenes de Locura y Pasión

Entras al galerío en el corazón de la Roma, con ese olor a café recién molido mezclándose con el aroma fresco de las flores que adornan la entrada. El sol de la tarde se filtra por las ventanas altas, pintando rayas doradas en el piso de mármol pulido. Imágenes de locura y pasión, reza el título de la exposición en la pared principal, y sientes un cosquilleo en la nuca, como si esas palabras te llamaran directamente a ti. Tienes veintiocho años, soltera por elección, y hoy decidiste venir sola, buscando algo que rompa la rutina de tu vida como diseñadora gráfica en Polanco.

Te detienes frente a la primera pieza: una fotografía en blanco y negro de una mujer con el cabello revuelto, los labios entreabiertos en un jadeo silencioso, sus manos aferradas a sábanas arrugadas. El deseo salta de la imagen como un latido palpable. Escuchas el murmullo de la gente a tu alrededor, risas bajas y comentarios susurrados, pero tu pulso se acelera solo.

¿Qué carajos me pasa? Esto es puro fuego
, piensas mientras pasas a la siguiente: un hombre semidesnudo, músculos tensos bajo la piel sudada, mirada feroz que parece perforarte.

De repente, una voz grave rompe tu trance. —¿Te gustan? Son mías. Volteas y ahí está él: alto, moreno, con barba de tres días y ojos cafés que brillan como el tequila añejo. Lleva una camisa negra ajustada que marca su pecho firme, jeans que abrazan sus caderas. Se llama Diego, treinta años, el fotógrafo. Güey, está cañón, te dices, sintiendo calor subir por tu cuello. Charlan un rato; él explica cómo capturó esas imágenes de locura y pasión en sesiones improvisadas con parejas que se entregaban sin reservas. Su acento chilango te envuelve, palabras como "neta" y "chido" saliendo naturales de su boca.

La tensión crece con cada foto que ven juntos. Sus hombros se rozan accidentalmente —o no tanto— y sientes la electricidad de su piel contra la tuya, cálida y áspera. El olor de su colonia, madera y cítricos, te marea. —Ven a mi estudio después —te dice, su aliento rozando tu oreja—. Ahí verás cómo se hacen de verdad. Dices que sí sin pensarlo dos veces, el deseo ya latiendo entre tus piernas como un tambor.

El trayecto en su camioneta es un preludio. Maneja por las calles empedradas de la Condesa, la ciudad rugiendo afuera con cláxones y vendedores ambulantes gritando. Tu mano descansa en su muslo, sintiendo el músculo duro bajo la tela. Él pone su palma sobre la tuya, apretando suave.

Esto va a estar de poca madre
, piensas, el corazón retumbando en tus oídos.

Llegan a su loft en una casa vieja remodelada, techos altos y paredes llenas de más fotos eróticas. Cierra la puerta y el mundo se apaga; solo quedan ustedes dos, el aroma a incienso quemándose en una esquina y la luz tenue de lámparas colgantes. Se acerca lento, sus dedos trazando tu brazo desde el hombro hasta la muñeca. —Quiero capturarte como a ellas —murmura, su voz ronca. Asientes, el aire espeso con anticipación. Te quita la blusa con delicadeza, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios son calientes, suaves, saben a menta y algo salvaje.

Te empuja contra la pared, no con fuerza, sino con esa urgencia compartida. Tus manos exploran su espalda, clavando uñas en la carne mientras él desabrocha tu bra, liberando tus pechos. Los lame despacio, círculos con la lengua que te hacen arquearte, un gemido escapando de tu garganta. Su boca es puro vicio. El sonido de su respiración agitada llena el cuarto, mezclándose con el tuyo. Bajas la mano a su pantalón, sientes su verga dura presionando, palpitante. La liberas, acariciándola con firmeza; él gruñe bajo, un sonido animal que te enciende más.

Caen al sillón de piel suave, cuerpos entrelazados en un baile febril. Él te abre las piernas, sus dedos hundiéndose en tu humedad, explorando con maestría. —Estás chorreando, nena —dice, y tú respondes con un ¡sí, cabrón! juguetón—. Cada roce envía chispas por tu espina, el olor de tu excitación subiendo como perfume prohibido. Lo montas, guiando su miembro dentro de ti centímetro a centímetro. El estiramiento es exquisito, llenándote hasta el fondo. Empiezas a moverte, lento al principio, sintiendo cada vena, cada pulso contra tus paredes internas.

La locura se apodera: ritmos acelerados, piel chocando con piel en palmadas húmedas, sudor perlando frentes y pechos. Él te agarra las caderas, guiándote más profundo, sus ojos fijos en los tuyos.

Esto es pasión pura, sin filtros, como sus fotos
. Gritas su nombre cuando el orgasmo se acerca, olas de placer contrayendo tus músculos alrededor de él. Él se tensa, embiste una vez más y explota dentro, chorros calientes que te llevan al borde de nuevo. Colapsan juntos, jadeando, el corazón de ambos martilleando al unísono.

Después, yacen enredados en sábanas revueltas, el cuarto oliendo a sexo y satisfacción. Él acaricia tu cabello, besos suaves en la sien. —Eres mi mejor imagen —susurra. Sonríes, el cuerpo lánguido, el alma plena. Piensas en las imágenes de locura y pasión de la galería, pero esta, la tuya, es real, tangible, eterna. La noche se extiende con promesas de más, pero por ahora, el afterglow basta, un cierre dulce a la tormenta.

Al amanecer, con el sol colándose por las cortinas, te despides con un beso largo, saboreando el futuro. Sales a la calle, el bullicio de México despertando, pero llevas su esencia en la piel: el roce fantasma de sus manos, el eco de sus gemidos. Chido, bien chido, murmuras para ti, lista para lo que venga.

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