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Isla de la Pasion Francia El Paraiso del Deseo

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Isla de la Pasion Francia El Paraiso del Deseo

Yo llegué a la Isla de la Pasion Francia con el corazón latiendo como tambor de cumbia en fiesta patronal. Venía escapando del pinche ajetreo de la Ciudad de México, donde todo es prisas y cláxones, y aquí, en este pedacito de paraíso francés en el Caribe –porque sí, esta isla es un secreto bien guardado entre Francia y el mar– el aire olía a sal, jazmín y algo más, algo que te hacía cosquillas en la piel. El sol besaba las palmeras altas, y el sonido de las olas rompiendo suave era como una invitación a soltar todo.

Me registré en el resort, un lugar chido con cabañas abiertas al mar, y me puse mi bikini rojo que me hacía sentir como diosa azteca. Caminé por la playa de arena blanca, sintiendo la arena tibia entre los dedos de los pies, y el viento juguetón levantándome el pelo. Esto es lo que necesitaba, wey, pensé, mientras el sudor empezaba a perlar mi piel, mezclándose con el protector solar de coco que tanto me gustaba.

Ahí lo vi. Marco, un moreno alto con ojos verdes como el mar en tormenta, sonrisa pícara y un cuerpo esculpido por el sol y quién sabe qué ejercicios. Estaba recostado en una hamaca, con shorts ajustados que no dejaban mucho a la imaginación. Me miró de arriba abajo, y sentí un calor subiendo por mis muslos.

¡No mames, Ana, este pendejo está cañón!
Me acerqué fingiendo casualidad, y empezamos a platicar. Era de origen francés-mexicano, criado en la isla, y su acento era una mezcla que me ponía la piel de gallina.

Chula, ¿primera vez en la Isla de la Pasión Francia? —me dijo, con voz ronca que vibraba en mi pecho.

—Sí, güey, y ya me encanta. ¿Me enseñas el lugar?

Acto seguido, me tomó de la mano –su palma áspera y cálida contra la mía suave– y me llevó a un sendero entre palmeras. El olor a tierra húmeda y flores tropicales nos envolvía, y cada roce accidental de su brazo contra mi hombro mandaba chispas por mi espina. Hablamos de todo: de la vida en México, de cómo esta isla era famosa por sus fiestas secretas donde el deseo reinaba sin reglas, siempre entre adultos que sabían lo que querían.

Al atardecer, el cielo se tiñó de naranja y rosa, y nos sentamos en una cala escondida. El agua lamía las rocas con un chup chup rítmico, y Marco sacó una botella de vino francés fresco. Bebimos, riendo, y sus dedos rozaron mi rodilla al pasarme la copa. Sentí mi corazón acelerarse, el pulso latiendo fuerte en mi cuello. Quiere algo, y yo también, carajo.

La noche cayó como manto negro salpicado de estrellas. Cenamos mariscos en el restaurante del resort –ostras frescas que sabían a mar y sexo, langosta jugosa que chorreaba mantequilla– y el vino nos soltó la lengua. Bailamos al ritmo de salsa en la terraza, su cuerpo pegado al mío, duro y caliente. Sentía su verga semierecta presionando contra mi vientre, y yo arqueaba la espalda para restregarme más. Sus manos bajaron a mis nalgas, amasándolas con fuerza posesiva pero tierna.

Estás deliciosa, Ana —susurró en mi oído, su aliento caliente oliendo a vino y hombre.

Subimos a mi cabaña, el camino lleno de besos robados bajo la luna. La puerta se cerró con un clic suave, y ahí, con el sonido de las olas de fondo, nos devoramos. Me quitó el vestido con urgencia, sus labios trazando fuego en mi cuello, bajando a mis pechos. Gemí cuando lamió mis pezones, duros como piedras, chupándolos con hambre.

¡Ay, wey, esto es el cielo!
Mi mano bajó a su short, sintiendo la verga gruesa y palpitante bajo la tela. La saqué, pesada y venosa, y la apreté, sintiendo el calor irradiar a mi palma.

Me arrodillé, el piso de madera fresca contra mis rodillas, y la metí en mi boca. Saboreé la sal de su piel, el gusto almizclado de su excitación. Marco gruñó, enredando sus dedos en mi pelo, guiándome suave. Chúpala rico, mami, dijo, y yo lo hice, lamiendo la cabeza hinchada, tragando hasta la garganta mientras mis jugos corrían por mis muslos. El olor de su arousal me mareaba, mezclado con mi propio perfume dulce de panocha húmeda.

Me levantó como pluma, me tendió en la cama king size con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Sus dedos exploraron mi concha, resbaladiza y abierta, rozando el clítoris hinchado. ¡Sí, ahí, cabrón! grité, mientras dos dedos entraban y salían, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Lamí sus labios, probando mi propio sabor salado en su lengua, y lo empujé sobre el colchón.

Me subí encima, cabalgándolo despacio al principio. Su verga me llenaba, estirándome delicioso, el roce interno mandando ondas de placer por todo mi cuerpo. El sudor nos unía, piel resbalosa chocando con plaf plaf. Aceleré, mis tetas rebotando, sus manos apretándolas. ¡Más fuerte, Ana, fóllame! rugió, y yo lo hice, girando las caderas, sintiendo cada vena palpitar dentro de mí. El aire olía a sexo crudo, a sudor y fluidos mezclados.

Cambié de posición, él encima ahora, embistiéndome profundo. Sus bolas golpeaban mi culo con cada thrust, el sonido húmedo y obsceno. Mordí su hombro, probando sal y músculo, mientras mis uñas arañaban su espalda. El clímax se acercaba como ola gigante: mi concha se contraía, ordeñándolo, y exploté gritando su nombre.

¡Me vengo, Marco, no pares!
Él se tensó, gruñendo como animal, y sentí su leche caliente llenándome, chorro tras chorro.

Colapsamos, jadeando, cuerpos enredados. El ventilador giraba lento, enfriando nuestra piel ardiente. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Afuera, las olas seguían su canción eterna, y el aroma a jazmín entraba por la ventana abierta.

La Isla de la Pasión Francia hace magia, ¿verdad? —murmuró, acariciando mi pelo.

Sonreí, sintiéndome plena, empoderada. Sí, wey, y yo vine por más. Mañana exploraríamos más rincones, más placeres, pero esa noche, en sus brazos, supe que había encontrado mi propio paraíso. El deseo no dormía aquí; ardía eterno, listo para encenderse de nuevo.

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