Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Pasión Prohibida Capítulo Pasión Prohibida Capítulo

Pasión Prohibida Capítulo

7208 palabras

Pasión Prohibida Capítulo

La noche en la colonia Roma olía a jazmín mezclado con el humo de los tacos al pastor de la esquina. Yo, Lucía, de treinta años, con mi vestido negro ceñido que marcaba mis curvas como un guante, caminaba del brazo de Pedro hacia la casa de su carnal. Pedro, mi prometido, el tipo perfecto en el papel: ingeniero exitoso, sonrisa de anuncio de dentífrico y planes de boda en la playa de Cancún. Pero esa noche, mis ojos no se despegaban de Raúl, el mejor amigo de Pedro desde la prepa. Neta, Raúl era un peligro andante: alto, moreno, con esa barba de tres días que raspaba justo bien y ojos que te desnudaban sin piedad.

La fiesta estaba en su apogeo. Mariachi sonaba de fondo, mezclado con reggaetón que hacía vibrar el piso de losa. Tequila reposado corría como agua, y el aire cargado de sudor y perfume barato me hacía sentir la piel electrizada. Pedro charlaba con unos cuates sobre el América, pero yo solo podía oler el aroma de Raúl cuando pasó cerca, trayendo una chela. Ese olor a colonia terrosa, a hombre que trabaja con las manos, me revolvió las tripas.

¿Qué chingados me pasa? Esto es pasión prohibida, capítulo de esos que lees en novelas y terminas toda mojada.

Me serví un trago y me acerqué a la barra improvisada. Raúl estaba ahí, sirviéndose un cuba libre. Nuestras manos se rozaron al tomar la botella, y sentí un chispazo que me subió por el brazo hasta el pecho. Sus dedos, ásperos de tanto gym y quién sabe qué más, se detuvieron un segundo de más.

—Órale, Lucía, ¿ya te conquistó Pedro del todo o todavía hay chance? —dijo con esa voz grave, juguetona, mientras me guiñaba un ojo.

Me reí, nerviosa, sintiendo el calor subir por mi cuello. —Pendejo, no seas mamón. Sabes que soy toda suya.

Pero mis ojos decían otra cosa. Esa noche, el deseo empezó como un cosquilleo en el estómago, creciendo con cada mirada robada. Pedro ni se enteraba, perdido en sus pláticas de fut.

Al día siguiente, el sol de mediodía pegaba duro en mi oficina en Polanco. Yo diseñaba campañas para una agencia de publicidad, pero mi mente estaba en otra. Raúl me mandó un mensaje: "Ey, guapa, ¿vienes a la carnita asada en casa de Pedro el sábado? No faltes". Mi pulso se aceleró. ¿Por qué me escribe él? ¿Por qué me siento como idiota emocionada?

El sábado llegó con lluvia torrencial, típica de la ciudad. El agua golpeteaba el techo de lámina mientras asábamos carne en el patio techado. Pedro, ya medio pedo, se fue a comprar más chelas con otro cuate. Quedamos solos: yo, Raúl y el humo de la parrilla que olía a carbón y chiles.

—Ven, ayúdame con esto —me dijo, pasándome el tenedor. Nuestros cuerpos se pegaron al inclinarme. Sentí su pecho duro contra mi espalda, el calor de su piel a través de la playera húmeda por la lluvia. Mi corazón latía como tamborazo en quinceañera.

—Raúl, neta, esto no... —susurré, pero mi cuerpo se giró hacia él, traicionero.

Sus manos me tomaron la cintura, firmes pero suaves. —Lucía, desde la prepa te veo y pienso pinche suerte la de Pedro. Pero tú me miras igual, ¿verdad?

Asentí, perdida. Sus labios rozaron mi cuello, y olía a menta y tequila. El beso fue lento al principio, explorando, saboreando el salado de mi piel. Gemí bajito cuando su lengua trazó mi clavícula. El mundo se redujo a eso: su boca caliente, mis pezones endureciéndose bajo el bra.

