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Reparto Abismo de Pasion

7487 palabras

Reparto Abismo de Pasion

Carla sintió el pulso acelerado mientras entraba al estudio en Polanco, el aire cargado con ese olor a madera fresca y luces calientes que siempre la ponía nerviosa. Era su primera audición grande, para Abismo de Pasion, una película indie que prometía ser el escándalo del año en el cine mexicano. El director, un tipo excéntrico llamado Memo, la había llamado esa misma mañana: "Órale, carnala, el reparto Abismo de Pasion necesita una chava como tú, con fuego en los ojos". Ella sonrió para sí, ajustándose el vestido ceñido que marcaba sus curvas, sintiendo la tela rozar su piel como una caricia prohibida.

El set era un paraíso de sombras y focos, con sofás de terciopelo rojo y velas falsas parpadeando. Ahí estaba Diego, el galán principal, recargado contra una pared, con esa camisa entreabierta que dejaba ver el vello oscuro en su pecho. Alto, moreno, con ojos que parecían devorarla desde el primer vistazo. "Qué onda, ¿lista para caer en el abismo?", le dijo con una sonrisa pícara, extendiendo la mano. Su palma era cálida, áspera por el trabajo en gimnasios y quién sabe qué más. Carla sintió un cosquilleo subirle por el brazo, como electricidad estática en piel sudada.

La primera lectura de guion fue un juego de miradas. Las líneas hablaban de amantes atrapados en un torbellino de deseo, un reparto abismo de pasion que los arrastraba sin remedio. Diego leía con voz grave, ronca, como si cada palabra fuera un susurro al oído. "Tu cuerpo es mi abismo, y yo me hundo gustoso", recitó, y sus ojos se clavaron en los de ella. Carla tragó saliva, notando cómo su blusa se humedecía un poco en el escote por el calor de las luces.

¿Esto es parte del ensayo o ya empezó lo bueno?
pensó, cruzando las piernas para calmar el calor que subía entre sus muslos.

Al final del día, Memo los mandó a practicar química a solas. "Hay que sentirlo, weyes, no nomás decirlo". El estudio se vació, dejando solo el zumbido de los aires acondicionados y el eco de sus pasos. Diego se acercó, oliendo a colonia fresca con un toque de sudor masculino, ese aroma que hace que las rodillas flaqueen. "Neta, Carla, desde que te vi, supe que el reparto Abismo de Pasion iba a explotar contigo", murmuró, su aliento cálido contra su cuello. Ella giró, rozando su pecho con los senos, y sintió los pezones endurecerse al instante bajo la tela delgada.

La tensión creció como una tormenta en el desierto. Sus manos se encontraron, dedos entrelazados, explorando. Diego la jaló hacia el sofá, y ella se dejó caer, riendo bajito. "Eres un pendejo peligroso", le dijo juguetona, mientras él se arrodillaba frente a ella, besando su rodilla expuesta. La piel de sus labios era suave, húmeda, dejando un rastro de saliva que se enfriaba al aire. Carla arqueó la espalda, inhalando su olor, mezcla de jabón y deseo crudo. Esto no es el guion, pensó, pero su cuerpo gritaba sí, más.

El beso llegó como un relámpago. Sus bocas chocaron, lenguas danzando con urgencia, saboreando el café de la mañana en él y el gloss de fresa en ella. Diego gemía bajito, un sonido gutural que vibraba en su garganta, mientras sus manos subían por sus muslos, abriendo las piernas con gentileza. "Dime si quieres parar, mi reina", susurró contra sus labios, ojos oscuros pidiendo permiso. "Ni madres, sigue, cabrón", respondió ella, jalándolo por la camisa para arrancársela. Su pecho desnudo era firme, pectorales duros bajo sus palmas, el corazón latiendo como tambor azteca.

