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Mazda Pasión Ejército Nacional

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Mazda Pasión Ejército Nacional

El sol del mediodía caía a plomo sobre la carretera federal que serpentea entre las colinas de Querétaro. Yo, Ana, manejaba mi Mazda roja, esa chulada que me había costado un ojo de la cara, con el aire acondicionado al máximo para combatir el bochorno. La música ranchera sonaba bajito en la radio, y el olor a cuero nuevo mezclado con mi perfume de vainilla llenaba el habitáculo. De repente, vi una patrulla del Ejército Nacional parada en el arcén, con las luces apagadas. Un soldado alto, de piel morena y músculos que se marcaban bajo el uniforme caqui, hacía señas para que parara.

Me detuve, el corazón latiéndome un poco más rápido. No todos los días te para un galán de uniforme. Bajé la ventanilla y él se acercó, con una sonrisa que iluminaba más que el sol. —Buenas tardes, mi reina. ¿Me da una jalada? Mi camioneta se descompuso y el radio no responde —dijo con voz grave, ese acento norteño que me eriza la piel.

Lo miré de arriba abajo. Ojos negros intensos, barba recortada, y un olor a hombre limpio, jabón y un toque de sudor fresco que me llegó directo al estómago.

¿Qué pedo, Ana? ¿Vas a dejar a este pendejo guapo tirado?
pensé, mientras le abría la puerta del copiloto. —Sube, carnal. Pero no me vayas a manchar la Mazda con tus botas —le dije, guiñándole el ojo.

Se llamaba Marco, sargento del Ejército Nacional, con veintiocho años y un cuerpo forjado en entrenamientos duros. Mientras avanzábamos, platicamos de todo: de la vida en los cuarteles, de cómo la pasion por la patria lo mantenía firme, y de cómo yo, una morra de veintiséis que vendía artesanías en el DF, soñaba con aventuras locas. Su mano rozó mi muslo al cambiar la velocidad, un toque casual que mandó chispas por mi espina. El calor entre nosotros crecía más que el del desierto.

Salimos de la carretera principal hacia un camino de terracería que llevaba a unas ruinas prehispánicas abandonadas. Paré la Mazda bajo un mezquite frondoso, el motor aún ronroneando como un gato satisfecho. Marco me miró con esos ojos que prometían fuego. —Gracias por la buena onda, Ana. Eres una chava bien chida —murmuró, su aliento cálido cerca de mi oreja.

Acto primero cerrado, la tensión ya vibraba en el aire. Mi piel picaba por su cercanía, el olor a tierra seca y su colonia militar invadiendo mis sentidos. Le puse la mano en el pecho, sintiendo el latido fuerte bajo la camisa. —No mames, Marco. Tú tampoco estás tan pendejo —le respondí, riendo bajito.

En el medio del asunto, las cosas se pusieron calientes de a poco. Nos besamos primero suave, labios explorando como en una danza lenta. Su boca sabía a menta y a algo salvaje, lengua juguetona que me hacía jadear. Sus manos grandes subieron por mis muslos, arrugando mi falda corta de mezclilla. —Qué rica estás, nena. Me tienes bien puesto —gruñó contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible.

Me recargué en el respaldo, el cuero caliente pegándose a mi espalda sudorosa. Desabroché su camisa, revelando un torso tatuado con águilas y serpientes mexicanas, músculos duros que olían a sol y esfuerzo. Mis uñas rasguñaron suave su piel, sintiendo cómo se erizaba.

Esto es lo que necesitaba, una pasion real, no esas mamadas de apps
, pensé mientras bajaba la cremallera de sus pantalones. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con vida propia. La tomé en mi mano, el calor y la dureza mandándome pulsos directos a mi panocha, que ya chorreaba jugos.

Marco no se quedó atrás. Metió la mano bajo mi blusa, pellizcando mis pezones duros hasta que gemí alto. El sonido rebotó en el interior de la Mazda, mezclado con el zumbido de las chicharras afuera. Bajó mi brassiere y chupó un pecho, lengua girando alrededor del pezón, succionando con fuerza que me arqueaba el cuerpo. Olía a mi excitación, ese aroma almizclado que llena el carro como niebla espesa. —¡Ay, cabrón! Sigue así y me vengo ya —le dije, voz ronca.

Lo empujé al asiento de atrás, trepándome encima. Nuestros cuerpos se frotaban, piel contra piel resbalosa de sudor. Le quité la falda y las calzas de un jalón, exponiendo mi concha depilada, hinchada y lista. Él la miró con hambre, dedos abriéndose paso, metiendo dos adentro mientras frotaba mi clítoris con el pulgar. El placer era eléctrico, oleadas que me hacían temblar, el sonido húmedo de mis jugos chasqueando en el silencio del auto.

La intensidad subía como la marea. Marco me levantó las caderas y me penetró de un golpe, su verga llenándome hasta el fondo. Grité, el estirón delicioso, paredes internas apretándolo como guante. Empezamos a movernos, yo cabalgándolo con furia, tetas rebotando, manos en su pecho para impulsarme. Él embestía desde abajo, gruñendo palabras sucias: —¡Qué apretadita tu panocha, pinche rica! Te voy a romper, morra. El carro se mecía, resortes crujiendo, ventanas empañadas por nuestro aliento jadeante.

Sentía todo: el roce áspero de su vello púbico contra mi clítoris, el slap-slap de carne contra carne, el sabor salado de su sudor cuando lamí su cuello. Mi orgasmo se acercaba, tensión en el bajo vientre como resorte apretado. —¡Más fuerte, soldado! ¡Cógeme como hombre del Ejército Nacional! —le exigí, uñas clavadas en sus hombros.

Él aceleró, manos en mis nalgas abriéndome más, verga golpeando mi punto G sin piedad. El clímax me explotó, un tsunami de placer que me dejó convulsionando, chorros calientes mojando sus bolas. Marco rugió, hinchándose dentro y soltando su leche espesa, llenándome hasta rebosar. Nos quedamos pegados, pulsos latiendo al unísono, el olor a sexo crudo impregnando la Mazda.

En el final, el afterglow nos envolvió como manta suave. Salimos del carro, desnudos bajo el sol poniente, riendo como pendejos. Nos limpiamos con toallitas que saqué del guantera, besándonos perezosos. Marco me abrazó por la cintura, su cabeza en mi hombro. —Neta, Ana, esto fue la mejor parada de mi vida. Tu Mazda es testigo de esta pasion —dijo, voz suave.

Nos vestimos lento, saboreando las caricias post-sexo. Él llamó a sus compas para que lo recogieran, y yo arranqué de nuevo hacia el DF, con el cuerpo satisfecho y el alma ligera. En el retrovisor, vi su figura ondeando la mano, un recuerdo ardiente que me haría sonreír por semanas. La carretera se extendía, pero yo ya había encontrado mi dosis de pasion con ese soldado del Ejército Nacional. ¿Quién sabe? Tal vez nos topemos otra vez.

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