Pedro tardaba. La lluvia ahogaba todo ruido. Raúl me levantó sobre la mesa de la parrilla, apartando platos con un manotazo. Mi vestido se subió solo, y sus dedos encontraron mi tanga empapada. —Estás chorreando, mamacita —murmuró, con esa voz que me erizaba la piel.

Me abrió las piernas con cuidado, besando mis muslos internos. El roce de su barba me quemaba delicioso, y cuando su lengua tocó mi clítoris, arqueé la espalda. Sabor a miel y sal, pensó él después, pero yo solo sabía a explosión: chupadas lentas, círculos que me hacían jadear. Mis manos enredadas en su pelo negro, tirando suave. —¡Ay, cabrón, no pares!

El buildup fue una tortura buena. Me metió dos dedos, curvándolos justo ahí, mientras lamía. Mi cuerpo temblaba, olores mezclados: carne asada, lluvia mojada, mi propia excitación dulce y almizclada. Gemidos míos ahogados contra su hombro cuando me penetró con la lengua más hondo.

Esto es el capítulo que nunca contaré. Pasión prohibida en carne viva.

Lo jalé arriba, desesperada. Le bajé el pantalón, y su verga saltó dura, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre el acero. —Te quiero dentro —le rogué.

Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estirón delicioso me hizo gritar bajito. Nos movimos en ritmo: él embistiendo profundo, yo clavándole las uñas en la espalda. Sudor goteando, mezclándose, piel contra piel chapoteando. Su aliento en mi oreja: —Eres mía ahora, Lucía, neta que eres fuego.

La mesa crujía, la lluvia rugía afuera. Aceleramos, mis tetas rebotando con cada golpe. Él me chupó un pezón, mordisqueando suave, mientras su mano bajaba a frotarme el clítoris. La tensión creció como volcán: pulsos acelerados, músculos tensos, olor a sexo puro impregnando el aire.

Exploté primero, ondas de placer sacudiéndome, contrayéndome alrededor de él. —¡Sí, Raúl, chingame! —grité, mordiéndome el labio para no alertar al barrio. Él gruñó, embistiendo salvaje, y se vino adentro, caliente, derramándose en chorros que sentí palpitar.

Quedamos jadeando, pegados, su peso sobre mí reconfortante. Besos suaves ahora, lenguas perezosas saboreando el after. El olor de nosotros: sudor salado, semen y mi esencia. Me bajó con cuidado, arreglándome el vestido. —Esto no termina aquí —susurró, besándome la frente.

Pedro llegó minutos después, cargando chelas. —¡Qué pinche tráfico con la lluvia!

Yo sonreí, fingiendo normalidad, pero mis piernas temblaban. Esa noche, en la cama con Pedro, mi mente volaba a Raúl. ¿Qué hice? ¿Valió la pena?

Semanas después, nos veíamos a escondidas: moteles en la Narvarte, con sábanas que olían a lavanda barata y paredes delgadas donde ahogábamos gemidos. Cada encuentro era un capítulo más intenso: él atándome las manos con su corbata, yo cabalgándolo hasta que suplicaba. El conflicto me carcomía: amaba a Pedro, pero Raúl despertaba la fiera en mí.

Una tarde, en su depa en la Condesa, después de follar como animales —él de rodillas lamiéndome el culo mientras me penetraba con dedos—, me abrazó fuerte. —Déjalo, Lucía. Esto es real.

Lloré, dividida. El olor de su piel calmándome. Al final, elegí la verdad. Rompí con Pedro, explicándole todo sin detalles sucios. Duele, pero liberador. Ahora, con Raúl, caminamos de la mano por el Bosque de Chapultepec, besándonos sin culpa.

La pasión prohibida se volvió nuestro principio. Capítulo cerrado, nueva historia abierta.

Y así, en el caos de esta ciudad eterna, encontré mi fuego verdadero. Neta, valió cada riesgo.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.