La ropa voló: su vestido por encima de la cabeza, revelando lencería negra que él devoró con la mirada. "Qué chingona estás", gruñó, lamiendo el borde de su brasier. Carla sintió el calor de su lengua, áspera y caliente, trazando círculos alrededor de sus pezones antes de succionarlos. Un jadeo escapó de su boca, alto y sin vergüenza, mientras sus uñas se clavaban en su espalda, dejando surcos rojos. El aire se llenó del sonido de besos húmedos, respiraciones entrecortadas y el crujir del sofá bajo sus cuerpos enredados.

Él bajó más, besando su vientre plano, inhalando el aroma almizclado de su excitación. Sus dedos juguetearon con el encaje de las panties, frotando el clítoris hinchado a través de la tela. Carla se mordió el labio, sintiendo la humedad empapar todo, el pulso latiendo furioso entre sus piernas.

Esto es el abismo, neta, y me encanta hundirme
, pensó, mientras él deslizaba la prenda a un lado y su lengua la invadía. Caliente, insistente, lamiendo pliegues resbalosos, saboreándola como tequila añejo. Ella gritó, caderas alzándose para presionar contra su boca, el placer subiendo en olas que la hacían temblar.

Diego no se detuvo hasta que ella explotó, un orgasmo que la dejó arqueada, gritando su nombre con voz ronca. "¡Diego, chingado!" El sabor salado de su jugo en su lengua lo volvió loco; se quitó los pantalones de un tirón, revelando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando al aire. Carla la tomó en mano, sintiendo el calor aterciopelado, la dureza de acero bajo la piel. "Ven, métemela ya", lo urgió, guiándolo a su entrada húmeda.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos jadearon al unísono, el sonido de carne contra carne empezando suave. Sus ojos se encontraron, llenos de esa conexión cruda, empoderadora. "Eres mía en este abismo", murmuró él, embistiendo más profundo. Ella envolvió sus piernas en su cintura, uñas en su culo, marcándolo. El ritmo creció: golpes fuertes, sudor goteando, pechos rebotando con cada thrust. El olor a sexo llenaba el set, almizcle y sal, mezclado con el cuero del sofá.

Carla sentía cada vena de él rozando sus paredes internas, el glande golpeando ese punto que la volvía loca. Sus gemidos se volvieron gritos, sincronizados: "¡Más duro, wey! ¡Sí, así!" Él obedecía, sudando, músculos tensos, el placer construyéndose como volcán. Ella lo arañó, lo besó con furia, lenguas batallando mientras sus cuerpos chocaban en frenesí. El clímax los alcanzó juntos; él se hinchó dentro, eyaculando chorros calientes que la llenaron, mientras ella convulsionaba, paredes apretándolo en espasmos.

Colapsaron enredados, respiraciones pesadas calmándose poco a poco. Diego la besó en la frente, suave ahora, tierno. "Neta, eso fue más que ensayo", dijo riendo bajito. Carla sonrió, sintiendo su semen escurrir entre sus muslos, cálido y pegajoso.

El reparto Abismo de Pasion acaba de nacer de verdad
, pensó, acurrucándose contra su pecho húmedo.

Al día siguiente, en la mesa de producción, Memo los miró con ojos sabios. "Se nota la química, pinches fieras". Filmaron la escena esa tarde, pero ya nada era actuación. Cada toque, cada mirada, llevaba el eco de la noche anterior. Carla se sentía empoderada, dueña de su deseo, con Diego a su lado en ese torbellino. El abismo no era oscuridad, sino luz ardiente, pasión que los elevaba.

Semanas después, en la premiere privada, el reparto Abismo de Pasion aplaudió su química en pantalla. Pero ellos sabían la verdad: lo real había sucedido antes de las cámaras, en pieles temblorosas y susurros mexicanos. Carla tomó la mano de Diego en la oscuridad del cine, sintiendo aún el fantasma de su calor. El deseo no acababa; solo se transformaba, listo para el próximo abismo.

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